De la ‘Pax Romana’ a la ‘Pax Trumpiana’

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A veces, la historia no avanza con el estruendo de las batallas, sino con el chirrido sordo de un significado que se desgarra. Hoy asistimos a uno de esos momentos, la FIFA, esa gran cámara de eco del poder y el espectáculo global, ha decidido instituir su primer Premio de la Paz. Y en un acto de sincronía cínica tan perfecta que es guionizada, ha elegido para estrenarlo a la figura que mejor encarna la paz del siglo XXI (cómo no) Donald J. Trump.

Ante semejante noticia, uno podría reírse con amargura, escupir el titular o cambiar de página. Pero haríamos mal porque este gesto, aparentemente banal y grotesco, no es un accidente, es un síntoma. Un hierro al rojo vivo que marca a fuego el espíritu de nuestra época, es la consagración oficial de que la palabra “paz” ha completado su largo viaje desde el altar de los ideales humanos hasta el mostrador de las transacciones vulgares.

Ya no es un concepto; es una marca. Y como toda marca, busca asociarse con el nombre más rentable, el más mediático, el que garantice portadas.

Para analizarlo, no basta la crítica política inmediata. Hay que excavar en las catacumbas de la historia de las ideas, rastrear la genealogía envenenada de este laurel, y seguir su rastro hasta los escombros humeantes de Gaza, donde la “visión” del premiado se ensaya con fuego real sobre carne viva.

Prepárense, pues, para un viaje. No por las alfombras rojas de Zurich, sino por el largo y tortuoso camino que va desde la Pax Romana hasta la Pax Trumpiana. Un camino pavimentado con buenas intenciones secuestradas, premios Nobel manchados de realpolitik, y una retórica hueca que confunde el alto el fuego del más fuerte con la armonía entre los pueblos.

La paz herida, una genealogía etimológica y filosófica 

La palabra “paz” no nació inocente. En latín, pax, no evocaba la armonía idílica, sino un pacto, un acuerdo derivado a menudo de la sumisión. Se establecía tras una guerra, cuando el vencido, pacatus, era “apaciguado” (es decir, sometido) por el vencedor. La pax romana no fue un tiempo de felicidad universal, sino el orden imperial impuesto por las legiones desde el Rin hasta el Éufrates. 

Es la paz del silencio forzado, del camino seguro para el comercio romano, levantado sobre crucifixiones y ciudades arrasadas.

Esta dualidad está en su origen: ¿Es la paz la ausencia de conflicto (eirene griega, más cercana a la tregua o armonía), o es la imposición de un orden que garantiza la seguridad del poderoso (pax romana)? 

Después, el cristianismo intentó espiritualizarla 

Mi paz os doy, no como el mundo la da”, pero los imperios cristianos pronto retomaron la versión romana. La Pax Dei medieval fue un intento de la Iglesia por limitar la violencia… entre los señores feudales, para dirigirla mejor hacia el infiel.

Otra tradición semántica, más antigua aún en Oriente, convierte la palabra en un mandato moral, el hebreo shalom no solo alude a ausencia de guerra sino a bienestar, integridad, justicia y restitución. Es decir, en esa tradición, la paz es integral, es justicia social, reconocimiento de pérdidas, reparación y dignidad. Traducciones bíblicas tomaron eirēnē (griego) y pax (latín) para representar esa complejidad, pero con el tiempo la política y los espectáculos se han quedado con la piel del término y han tirado el contenido.

Pasó por mediación del antiguo francés pais/peis, hasta el inglés peace

El origen proto-indoeuropeo, reconstruido en raíces como pag/pak remite al acto de “fijar, sujetar, concertar”, entonces, la paz, en sus orígenes lingüísticos, aparece como la fijación de un acuerdo, un “atar” entre partes. Es decir: la paz es, originalmente, un pacto. 

(Etimología: pax, Etymonline; OED).

