EL ALIENTO DE EOLO

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Los pecados capitales, que son siete, son como un cortejo oscuro que atraviesa la historia de la humanidad.

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La avaricia, la famosa cárcel del deseo, que encierra tesoros en cofres oxidados,

La pereza, ese eterno letargo que aplasta la voluntad y duerme en su lecho de cenizas,

La gula, esa voracidad que no tiene cuando saciarse y no tiene cuando parar,

La soberbia, el espejo trastocado del orgullo que se alza como una torre de cristal,

La envidia, la herida que sangra al ver la luz ajena y llora sin consuelo,

La lujuria, ese fuego viviente que consume sin sosiego, y, arde como hoguera insaciable,

Y…

Finalmente el pecado más cruel y despiadado, la Ira, esa katana afilada que destruye todo lo que toca, ese volcán que no danza sino paraliza, ese tambor que rompe el ritmo, como esa fiera que no se sacia hasta ver huesos.

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Los primeros seis pecados se alimentan de carencias o de excesos, sin embargo, la ira es un fenómeno que arrasa con todos y con todo, que nadie puede controlarla, ni siquiera uno mismo.

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La avaricia acumula, pero la ira despoja.

La pereza detiene, pero la ira aniquila.

La gula infla, pero la ira desgarra.

La soberbia aísla, pero la ira destruye comunidades.

La envidia corroe, pero la ira incendia.

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La lujuria consume cuerpos, pero la ira consume almas.

La ira es el pecado que no se conforma con devorar al individuo: necesita arrastrar consigo a los demás, multiplicando su daño en cadena, se expande como incendio forestal, un incendio colectivo.

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Sabemos por cultura, que en la Ilíada, la ira de Aquiles, desencadenó una guerra macabra sin fin. En la Divina comedia, Dante colocó a los iracundos en el pantano de Estigia, envueltos y atrapados en su propio veneno. Y finalmente, en la modernidad, las guerras, los genocidios, y la violencia coditiana, son producto de la ira, siendo ésta el pecado más agresivo y letal, porque se convierte en tragedia colectiva, y, su efecto dominó es el más potente.

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La función de la soberbia es hacernos perder la humildad, así como, la avaricia nos roba la generosidad, pero la ira es la alarma más urgente, porque es capaz de arrancar a la humanidad misma.

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Siendo los opuestos el abc de la vida, la ira también tiene el suyo, la paciencia, y me atrevo a pensar que es la única que logra contenerla, como una muralla. La paciencia no es pasividad, es la fuerza contenida, es una resistencia activa.

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La paciencia viene a ser el arte de poder sostener el mundo sin que se derrumbe, bajo el peso del aliento de Eolo, llamado la Ira.

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Porque la ira no sólo es un pecado, es la llave que abre la puerta a la destrucción, es la herida que nunca cicatriza, es la única que convierte la sombra de un hombre en incendio.

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Quien domina a su Eolo interior, domina el viento más feroz del alma.

–A mi paciencia, gracias por siempre contener al Eolo que llevo adentro–