Descomunal. Seis historias fragmentarias

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I

Corrían con todas las fuerzas que tenían. Los perros los perseguían con igual velocidad. Estaban tan lejos de la avenida y toda la fábrica era una inmensa construcción abandonada que llenaba toda la cuadra y no tenía ninguna entrada de fácil acceso, solo podían correr hasta llegar a la pista.

Cuatro perros, cinco quizás. No se atrevían a voltear a mirar, eran tan grandes cuando los vieron que se les venían encima y demorarse en verlos habría significado perder tiempo y espacio sagrados.

Mateo, sudando y muy agitado miró a Celestino y le señaló la avenida cercana.

  • ¡Ya vamos a llegar! ¡Para un taxi apenas lo veas!
  • ¡Cállate y corre! Fue la respuesta angustiada de Celestino.

Las pisadas de los perros eran tan potentes y el tamaño increíble. Nunca habían visto ni en películas, canes de esas dimensiones. Decir que estaban más asustados que nunca no sería mentir.

Por fin llegaron a la avenida. Por suerte pasaba un taxi y los vio, se detuvo, les abrió la puerta, se subieron y partió. Voltearon a mirar. Nada. No se veía nada en la larga calle de las fábricas.

  • Señor ─le dijo Celestino al chofer─, ¿vio a los perros enormes que nos perseguían?
  • No. No vi nada, respondió lacónico y huidizo.
  • Mateo hermano, ¿qué pasó?, ¿qué fue eso?
  • No sé ─dijo temblando, Mateo─ ¡eran gigantes!, añadió casi gimiendo.
  • Señor, a la avenida Arrebol, cuadra seis, ¿por cuánto nos lleva?
  • Veinte.
  • Muy caro, dijo Celestino.
  • Es la hora, además estamos muy lejos. Desde Carpanta hasta Arrebol atravesamos la ciudad.
  • Está bien, pero vaya rápido.

El conductor continuó la marcha y se metió por unas calles estrechas según dijo, para cortar camino. Mateo conocía la ruta muy bien y se inquietó. Miró desconfiado a Celestino haciéndole un gesto.

  • ¿Qué vamos a hacer, Celestino? No me gustó dejar a Adrián allí, ¡qué le habrán hecho, hermano!
  • ¡Cállate!, hablamos después.
  • Está bien. ¿Por dónde está yendo señor? No me ubico bien por acá.

El chofer no contestó y en un segundo el auto dobló por una calle a oscuras y frenó en seco. Eran casi las cuatro de la madrugada y el miedo volvió a Celestino y Mateo. Iban a increpar al chofer, cuando éste se bajó del auto y empezó a correr por un callejón hasta perderse de vista.

Mateo se abalanzó hacia el asiento delantero, buscó las llaves, pero no estaban. De pronto sintió que lo rodeaba una sensación recientemente conocida. Se sintió asfixiado. ¡Vámonos! – le imploró a su amigo y salieron rápidamente del auto, corriendo hacia la calle que había abandonado el taxista hacía unos segundos.

No pudieron avanzar más, en frente de sus ojos, unos enormes perros ─como nunca habían visto ni en las películas─, les cerraron el paso. Un sonido como de inmensos tambores potentes, secos y pauteados, inundó el ambiente, al mismo tiempo, retumbó en el lugar una especie de feroz estornudo reverberante. El poco valor que les restaba se agrietó. Iban a gritar, pero no pudieron, el pánico les impidió articular sonidos. Luego, los perros los devoraron. 

II

Adrián se despertó. Se había caído en un hueco, en la parte de la fábrica por donde habían entrado con sus dos amigos, no sabía hacía cuánto tiempo. ¿Habría dormido mucho? Sentía un fuerte dolor sobre el cuello, al terminar la cabeza. Se tocó. Sangraba.

Sabía que tenía que estar en silencio. No podía creer el tamaño de los animales que habían visto y sus fauces. Celestino y Mateo al retroceder por el miedo lo empujaron y el cayó sin hacer ruido por esa hondonada cerca de la construcción. Esa vieja fábrica estaba siendo remodelada durante el día por los nuevos dueños y habían dejado un gran hoyo que se abría sobre el sótano, allí, rebotando sobre sacos de arenas y golpeándose contra algunos ladrillos, fue a parar. Estaba completamente adolorido. Pero el miedo le impedía darle mucha importancia a eso.