Y quisiera hacer aquí un paréntesis gigante en su espesor, porque es inevitable no escribir desde aquí, desde América Latina porque tal vez la palabra paz pesa de otro modo, como si cargara un archivo entero de traiciones. Aquí la “paz” nunca ha sido un concepto limpio, sino un instrumento retórico que antecede a las botas extranjeras, a las doctrinas de estabilización, a los laboratorios de contrainsurgencia, a los golpes técnicos patrocinados desde oficinas. En esta parte del mundo, la pax fue siempre paz para otros, para las empresas que necesitaban orden, para los gobiernos que temían la emancipación, para los organismos que medían la gobernabilidad en dólares. Desde el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala, patrocinado por la CIA bajo la excusa de “evitar la infiltración comunista” y “restablecer el orden”, hasta el golpe de Estado en Chile en el 73 vendido como una “acción para salvar a la patria del caos marxista”. Desde la Doctrina de la Seguridad Nacional que sembró dictaduras por el Cono Sur con el beneplácito de Washington, hasta los “planes de paz” y “procesos de diálogo” desde Plan Cóndor hasta las “misiones de paz” que legitimaron ocupaciones, que, en Centroamérica, sirvieron más para institucionalizar la impunidad que para alcanzar la justicia. 

En esta parte del mundo, la pax fue siempre paz para otros: para las corporaciones que necesitaban “estabilidad” para sus inversiones, para los gobiernos metropolitanos que temían la emancipación, para los organismos financieros que medían la “gobernabilidad” en puntos de déficit fiscal. Aprendimos, a fuerza de masacres y tratados desiguales, que cuando el poder habla de “paz”, suele estar anunciando la interrupción violenta de cualquier proyecto soberano. Y como peruana, como latinoamericana, no puedo terminar de leer y escribir el término sin que me retumbe en el cuerpo la cuestión y la historia rota. 

Entonces, ¿qué se premia cuando se premia la “paz” hoy? ¿El shalom o la pax? ¿La justicia o el orden?”

La Farsa del Laurel, premios Nobel, la noble idea y su historia problemática

El concepto de «premio de la paz» siempre ha estado teñido de una profunda ambigüedad filosófica. ¿Qué se premia? ¿La ausencia de guerra, o la imposición de un orden que beneficia al premiador? ¿La virtud, o la utilidad? Desde que Alfred Nobel legó su fortuna para galardonar a quien «haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones«, la política se ha encargado de vaciar de sentido las palabras.  

Así los premios que celebran la “paz” han sido desde su origen instrumentos políticos y simbólicos, jamás no neutrales, seríamos ingenuos si creyéramos eso. El Nobel de la Paz, en particular, ha sido fértil en controversias que muestran cómo la institucionalidad puede transformar reconocimiento en legitimación.

 

Kissinger en 1973, premiado por una negociación que supuestamente cerraba una guerra, arrastra acusaciones por bombardeos bien conocidos en Camboya; Arafat, Peres y Rabin, que generaron indignación por premiar procesos incompletos y contradictorios.

Aung San Suu Kyi en 1991, galardonada por su resistencia pacífica, luego se convirtió en cómplice del genocidio contra la minoría rohingya desde el poder. Su premio muestra el riesgo de mitificar a un individuo, separándolo de sus actos posteriores y de las estructuras de poder que termina por defender.

Barack Obama en 2009, fue premiado por una promesa retórica; Liu Xiaobo en 2010 encendió debates sobre derechos humanos y represalia china; fue sin duda un premio, una denuncia; que mostró que a veces el galardón funciona como llamada de atención sobre violaciones a derechos humanos, no como blanqueo. 

Abiy Ahmed (2019): premio que, en contexto posterior, dejó interrogantes sobre la prudencia de premiar procesos aún en curso y sobre el efecto legitimador del galardón. El patrón es visible, pues, el acto de premiar no es equivalente a la reparación ni a la construcción de condiciones de vida digna. 

El nuevo “Premio de la Paz” de la FIFA y la ceremonia del simulacro

Y así llegamos a il Magnifico de Mar-a-Lago. Trump no es un realpolitik clásico al estilo Kissinger. Es algo nuevo y más peligroso, un realpolitik de reality show. Para él, la paz no es ni un orden estable (Roma) ni un cálculo frío (Kissinger), sino un producto que se anuncia, se vende y se firma en un episodio de gran rating.

Este mes, diciembre de 2025 la FIFA instituyó y entregó el primer “FIFA Peace Prize Football Unites the World” y lo otorgó a nadie más que a Donald J. Trump en el marco del sorteo del Mundial 2026, en una ceremonia, lujosa y mediática, fue recibida con aplausos pero también con feroces críticas desde la prensa y analistas que vieron el gesto como espectáculo de legitimación. 

La FIFA, en su infinita sabiduría, no hace más que llevar esta lógica a su paroxismo. En un mundo donde el fútbol se supone para muchos es un lenguaje común, un espacio de catarsis colectiva, la institución que lo rige elige honrar a una figura cuya esencia es la división, el insulto, la negación del Otro. Trump no es un pacificador, es un agitador profesional. Su «paz» es la calma chicha que precede al huracán, o el silencio impuesto por la fuerza.

