LA GLOBALIZACIÓN FUE MALA… EL POPULISMO ES PEOR
««La globalización prometió un mundo sin fronteras; el nuevo populismo promete fronteras sin costos. Ambos olvidaron que la economía siempre presenta la cuenta.»
Theodore Graham
GLOBALIZACIÓN COOPERATIVA: La globalización no fue solo una moda, fue una respuesta económica racional a un mundo que buscaba crecer mediante comercio, inversión, cadenas productivas y especialización. Lo que está fallando hoy no es toda la globalización, sino su versión excesiva: la que prometió eficiencia, pero subestimó desigualdad, desplazamiento laboral, concentración de beneficios y pérdida de control político local.
La globalización se ponderó porque dio resultados medibles: durante tres décadas ayudó a bajar costos, expandir comercio, integrar manufacturas, elevar productividad y sacar a millones de personas de la pobreza en economías emergentes. La OMC sostiene que el comercio internacional y la integración económica regional fue central en la convergencia de ingresos de países bajos y medios durante los últimos 30 años.
Pero el péndulo giró. La apertura también dejó perdedores visibles, por cierto ajenos a la teoría, trabajadores desplazados, regiones industriales abandonadas, cadenas vulnerables, salarios presionados y gobiernos que parecían responder más a mercados globales que a ciudadanos locales. Dani Rodrik advirtió que el populismo contra la globalización no surgió de la nada; era una reacción previsible a choques de globalización mal administrados.
El comercio mundial creció con fuerza durante la etapa de hiper-globalización, pero hoy enfrenta fragmentación. La OMC advirtió que nuevas tensiones arancelarias podían provocar una contracción del comercio mundial de mercancías en 2026, y que una escalada mayor podría agravar el golpe.
El FMI ha estimado que la fragmentación geoeconómica puede tener costos muy altos: distintos escenarios ubican pérdidas de bienestar entre 0.7% y 15% del PIB global, dependiendo de qué tan severa sea la ruptura de comercio, inversión y tecnología. Sin Tratado de Libre Comercio, el PIB de México caería hasta un 12%.
En 2026, la OMC reportó que el comercio mundial de mercancías creció 4.6% en 2025, impulsado por bienes ligados a IA, pero anticipó una desaceleración hacia 2026 por petróleo, guerras, aranceles y fragmentación populista, por cierto groseramente llamada “humanista” y peor aún, “democrática”.
La globalización prometía reglas; el nuevo nacionalismo promete identidad. Y eso es muy poderoso electoralmente y muy pobre ciertamente.
El problema es que muchos liderazgos actuales no ofrecen una estrategia industrial seria, sino una narrativa emocional: “nosotros contra ellos”, “el pueblo contra las élites”, “la patria contra el extranjero”. Como en la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini, aparece el culto a la personalidad, el líder deja de ser administrador del interés público y se presenta como encarnación de la nación. Cuando eso ocurre, la evidencia económica pasa a segundo plano; lo importante ya no es si una política funciona, sino si fortalece el relato del líder.
La globalización fue vendida como el camino inevitable hacia la eficiencia; el nacionalismo populista se vende ahora como el regreso inevitable a la soberanía y a la voluntad popular. Ambos discursos exageran. La primera olvidó que los mercados globales producen perdedores reales; el segundo olvida que ningún país moderno prospera aislándose del comercio, la tecnología y la inversión.
Países como China, India, Vietnam y la propia integración económica europea, sacaron a cientos de millones de personas de la pobreza gracias a su integración al comercio mundial. La Organización Mundial del Comercio documenta que el comercio internacional fue uno de los principales motores de crecimiento y convergencia económica durante las últimas décadas.
La globalización, la integración económica, no es mala por sí misma; la corrupción que generó en muchos países la desvió del tipo de integración que permite crecer sin abandonar a quienes quedan rezagados.