¿Por qué esos perros no habían bajado por él? De seguro les atraía el olor de la sangre. Por lo que sentía, había mucha y seguía emergiendo. Sintió que se mareaba. Pero sabía que tenía que salir de ese sitio. ¿Qué habría sido de Celestino y Mateo? Ojalá volvieran con otras personas para ayudarlo. 

Recordó por qué fueron a ese lugar. 

III

Iba ya a terminar el relato, había preferido no anotar las ideas que le habían asaltado la conciencia creativa sobre el argumento cuya elaboración lo había esclavizado los últimos días por priorizar las ganas de escribir de corrido, cuando tocaron la puerta.

  • ¿Quién podría ser a esta hora? – renegó.

Se levantó de la mesa dejando el escrito a la mitad, bajó el volumen a la Sonata a Kreutzer de Beethoven y se dirigió a la puerta en la salita oscura de su departamento, en el sexto piso de un edificio de ocho pisos en una calle solitaria y antigua. Tropezó con sus zapatos, se hallaba descalzo. Volvió a maldecir entre dientes. Regresaron a tocar levemente a la puerta.

  • ¿Quién es?
  • Abre por favor – respondió una voz anhelante pero suave. Desesperada pero leve. Sonora y límpida, pero trágica, todo eso le pareció al mismo tiempo.

Reconoció el tono de la voz de inmediato. Siempre había hablado así. Se sintiera mal o bien. Era una estrategia, una costumbre, un poder. Era ella, Julia, después de tanto tiempo. Y él que siempre quiso que viniera. ¡Tanto le rogó para que lo hiciera! Ahora piensa en segundos sobre las posibilidades terribles de las próximas horas, sobre la depresión que siempre lo visitaba y se quedaba por meses cuando estaba con ella y sufría después su subsecuente abandono. Pensó en la tentación a creer que ya no iba a estar solo y también proyectó que ella se fuera.  Imaginó una serie de posibles argumentos que ella argüiría, pero también inventó otros para decirle. No quiso abrir. Abrió. 

  • Julia.
  • Hola, Adrián.
  • ¿Qué haces aquí a esta hora?

Se arrepintió de preguntar. Lo mismo había ocurrido en otras tantas ocasiones a lo largo de seis años y nunca hubo una explicación. Ella tenía la misma mirada de entonces, aunque un poco nerviosa. A veces parecía una histérica dentro de una botella sellada, de vidrio traslúcido, pero controlada, medida, de alguna manera apocada, pero con una explosión latente. Su carácter extraño iba muy bien con sus buenos modales, su disimulada coquetería y su amabilidad. Pero especialmente, combinaba perfectamente con su magnética y erótica forma de mirarlo. 

IV

En el patio fuimos felices. Aunque prefiero recordar lo que sucederá mañana, digo, lo que pasará cuando salgamos de aquí y veamos juntos de nuevo las calles, pero más que eso, las montañas, los ríos, los animales, el paisaje.

Mañana, saldremos de este lugar. ¿Juntos? No lo sabemos aún. Pero lo cierto es que, de una forma u otra, saldremos. A pesar de las privaciones hemos sido felices. Dentro de lo que se pudo. Compartiendo lo poco que había. Planeando siempre lo que haremos cuando superemos tal o cual momento. ¿Continuar con lo mismo? Claro está. Seguir a tu lado. ¿De qué otra forma sabría vivir?

El patio es grande y frío. Y blanco. Blanco sobre gris. Pintura de tierra. Barata y gastada. Siempre gastada, aunque vuelvan a pintar. La cercanía al mar, la humedad. La carraspera. El color del patio no acomoda con nuestras ropas. Es expansivo justo cuando nos sentimos disminuidos, aunque fuertes. Siempre fuertes.

Allá afuera, los nuestros hicieron todo lo posible por ayudarnos. Pero muchos, poco a poco se fueron olvidando de nosotros. Cuando entré en esto, tenía casi veinte años y tú…Tú siempre fuiste un misterio para mí. Ni tu edad sabía con precisión. Pero es seguro que ahora bordeas los cuarenta. ¡Qué viejos estamos! No por la edad, por la apariencia. Por dentro no. Puedo jurar que continúo manteniendo el temple de siempre. La misma fortaleza. Esa que me trajo tantas expresiones de admiración como de rencor. Tú, siempre más callado. La vida te había golpeado mucho, pero a pesar de todo sabías ser fuerte a tu modo. Creo que ante mí te volvías más enérgico, como si el hecho de saber lo que yo sentía te diera cierta autoridad sobre mí. Y claro que la tenías. Pero, por orden y respeto debías de hacerme caso. Así actuábamos, así nos eligieron. Uno al mando. Otro a la orden. 

