De las cosas del Reino de España

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Escribir sin haber vivido en el siglo XVII en Madrid, y sin haber conocido de persona las cosas del reino en la península ibérica es prestidigitación que, con facilidad, se les da a los magníficos escritores. Y Vicente Riva Palacio es uno de nuestros mejores escritores que tenemos. Cuenta en el capítulo dos de la novela Las dos emparedadas: La corte de doña María Ana de Austria, regente del reino de España, estaba profundamente dividida. Dos personajes, se disputaban el influjo de la reina en la dirección de los negocios públicos. En cuanto al amor de los pueblos, era cosa en que se pensaba muy poco. Estos dos personajes, enemigos naturalmente irreconciliables uno del otro, eran el padre Juan Everardo Nidhart o Nitardo, austriaco de nacimiento, jesuita y confesor de la reina desde su niñez, y don Juan de Austria, hijo natural del difunto rey Felipe IV, gran prior de Castilla, y generalísimo que había sido de los ejércitos durante la vida del rey su padre. La lucha entre aquellos dos hombres era terrible, pero don Juan de Austria no había podido vencer la influencia de su rival y se había retirado a Consuegra residencia del gran prior de Castilla, asestando desde allí sus tiros al jesuita, y animando a los nobles que por él trabajaban.

Es el contexto de otro país, más allá de Veracruz y atravesando el océano Atlántico. Pero, con igual maestría nos enseña cómo el poder político o el poder religioso es en sus recintos una serie de complots a cual más peligroso y sangriento. Que estas batallas no están ajenas al comportamiento de los hombres y las mujeres a lo largo de su historia y, que por desgracia también es pan diario en la Nueva España, y lo será en el México bárbaro del siglo XIX como él lo vivió en carne propia. Tres novelas admirables lo son las que escribió Riva Palacio, en el capítulo III toca el tema de la astrología, y le dibuja con un realismo sorprendente, cito: La noche había cerrado y por una de las más extraviadas callejuelas de Madrid caminaban dos hombres apresuradamente. No había más que la luz de las estrellas, porque en aquella noble y coronada villa no hubo alumbrado en las calles hasta que extinguida la rama de los monarcas de la casa de Austria con la muerte de Carlos II, entraron a gobernar los Borbones. Nuestros dos hombres hablaban en voz alta y por esa conversación podremos reconocerles, y saber el objeto que los lleva por allí a tales horas. —Paréceme, señor de Valenzuela —decía uno— que no estáis enteramente convencido de que los tales astrólogos no son otra cosa que charlatanes y aventureros, que así saben de lo que pasará en el porvenir, como de lo que acontece en los reinos de la luna. —No podré negaros, señor don José de Mallades —contestaba Valenzuela— que son en general hombres ignorantes y charlatanes los astrólogos; pero que hay ocultas y misteriosas ciencias, que descubren los arcanos del porvenir es un hecho que la iglesia misma reconoce, y comprobado lo veis en las causas que el Santo Tribunal de la fe forma para el castigo de brujos, adivinos, mágicos y hechiceros; ¿creéis, señor don José, que si tales no existieran se ocuparía de ellos la Inquisición perdiendo el tiempo en perseguir quimeras? —Razón tenéis; pero este hombre a quien vamos a ver, peligro corre de morir uno de estos días en la hoguera. —No, porque la magia de éste ha sido examinada por el Santo Oficio, y licencia tiene para ejercerla, que dado se la ha el señor inquisidor mayor.

Aquellos tiempos de la España imperial, esa misma España que vivía en los siglos del Renacimiento en Italia, Alemania o Francia y los Países bajo el despertar hacia el mundo moderno. España no, pues insistía en mantenerse más allá de la Edad Media con su pensamiento y comportamiento conservador ligado a una religiosidad que hacía lo que los primeros gobernantes hacían sobre los cristianos a pocos años de la muerte del Señor en la Cruz. Perseguir y matar, sin saber que de oprimidos y matados, ahora eran ellos los que oprimían y mataban. Lo entiende muy bien Riva Palacio y por ello desarrolla con su imaginación admirable las escenas que nos pintan el momento en que están sus personajes, con vestuario, edificios y palacios, callejones y zonas rurales. De la capital de la Nueva España tanto como de Madrid. Los estudios del escritor del siglo XIX son elocuentes pues sabe cuál es el lenguaje de la ciencia o búsqueda de ella en esos tiempos de oscurantismo imperial.