Muchos gobiernos hablan contra la globalización, pero siguen utilizando teléfonos globalizados, cadenas de suministro globalizadas, plataformas globalizadas, mercados financieros globalizados. Es decir, critican la globalización desde un teléfono fabricado con componentes provenientes de veinte países.
La gran ironía es que los mismos líderes que prometen recuperar la soberanía nacional suelen depender enormemente de los beneficios del sistema global y lo saben, solo que políticamente descubrieron que el nacionalismo vende mucho, porque la identidad moviliza más emociones que la productividad. La bandera genera más aplausos que una reforma fiscal y un enemigo externo suele ser electoralmente más útil que una explicación económica.
Por si no se había dado cuenta, ahora algunos líderes dejan de ser evaluados por resultados y comienzan a ser evaluados por lealtades. El pueblo, sumido en una ignorancia intencional, no se pregunta si el tren funcionó, si creció la economía o si aumentó la inversión. Es dirigido a una simple y manipulada dicotomía, ¿estamos con él o contra él? No hay más que “buenos y malos”, “ellos y nosotros”, “indígenas y españoles” (la mayoría mestiza no existe), “los de antes y los de ahora” (aunque sean los mismos).
Cuando eso ocurre, la economía deja de ser ciencia y se convierte en secta, sin fundamento, solo el dogma que se vuelve tragedia, como ocurrió en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua.
Los economistas proponen mayor productividad, los empresarios invocan más inversión y los trabajadores piden mejores salarios. Y de pronto aparece un político gritando, ¡Necesitamos más patriotas! Todos aplauden y la economía sigue esperando respuesta.
DE FONDO
El Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, sostuvo durante años que el populismo constituye uno de los principales obstáculos para el desarrollo latinoamericano porque sacrifica el futuro en favor de beneficios políticos inmediatos.
En una conferencia en Lindau afirmó que el populismo se caracteriza por aplicar políticas demagógicas económicas y sociales que privilegian la popularidad de corto plazo sobre la prosperidad sostenible, terminando por debilitar instituciones, inversión y libertades. Su advertencia era clara, cuando un país comienza a organizar la economía alrededor de la popularidad de un líder y no alrededor de la productividad, la innovación y la creación de riqueza, el deterioro termina llegando tarde o temprano.
DE FORMA
El economista de Harvard Dani Rodrik ha señalado que los movimientos populistas suelen surgir como reacción a problemas reales, pero frecuentemente terminan desplazando el debate económico racional por narrativas identitarias y nacionalistas.
Rodrik advierte que, cuando la política gira alrededor de liderazgos personalistas o divisiones culturales, las decisiones dejan de evaluarse por sus resultados económicos y comienzan a medirse por su utilidad política. En ese contexto, la evidencia, la corrección de errores y la adaptación a nuevas realidades económicas se vuelven secundarias frente a la necesidad de preservar el relato del líder o del movimiento.
La globalización no murió, simplemente perdió popularidad. Nacionalismo patriotero tampoco resolverá mágicamente los problemas que la globalización dejó pendientes porque ni los aranceles generan productividad por sí solos, ni los discursos generan inversión ni los divisionismos sustituyen a la competitividad.
La historia económica demuestra que los países más exitosos no son los que se aíslan del mundo, sino los que logran integrarse sin abandonar a su propia gente.
DEFORME
La historia económica está llena de gobernantes que creyeron tener razón contra los mercados, contra los inversionistas, contra los técnicos, contra las estadísticas y contra la realidad. Durante algún tiempo incluso parecieron triunfar. El problema es que la realidad económica puede tardar en responder, pero nunca deja de hacerlo.
Cuba, Venezuela, Nicaragua y la Argentina de distintas épocas muestran que cuando la lealtad o la sumisión al líder sustituyen a la corrección de errores, la economía deja de avanzar y comienza a caminar hacia atrás. Las ideologías pueden ignorar la realidad; la realidad nunca ignora las matemáticas, el hambre tampoco…