Recuerdo cuando decían que no sabría manejar un arma, por mi delgadez, por la debilidad de mi cuerpo. ¡Cómo les demostré que podía hacerlo! Y que además de hacerlo, lo hacía muy bien. Por supuesto tú también lo sabías, y te gustaba sentirte orgulloso de mi puntería. Alardeabas por mí cuando bromeábamos con los demás. Ese era un gran halago. 

Los compañeros llegaban a nuestra casa, a veces con un cúmulo de problemas, de todo orden. Logísticos, polémicos, personales. Esos eran los últimos, los privados. Pero dolían diferente. Casi siempre postergados. Los que les daban orden de prioridad a los asuntos del amor o de la familia terminaban alejándose de nuestro trabajo. Recuerdo siempre ese militante por el que apostaste todo tu tiempo. Horas hablándole, leyendo con él, explicando con el ejemplo y, después de todo lo vivido, una mirada tierna y autoritaria, lo alejó de la causa. ¡Cuánto te dolió! Aunque nunca lo dijiste. Ni a él ni a nosotros. Ni a mí. Siempre fuerte. Eso es para ti la fortaleza. No negar el dolor, sino reponerte. 

Pero cuando llegaban los compañeros convertían todo el lugar en un desorden, un caos de alegría, bulla, discusión y propuestas de todos los colores se vertían a la hora de comer. Era extraño, solías sentirte feliz, casi completo diría yo, cuando llegaban. Era como si los necesitaras todo el día. ¿Sabes? Yo llegué algunas veces a sentir lo mismo.

Cuando tomamos la decisión de irnos a la guerra con el grupo que se integró a la organización, yo no tenía tan claro el asunto, políticamente hablando, pero me encargué de que pareciera que sí. Más lo hacía por demostrar que yo podía, pues las burlas por mi físico me habían dolido demasiado. Luego, en la montaña, entendí de qué hablaban, y fue allí en donde me convencí de la justeza de nuestra lucha, de nuestras ideas. Mientras, tú que nunca usaste las armas mejor ni peor que otro, pero que lo hacías cuando había que hacerlo, y que nunca hablaste tampoco, ni mejor ni peor que cualquiera, pero hacías sentir un no sé qué de seguridad que trasmitía tu voz, que gustaba a todos el oírte, estabas persuadido desde hacía mucho.

Poco a poco fui distinguiéndome por mis acciones, por la toma de decisiones correctas en momentos de riesgo. Por mi forma de trabajo, siguiendo las órdenes de más arriba al pie de la letra, me hice imprescindible y tú quedaste bajo mis órdenes. Sé que no estabas de acuerdo, pero aquello te parecía trivial, frente a la enorme responsabilidad de nuestra causa.

V

1

Ese suero funcionará. Solo hay que dárselo por dos días más y él continuará perdiendo la sensación de temporalidad. Eso ha producido algunos desfases entre tiempo y espacio. No importa, podemos reprogramar. Ahora no sabe quién es, en dónde está. Por momentos cree que ha muerto, se cree encerrado. Eso es bueno, estamos venciendo su conciencia. Eso es bueno y necesario.

2

El último examen histológico arrojó la permanencia en sus tejidos de glándulas ajenas a su estructura orgánica tal y como se esperaba. Lo que no imaginamos nunca fue la cantidad y la compatibilidad. Igual ocurrió con el análisis citológico. Aún aguardamos las pruebas del diagnóstico organográfico. 

3

La mañana de ayer despertó conscientemente por un par de minutos, estaba cansado. Abrió los ojos, pero no pudo ver nada, los había tenido cerrados tanto tiempo que le fue imposible distinguir algo. Se terminaron los experimentos biológicos. El procesamiento neurológico había sido concluido.

4

Hemos logrado hoy en el plano del subconsciente que logre observarse a sí mismo como otro. Con ello la progresión se hará más continua. La anulación del deterioro físico que será el inicio del fin podrá ser palmaria en los próximos días. 

