DECÁLOGO

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III

SANTIFICARÁS LAS FIESTAS

Les urgía llegar a Azomulco, les porque a la pareja filial de Andrea y José Luis se les había ocurrido dejar a los hijos en casa para presentar en la Universidad de ese lugar, el libro Abrazos y no balazos un estudio sobre las relaciones humanas en conflicto.

Apenas la luz verde del Covid-19 comenzaba y la súper carretera estaba repleta y un camión montacargas tapaba la visión del catedrático y escritor.

A la misma hora, en el auditorio del Centro de Estudios se preparaba el presídium con meticulosidad. Atrás un enorme cartel de vinilo mostraba la copia del cuadro plástico El Abrazo del pintor González Camarena que servía de fondo a las letras: Abrazos y no balazos.

– Oye Andrea, si seguimos en esta procesión nunca vamos a llegar… mira allá adelante hay un camino de terracería, que bordea el pueblito de San Francisco Malaca, que parece que hoy es su festividad, y nos lleva a la súper que va a Morelia y llegamos en dos por tres, sólo vamos a pasar por ese pueblo.

– Bien, pero vete despacio y haciéndote a la izquierda.

Y así fue. Salieron de la súper, tomaron el camino de terracería y ahí va el Jetta 2020 andando en la polvareda.

El presídium quedó OK y sólo el micrófono al principio, padeciendo de cierta ronquera fue puesto al punto.

Traqueteando en el camino, Andrea le va recordando al escritor los puntos medulares de la charla:

  1. Privilegiar el diálogo
  2. No actuar violentamente.
  3. Ver las causas. La necesidad económica, la ineducación, el olvido de practicar los valores…

– Entendido.

De pronto se les apareció el pueblito, el folklórico San Francisco Malaca y se sorprendieron al pasar por el centro pues el gentío, no permitía avanzar. El júbilo, el alborozo por celebrar a su santo patrón contagiaba de gusto. El escritor comentó ya casi latente y mira esta gente… Ja, ja, ja, hasta rimó.

Eso te iba a decir mi amor: Contra la ignorancia y la necesidad, todo es por demás, te apuesto que se gastan un ojo de la cara… ojalá lo nombres en la plática.

– No le hagas… iría en contra de la filosofía del libro.

Tuvieron que esperar pacientemente hasta que unos bailarines como chínelos pasaran a paso lento.

– Salió igual o peor meternos por aquí.

– No, como crees, saliendo de aquí, me voy como bala.

La sala de la conferencia comenzó a poblarse con estudiantes con tapabocas advertidos que desde mañana no hay clases. Los futuros escuchas eran de Comunicación y Ciencias Políticas. Uno de los catedráticos organizadores le comunicó al vicerrector:

– Va a estar hasta el keke.

– Sí, cierto… pero es la última conferencia.

Pasó por fin la procesión y José Luis enfiló a la súper carretera. Al salir del gentío se engentó, aceleró un poco y ooh, chin, desgraciadamente un niño se atravesó corriendo y aunque José Luis frenó violentamente, pum, le dio un toquecito al pequeño que fue a dar hasta allá. Ambos se bajaron del auto y vieron que afortunadamente no se veían lesiones.

¿Y, ahora?

– Vamos a llevarlo a una clínica, para que lo revisen.

– ¿A Azomulco?

– ¡Órale!

El aforo lleno, solo esperaba que el rector se desocupara y por supuesto que llegara el autor del libro.

Hoy quien no tiene celular, es casi, habitante de otro planeta, por eso el vecino que vio cómo iban a subir al niño al Jetta, de luego le avisó a su vecino y al padre del niño del presunto robo de infante. Este, que era bailarín de la festividad, encolerizado le ordenó al chismoso: ¡ponles piedras o lo que sea! ¡Que no pasen!

Y al grito del chismoso, toda la familia tapizó de lado a lado el camino, hasta con una escoba despeinada, así cuando José Luis trató de pasar se halló que no podía y de pilón estaban unos feroces lugareños que en cinco minutos se habían reunido.

Se lo querían robar. Se corrió la voz

En una camioneta llegaron unas señoras acompañadas de cinco feligreses vestidos, de chínelos, en la cual venía el Padre del niño, quién doliéndose del brazo derecho, y con un chichón en la frente, lloraba desaforado.

De pronto Andrea y José Luis, temblando, se hallaron en el centro de un huracán humano.

– ¡Estos son los roba chicos! La voz de una feroz matrona se impuso y fue comenzar con el bastonazo de un viejo iracundo y se vino la feroz turba sin oír la voz de los agredidos:

– ¡Escúchenos primero!

– ¡Calmados! Fue solo un accidente.

Pero la desbordante gente no estaba para piezas oratorias.

Y contagiados de la furia de los primeros agresores, los que apenas llegaron –entre los que estaba el padre del niño lesionado– redoblaron su furia homicida.

Las voces iracundas se revolvían:

– ¡La policía no ha hecho nada, a ver si con esto entienden!

– ¡Denles duro!

Es de mal gusto narrar la carnicería humana brutal. Pormenorizar el lento sufrir de Andrea y sus gritos ¡cómo hieren las piedras, como lastiman los golpes de un bat de béisbol. El lugar se llenó de sangre y hasta de pedazos de carne humana.

En el salón de actos, lleno el presídium y las butacas del auditorio, de los ponentes aun nada y sorprendió que los celulares de los conferencistas estuvieran en silencio.

Se terminó la paciencia: El maestro de ceremonias informó:

– Seguramente por causas de fuerza mayor, nuestros ponentes no llegaron, por eso pediré al Dr. Carrasco, rector de esta institución lea la síntesis del libro. Éste tomó el micrófono:

– Nuestro pueblo es bueno y sabio, siempre ha sabido escuchar. Abrazos en lugar de balazos. La fuerza de la razón derrotara a la fuerza de la fuerza.

Hizo una última reflexión.

– Ojalá no tarden. Por lo pronto, al fondo del auditorio el libro está a la venta… y créanme que les va a gustar.