De amor y desamor en el L’ambiant

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Es como abrir el cofre del pasado. La venturosa tarea de revivir la esencia material y sentimental. Actitudes, íntimo sentir, lugares queridos.

 

No es sólo nombrar o enumerar, es darle vida poética a lo que se fue: una ciudad mítica y unas queridas personas.

 

Pasando la pandemia, viene el lúdico deliquio de recordar:  

 

Tarde lluviosa y dentro del café-restaurant L’ambiant, ella y él; él y ella, cejo fruncido, caras de enemigos, apenas hablan:

– Que quieres así es este pinche medio. El caballero, mientras picotea el pedazo de pastel llega a lamentable conclusión.

El lugar frente a los portales es pequeño, pero acogedor, pasillo estrecho con luces como lunares en el techo serpenteante, el olor a café y la sinfonola en la entrada que sin mucho ruido saca trinos de Los Panchos:

Te seguiré, hasta el fin de este mundo.

Te seguiré con este amor profundo

 

– Pero no digas groserías. Yo nomás estoy planteándote porqué es mejor que  terminemos. Mis papás nunca te han tragado; pobre y borracho y dicen que…

– ¡Y ya te dije que tú qué! ¡¿No que me quieres?!, defiéndeme.

Un silencio que se prolonga. Junto, Los Panchos terminan y una nueva tortilla negra va subiendo por el pasadiscos.

El encorajinado galán habla:

– ¿Quiere decir que quieres terminar?

– No, pero es que…

Que dolor dejaste en mí

Sin tu amor todo es sufrir…

mi alma la siento que toda se me hace pedazos.

 

Ahora es la voz cascada de Claudio Estrada la que se escapa del acetato que subió por el reproductor de tortillas musicales.

Del grisáceo vidrio que da a la calle sólo se adivinan sombras que pasan huyéndole a la lluvia.

– Bueno, si así es la cosa, te deseo… gulp, que te vaya bien.

– No lo tomes así. Vamos a darnos un tiempo.

– ¿Un tiempo?… ¿Cuánto? No, Hilda, esto aquí acabó.

– Te cierras. Creo que ahorita no llegamos a nada. ¿Te parece que nos veamos  aquí el sábado?

– No… ya no, así la dejamos. Que te vaya bien. Aquí me quedo otro rato.

La dama se levantó. Las lágrimas le escurrían y de rápido salió a que el agua de lluvia se revolviera con la agüita salada de sus ojos.

Al interior del café el muralito de fondo mostraba a la vieja calle de San Juan de Letrán en la ciudad de México en una tarde de lluvia y más allá la Torre Latinoamericana y fijándose bien las sombras de los transeúntes también corrían.

El triste, despechado galán, por buen nombre Genaro Antúnez, sintiendo que se le había movido el piso de su vida procedió a pedir una cerveza, pero, ¿cerveza después del café?

Pagó y se atravesó a Los portales. Los que acaparaban la sinfonola habían escogido a Antonio Badú: Si todo lo he perdido por haberte querido con tanta devoción

A paso veloz llegó a Los portales. Como pollo que moviendo las alitas se quita la tierra, se quitó un poco el agua y zapateó en las baldosas. Caminó entre la multitud, tragó saliva y se le llenaron los ojos de agua salobre, mientras dos pensares lo comenzaron a atormentar: todo por ser jodido, ¿Y porque diablos no acepté que nos viéramos el sábado?

… Y la lluvia que no paraba y enfrente el entrañable restaurante dejaba salir música tenue y un olorcito a café que quien sabe por qué se nos quedó nadando en el corazón.