En el capítulo IV pone por tema: Refiérese quién era el astrólogo, y lo que con él habló, don Fernando de Valenzuela, texto de espadas y descubrimiento de quién es el falso astrólogo a manos de Valenzuela; de lo que sucede cuando están en plena lucha por matarse uno al otro aparece el dueño de los dos caballeros. Cuenta Riva Palacio: En este instante Valenzuela sintió la certidumbre de lo que había sido para él una sospecha y lanzándose sobre el astrólogo de un jalón le arrancó la barba exclamando: —Eres don Antonio Benavides. Benavides, pues era él, retrocedió, sorprendido al principio, y luego echó mano de una rica daga que llevaba en el cinto y se arrojó sobre don Fernando. El joven esperara ya el ataque, y a pie firme con el estoque en la mano recibió a su enfurecido adversario. —tente, don Antonio —decía con calma Valenzuela— que no quiera Dios Nuestro Señor que llegue yo a herirte por causa que tanto no merece. Tente, te ruego. La maestría para hacer ver los escenarios, contienen perfección e imaginación literaria: estamos en el siglo XVII en Madrid —capital del extenso imperio—, y lo que sucede en ese imperio, es prueba que el ser humano no cambia: lo mismo vemos en las cortes de Italia, en el siglo XVI donde Lucrecia y César Borgia hijos del Papa Alejandro VI hacen de las suyas; o en hechos, en que la corte es mar embravecido de calumnias, difamaciones, muertes y latrocinios de todo tipo. Sucede, que los seres humanos no hemos entendido el cómo poder llevar la vida en paz.

Lo importante de Riva Palacio y Guerrero, es que cuenta las cosas con tal facilidad que no es posible dejar de leerle en estas novelas donde los personajes parecen hablar al lector. Imposible, ante tanto que escribió Vicente Riva Palacio, ya sea solo o acompañado por dos excelentes escritores del siglo XIX, con Juan A. Mateos, entre otras obras: la comedia Borrascas de un sobretodo; y el drama Odio hereditario en el año de 1861. Tiene entonces 31 años de edad. Con Juan también escribe las obras dramáticas Las liras hermanas en el año de 1871. Destaca en dichas colaboraciones El libro rojo, del cual se cuenta en la edición de Cien de México publicado por Conaculta en el año de 2006 con el prólogo de Carlos Montemayor. Dicho texto originalmente vio la luz pública en 1871. Con 41 años Riva Palacio había hecho parte de lo mejor de su obra literaria. Su labor de narrador comenzó con la novela histórica y de costumbres titulada Calvario y Tabor aparecida en 1868. Hombre de pluma y espada como pocos en nuestra historia hay tan especial mexicano. Su fallecimiento en el año de 1896, contando con 64 años de edad nos lo dibujan como un huracán de obras, decires y quehaceres que le hacen uno de los más emblemáticos mexicanos de ese siglo que le toca vivir.

El índice del libro Las dos emparedadas refiere los hechos que se suceden en la Nueva España, y ello hace recordar, que nos maravillamos de la composición que hace Agustín Lara con la canción Granada, sin haberla conocido antes. Así Riva Palacio escribe de los hechos de la Corte con las ambiciones de sus nobles, las envidias que por ejemplo recaen sobre Fernando de Valenzuela. Sus libros en que divide son cuatro, el primero titula Austriacas y Nitardinas; el II libro El duende de palacio; el III El tapado y el IV La víbora y la paloma. En tales libros, los apartados en capítulos son materia que los mexicanos deberíamos de leer, si no en nuestros primeros años, sí desde la adolescencia, pues enseñan mucho de aquello que no deseamos seguir a través de los estudios históricos. La cantidad de personajes        —en particular mujeres— prueban que las letras para él, contenían la idea de lo humano. Su comprensión de psicología humana se comprueba por la elaboración de los personajes y, especiales actitudes y emociones. Tres novelas imperdibles, que nos permiten recrear lo mexicano y lo mejor de un escritor de los grandes.