Cuenta hacia atrás
Cerró los ojos, contuvo las palabras que se tejían en la mente y sostuvo la respiración hasta sentir, de nuevo, el aire expulsarse de sus pulmones. Cuando pasaron un par de minutos, despertó donde ya estaba acostada, pero apenas fue consciente. Lo primero que miró detenidamente fue un enorme aparato que se movía como un brazo a través de todo su cuerpo, la estaban preparando, pero no sabía para qué, ni quién. Se comenzó a sentir incómoda en ese cuarto vacío de cristal.
Su cuerpo reposaba en una base iluminada; parecía un insecto en la platina de un estereoscopio, pero a diferencia de éste, ella podía mover sus articulaciones con libertad. Un enorme tubo reticulado y blanco se desplazaba del techo hacia su cabeza tapizada de electrodos. Pese al miedo que sentía, se mostró hierática.
En esos momentos de tensión latente recitó en su mente estos versos:
Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose –arrastrándose –hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente.
Así, con esa última frase sintió que no necesita sentido porque tampoco lograba explicarse la razón de estar ahí. Entonces, se preguntó a sí misma qué había inspirado a Emily Dickinson para escribir tal poema. En ese momento imaginó a la poeta en su habitación, íntimo espacio donde habitó casi toda su vida. La vio vestida de blanco, como una paloma de alas relucientes que frente a una hoja de papel, comenzó a escribir con lucidez.
Ella de pronto se desplazaba en la casa de Emily y pudo ver con exactitud las texturas de las cortinas, los tapices flor de lis que adornaban las paredes, el despacho del padre con un estante de libros donde distinguió uno de los predilectos de la poeta Ensayos: segunda serie de Ralph Waldo Emerson, los retratos circulares de los integrantes de la familia en los pasillos largos con alfombra, los óleos y los barrotes torneados de madera.