Al aceptar el premio, Trump declaró: “Salvamos millones y millones de vidas”. Pero ese relato altisonante suena hueco frente a la realidad, pues su “plan de paz para Gaza” convive con la muerte, la injusticia y el dolor de inocentes; con un pueblo sitiado que sufre el peso de políticas de ocupación, desplazamiento y muerte. 

Y he aquí la primera capa del cinismo, se premia no un acto, sino una transacción. El «Acuerdo de Abraham», esa serie de normalizaciones entre Israel y algunos estados árabes impulsadas por Trump y Jared Kushner, no nació de un anhelo de justicia o de reconciliación histórica. Nació de una ecuación geopolítica cruda, que inscribe que a cambio de que los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y otros vieran sus intereses de seguridad (contra Irán) y económicos respaldados por EEUU, se les pidió dejar de lado la cuestión palestina. Se cercenó la causa central del conflicto árabe-israelí para fabricar una «paz» entre élites, una paz sin pueblo, sin derecho, sin dignidad, una paz de despacho y de Twitter. 

Es la paz del que vende el sueño ajeno para comprar su propio monumento.

Eso es lo que encarna más el gesto de ironía e insulto, que una institución deportiva, ¡teóricamente neutral, centrada en el juego!, premie a un líder político con un pasado de decisiones polémicas, con graves cuestionamientos en materia de derechos humanos, revela un vuelco, el deporte como máscara, como herramienta de legitimación internacional, como vitrina de poder.

Ese giro de deporte a instrumento de diplomacia simbólica, Erosiona la pureza del juego, banaliza la idea de paz, y transforma a víctimas en telón de fondo de una farsa de unidad global donde dominan los que detentan el poder real.

Como afirma un crítico citado en los medios: la “paz” concedida por la FIFA a Trump es, en el fondo, “un token inventado para halagar el ego del presidente”. 

Pero cuando el mundo retuerce esa palabra hasta vaciarla, ocurre lo que vemos y se premia la “paz” mientras se perpetúa la guerra. Es decir: la “paz” aquí no es un ideal serio, sino un trofeo de ocasión. Trump, quien reafirmó su amor político por Netanyahu (casi sentimental), que justificó acciones que derivaron en el desmembramiento de comunidades palestinas, que celebró decisiones militares que hoy estremecen al mundo, recibe un premio cuyo nombre debería quemar entre sus dedos. 

El filósofo Walter Benjamin dijo que «no hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie». El flamante Premio de la Paz de la FIFA es el documento perfecto, un trofeo dorado que brilla para ocultar la sangre de Gaza, el desprecio por los Acuerdos de París, la incitación a la violencia doméstica, la burla sistemática a todo lo que se asemeje a un valor humanista. Es la barbarie vestida de etiqueta

Con ese galardón, la FIFA no honra la paz, la prostituye.

Los bordes de guerra, Palestina 

Y es aquí donde la columna debe dejar la finura y volverse filo. Porque no se puede hablar de la «paz» de Trump sin mirar a Gaza. Sin recordar que este mismo hombre, en un acto de obscena parcialidad, reconoció a Jerusalén como capital indivisa de Israel, legitimando la anexión más contestada. Sin recordar que llamó «dealer» al primer ministro Benjamin Netanyahu, en ese lenguaje de camaradería brutal que usan los cómplices. 

Si analizamos un poco más podemos reconocer que Netanyahu no es un aliado para Trump; es un espejo del nacionalismo étnico, del desprecio por el derecho internacional, de la convicción de que la fuerza bruta es el único lenguaje que entienden los «débiles».

Esto no es ajeno a la reciente resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que apoya el plan de Trump para Gaza, un plan que en esencia era un mapa de anexión disfrazado de «visión de paz», es la consagración de esta lógica perversa. Se aprueba, bajo nuevos ropajes, la idea de que la solución al conflicto pasa por la rendición incondicional de los palestinos, por su confinamiento definitivo en bantustanes vigilados, mientras se legalizan los asentamientos israelíes. 

Es la paz del vencedor. 

La paz de la tumba.

Los funcionarios lo llaman “hoja de ruta para la estabilidad” y es imposible no escuchar allí la lógica colonial de siempre: la estabilidad como sinónimo de obediencia, la paz como sinónimo de control.

