De los Andes a los Himalayas
¿Qué hacer cuando se te subestima, cuando te besan el cuello y a la vez destrozan tus más ásperos sueños?
¿Qué hacer en este Perú con una presidenta sorda, deslucida, y un gobierno incapaz de pensar?
¿Qué hacer con un genocidio en nuestras narices?
Todas las cuestiones, dirigen la vista a un punto ciertamente común, un gobierno interno y externo que decide qué matar, qué amar y qué ignorar.
Estos gubernares nos atosigan, aunque en la superficie cómoda no lo notes.
Seguramente han visto noticias de lo que pasó en Nepal, y como diversos medios cuestionaban estos actos, como inauditos, vandálicos y posicionándose contra la llamada Generación Z (de la cual en escala de años, soy parte), y de cómo aparentemente (según medios) lo único que provocó y desató esta ola de protestas fue el cierre de redes sociales, que por cierto a día de hoy, ya están restablecidas.
Pero qué dicen? puede ser acaso la causa de tan gran revuelto algo tan banal?!
No, el masivo movimiento antigubernamental actual en Nepal no surgió espontáneamente, es una hostigación de más de dos décadas de incompetencia por parte de quienes se nombraron partidos comunistas.
Hace ya varios años, en 2008 se dio fin a la monarquía en Nepal y se estableció una República Democrática Federal, con varios atisbos de partidos comunistas, como son los marxistas-leninistas unificados, o PCN (UML). Que ingresaron como manchas al gobierno, y así se internalizaron, creando distintos órganos con los que ingresar. Por ejemplo años más tarde en 2021 La unidad del Partido Comunista de Nepal fue anulada la existencia legal de éste debido a errores de registro y conflictos internos jamás resueltos. En consecuencia, el Centro Maoísta y el PCN (UML) se separaron de nuevo. Esta división debilitó la política izquierdista en Nepal y disminuyó su credibilidad a los ojos de la nación y el mundo.
Desde aquellos años, Nepal se mantuvo por promesas de crecimiento económico que fueron jamás cumplidas, desde 2006 han habido 14 gobiernos distintos.
Die Arco, una investigadora de CIDOB: A pesar de que hay una gran pluralidad de partidos y el país cumple correctamente con los procesos electorales, la política ha acabado siendo monopolizada por tres personas: Khadga Prasad Oli, líder del partido comunista marxista leninista unificado, Sher Bahadur Deuba, líder del Congreso nepalí y Prachanda, un antiguo líder maoísta. Estas figuras han estado rotando en el Gobierno y hay entre la población una sensación de estancamiento
Leído ese contexto (bastante superficial) hay algo muy ferviente y vivo en todo ese oleaje de protesta, que enmarca en su totalidad la circulación, y da pase al título de esta columna.
Cuando el maoísmo surgió en Nepal, fue una inspiración directamente del PCP-SL peruano, los maoístas nepaleses tomaron partes de su estrategia y la adaptaron a su contexto con el Camino de Prachanda. Ambos grupos adoptaron discursos de revolución rural, guerra de guerrillas, influencia de la población campesina, críticas fuertes al estado, la desigualdad, clases rurales pobres, etc.
Hay una relación casi que respira al unísono, incluso papers (que indica Carlos Cabanillas) como Andean and Himalayan maoist movements: a comparative workshop on social conflict in Peru and Nepal (2003), de la Universidad de Cornell; Democratisation and the growth of communism in Nepal: a Peruvian scenario in the making? (1992), en Journal of Commonwealth and Comparative Politics; y A rationale for the outcomes of insurgencies: a comparison case study between insurgencies in Peru and Nepa” (2014), de la Universidad de Monterey Bay.
Así se destaca la enorme influencia, cuando se dice De los Andes a los Himalayas se hace viva una metáfora para señalar que el modelo o la idea del maoísmo radical no ha sido solo local de Perú, sino que ha tenido eco en otros países montañosos, pobres, rurales, con comunidades marginadas, donde la ideología maoísta puede atraer.
Es una especie de travesía ideológica global: la formulación maoísta pura sale de China se sistematiza en Perú, luego influye en Nepal y de ahí en redes maoístas del mundo.
Ahora bien, así como pueden estar leyendo esta columna, han podido ver todo lo que pasó en Nepal, las protestas en Nepal (contra corrupción, nepotismo, redes sociales bloqueadas, etc.) han sido muy visibles, creativas y confrontativas hasta performativas, si se me permite escribir.
Pero sobre todo han tenido un impacto potente, pues llegaron hasta el Parlamento y forzaron al gobierno a escucharlos.
Y todo esto se difundió masivamente en redes sociales como Tiktok, Reels, etc, y se volvieron virales en tiempo real en todo el mundo.
Entonces muchas personas en otros países (como Perú) vieron esas protestas victoriosas y se inspiraron emocionalmente: si allá lo lograron, acá también podemos, pero ojo, no se trata de un traspaso de doctrina política detallada, sino de imaginarios de resistencia.