Cuando María Corina Machado, laureada con el «Premio de la Paz», en 2023, declara su abierto apoyo a Israel en su ofensiva sobre Gaza, y afirma que reconocerá a Israel y trasladará su embajada de Israel a Jerusalén. Completando así el círculo de farsa. 

Se revela que estos premios no son para quien construye paz, sino para quien se alinea con el orden de los fuertes, los poderosos, es una paz ideológica, un carnet de pertenencia al club de los que consideran que ciertas vidas valen más que otras.

El mundo occidental (aunque ahora no solo) tiene un talento obsceno para convertir sus invasiones en misiones civilizadoras, y sus bombas en garantías de futuro. Desde Roma hasta hoy, la historia del poder se ha contado a sí misma como el mito de la salvación.

Y ahora pretende contarse como la historia de la paz.

Pero la paz no puede construirse sobre un territorio cuya población ha sido masacrada, expulsada, arrinconada. No hay “plan” que borre las huellas de la violencia estructural, no hay acuerdo internacional que convierta un genocidio en un proyecto “de futuro”.

Esa reciente resolución del Consejo de Seguridad de la ONU es la cúspide de este cinismo histórico. La comunidad internacional, en un acto de derrotismo monumental, bendice un mapa diseñado para anular cualquier posibilidad de soberanía palestina viable. Es la consagración de la Pax Romana sionista, con el sello de aprobación del emperador del espectáculo. Es la paz del cementerio, la paz de los vencidos.

Coda

Esta farsa debe denunciarse con pasión. No basta con lamentarse. 

Hay que interpelar, exigir coherencia, debemos recordar, contra Trump y sus émulos, que la verdadera paz (shalom, salam, eirene) no es la sumisión. Es hija de la justicia (sedaqá, adl). Debemos recordar, contra la FIFA y la cultura del espectáculo, que la paz no es un momento para la foto, sino un proceso frágil y cotidiano de construcción de comunidad.

Debemos no llamar «paz» al apartheid, no llamar «logro» a la traición, no llamar «pacificador» a un pirómano.

Este premio es un guante arrojado a la cara de la razón que nos dice: «Todo vale. El cinismo ha ganado. La verdad es lo que diga el más fuerte o el más escandaloso». 

Nuestro deber es recoger ese guante con la firmeza del que no se ríe, del que no normaliza, del que señala la ignominia con el dedo tembloroso de la indignación. 

Y no concluir, pues, con la resignación del espectador. El final de esta farsa no está escrito en los comunicados de prensa de Zurich, ni en los dorados trofeos. Su verdadero epílogo se escribe en otro lugar, con una tinta distinta.

Se escribe en el registro obstinado de los historiadores que, libres del hipo del presente, desenterrarán esta ceremonia y la clasificarán junto a los Panem et Circenses de la decadencia romana: un gesto desesperado de un poder que, habiendo perdido toda legitimidad ética, sólo puede repartir galardones. 

Se escribe en la tozudez de los juristas que, en La Haya o en tribunales de conciencia, acumulan expedientes y testimonios, cosiendo con hilo legal el manto de impunidad que este premio intenta bordar. Cada firma en una querella, cada caso presentado, es un estilete que pincha el globo de la “paz” espectacular.

Se escribe, sobre todo, en la memoria viva de los pueblos, en la memoria de todos los pueblos oprimidos, de Gaza, que a pesar del plan Trump, de las resoluciones amañadas y de los premios obscenos, persiste. Que recuerda los nombres de sus calles borradas, de sus olivos arrancados, de sus poetes asesinados. Esa memoria es un territorio inexpugnable, un archivo de fuego que ningún acuerdo de despacho puede incinerar. La Pax Profana de Trump y la FIFA pretende ser un mausoleo, pero choca contra la geología viva de la memoria, que es rebelde, sísmica e indómita.

Nosotros, tú , yo, quiénes leen esto, desde esta columna, no somos más que notarios de ese choque. Anotamos la farsa para que el registro de la infamia sea imborrable y al hacerlo, nos alineamos no con el poder que reparte laureles. Nos alineamos con el fuego lento de la verdad, que consume toda mentira, por mucho oro que la recubra.

El silencio, tras el aplauso de autoconvencimiento de la FIFA, será atronador. Y en ese silencio, se oirá crecer la hierba entre las piedras de las casas derruidas. Ese es el sonido de la verdadera paz. La que llega después, mucho después, de que los cínicos hayan abandonado el escenario. Nosotros esperaremos. Y anotaremos.