Es como si el espíritu combativo que antes podía ser transmitido por libros, panfletos o tratados ahora se transmite en segundos, en formato de video corto, sin contexto histórico pero con alta carga afectiva.
Lo más interesante aquí es como el ciclo histórico se invierte con ésa, aunque parezca débil, protesta. Porque mientras veía videos y leía artículos sobre lo que pasaba en Nepal, muchos se inspiraron con ese espíritu, y convocaban a marchas, protestas, a imitar lo que hicieron los nepaleses. En Perú, por ejemplo, el pasado sábado 13 de septiembre se convocó a una manifestación por distintas leyes que habían sido aprobadas, por un disgusto para con el gobierno peruano. No digo que la influencia directa hayan sido los nepaleses y que nosotros no tengamos movimiento mismo, pero sí que influyó.
Y si agudizamos más, podemos notar este círculo, el maoísmo peruano inspiró a los nepaleses en el plano ideológico y estratégico, ahora los nepaleses (pos-maoístas, pero con esa historia viva) inspiran a los peruanos en el plano afectivo y performativo, aunque la mayoría de quienes los imitan no sean maoístas ni conozcan esa historia.
Me atrevo a decir que es un ejemplo perfecto de lo que podríamos llamar: la circulación transnacional de los gestos de protesta, aunque sus significados ideológicos originales ya no estén presentes. Es decir, ya no viaja la teoría, sino la emoción. Pero esa emoción va cargada con una memoria de lucha que tiene raíces en Perú… y regresa, transformada.
Y puede que parezca una idea muy aguda y hasta ingenua, pero es que el lenguaje digital jamás antes ha sido tan poderoso como lo es ahora, no podemos seguir pensando que la tecnología es nada más una herramienta, tal vez antes si, pero ahora no más.
Porque cuando la rabia se vuelve viral, ya no obedece a partidos ni programas: pertenece a cualquiera que la sienta. Es indisciplinada, transversal, impredecible. Eso aterra a los gobiernos, pero también nos obliga a repensar la política: no como estructura, sino como oleaje. Quienes temen estas nuevas formas de protesta creen que carecen de ideología; no entienden que su fuerza está precisamente en ser anteriores a la ideología. Son un grito que antecede a cualquier consigna. Una afirmación de vida frente a un mundo que ya solo ofrece muerte lenta.
Hay quienes llaman la protesta en Nepal protesta de colores, Walter Benjamin escribió que la historia oficial es contada siempre por los vencedores, que avanzan sobre un campo de ruinas mientras lo llaman progreso. Ese tiempo que corre hacia adelante, ordenado, continuo, es el tiempo de los opresores: un tiempo vacío, homogéneo, donde nada parece poder interrumpir el curso de lo establecido. Pero a veces, de pronto, algo se quiebra. En ciertos instantes raros, imprevisibles, el tiempo histórico se rasga como un telón, y por esa grieta irrumpen los oprimidos, trayendo consigo todos los clamores silenciados del pasado.
Benjamin llamó a esos destellos Jetztzeit, tiempo-ahora, tiempo cargado de historia detenida que de pronto se enciende. No son meros momentos de protesta, sino irrupciones que rompen el hechizo de la normalidad y hacen visible que el presente no es un destino, sino una trinchera. Cuando esos cuerpos marchan, gritan, bloquean y desobedecen, no están siguiendo el curso del tiempo: lo están deteniendo para intentar torcerlo. Es el instante en que el pasado de derrotas se vuelve fuerza y se conjura en un gesto colectivo. El instante en que quienes parecían condenados a esperar, deciden hacer historia. Sea como sea este es un momento así.
Por otro lado, en el Perú exhausto, el Congreso aprueba a ciegas leyes que hipotecan nuestro futuro. La reforma de las AFP, que en apariencia ofrece libertad, sólo profundiza la dependencia del trabajador a los fondos privados y a la lógica del mercado; convierte nuestras jubilaciones en fichas de casino. Y no es la única: leyes laborales que precarizan aún más el trabajo juvenil, recortes ambientales, normas que blindan la corrupción. Todo bajo un gobierno que se sostiene sólo en la inercia, sin proyecto, sin escucha, sin dignidad, con Dina Boluarte que dice riendo el peruano ya aprendió, que la protesta es algo de antaño y eso jamás será una solución. Por eso no sorprende que tantos vieran en las protestas de Nepal una posible chispa.
De los Andes a los Himalayas, y de los Himalayas de vuelta a los Andes. Primero en libros, ahora en las redes sociales.
Vivimos una era en la que la indignación se propaga más rápido que las ideas que la originaron. ¿Será acaso que ahora no heredamos ideologías, sino que heredamos gestos de combate? Las luchas ya no se copian por sus causas, sino por su intensidad. Quizás por eso nos estremece tanto ver esos videos similares, aunque muchas veces no comprendemos su idioma, y podemos desconocer sus demandas, sentimos el pulso. Como si su rabia gritara algo que, sin palabras, también es nuestro.
Porque todas las luchas están unidas, en cualquier lengua y cualquier geografía, también es nuestra.