5

Anoche fue él mismo y otros dos más. Dialogó. Tal vez de forma encriptada pues no ha perdido todas las costumbres de su antigua labor, pero pudo sostener una conversación. Fue muy interesante ver cómo se dividía entre su yo actual, su yo antes del proyecto y el otro yo, el que estamos creando, que apareció oscilantemente. Lo que resultó notable fue el problema de la percepción de las dimensiones. Se concluyó a través de diversas pruebas que, al no poseer aún una noción sobre su propio tamaño, los ejercicios de simulaciones hipnóticas presentaban ciertas fallas en su discernimiento del tamaño y las formas. Hemos concluido ya las pruebas eléctricas y químicas. La facultad para la nueva transducción estaba casi dispuesta. Pasaremos en dos días a las psicoquinesias. 

6

Despertó muy temprano, angustiado. No abrió los ojos, se movió muy poco. Murió su yo anterior totalmente, pero antes, proyectó recuerdos de antiguos amigos en las simulaciones a las que fue sometido para lograr recuperar direcciones y proyectos, necesarios para nuestro gobierno. El yo actual agoniza. Hay preocupación de parte de los responsables directos del proyecto, pensábamos que iba a nacer primero antes de que murieran las etapas precedentes. Esto nos sorprende pues no se tenía prevista la siguiente fase, es decir, el aparato para la siguiente etapa. El yo final debía materializar su propia corporeidad en su génesis. Deberemos utilizar un teleproyector de materia.

7

Se espera en cualquier momento una reacción extrema. 

8

El yo actual murió y contrariamente a nuestros temores, el nuevo yo está presente, de una sola vez, terminado. Urge implementar los ejercicios psicoquinésicos, pues se corre el riesgo de que genere su propio aprendizaje sin ningún control o supervisión. De todas formas, el yo nuevo es heredero de los yo anteriores, algo no especificado para nosotros guardará en su complexión genética. Eso es un grave riesgo.

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Silvestres hojas verdes rodeaban la base de aquel árbol oscuro. En medio del extenso bosque su cuerpo desnudo tendido entre ellas, sobre ellas, bajo ellas. El entorno la hacía verde, como verde fue alguna vez la esperanza. ¡Qué cautelosos pasos provenientes de todas las direcciones! El cielo era una bóveda encapsulada sobre sí misma. La tierra era una inmensa fractura de otra más antigua. Bajo las hojas piel desértica. Un frío reticente iba envalentonándose poco a poco. ¿En verdad ella lo quería? Sus labios carmesí besaban al fantasmagórico ocaso en busca de un placer retenido. ¿No era él acaso, la añoranza de una etapa feliz, de una vida casi completa? ¿Qué le hizo a él ser como era? Un carácter de duro fuego. Una veloz inteligencia. Siempre rodeado, pero solo. Era verdad que él había creado su situación actual de algún modo. La única manera de atraerlo era formando un inmenso e impar mundo vacío. Tal vez allí la buscaría.

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9

Dos días de aparente inmovilidad, sigue vivo, pero no da manifestaciones de sentir nada, los signos vitales indican normalidad absoluta, tanto en lo orgánico como en la actividad onírica. Se han suspendido las drogas y el suero especial, pero no reacciona. Una ligera sonrisa se esbozó en su rostro al iniciar la tarde.

10

¡Estamos ante el primer ser humano inmortal! ¡Lo hemos logrado! Hoy despertó, lentamente se incorporó, comió, volvió a dormirse. Era extraño, no buscaba nada, no trataba de salir de la habitación, no mostraba signos de susto, agitación o depresión. Durmió más de doce horas continuadas.

11

Después de despertarse no volvió a mostrar intenciones de dormir o de comer. Luego de usar el baño, encontró la puerta y llamó con fuerza. Fuimos a su encuentro y hablamos con él, intentábamos comunicarnos poco a poco, enseñándole las nuevas situaciones. No obstante, él hablo muy rápido y muy grave, a veces bajísimo, era muy difícil entenderlo, la velocidad de su voz era increíblemente vertiginosa, sin embargo, parecía hablar pausado. Por momentos nos pareció que no movía los labios. Felizmente se grabó todo. Le prometimos dejarlo en libertad al día siguiente. Él manifestó conocer las intenciones del proyecto y nos felicitaba. Sabía la labor para la cual se le había preparado. En su vida anterior había sido el mejor de los insurrectos, el más preparado, el más coherente. Hoy, debía volver y utilizar todo eso para acabar con la dirigencia de la insurrección.

12

Tal como se le prometió, se le liberó. Antes de partir hacia la zona inferior hizo la pregunta que temíamos. Le dijimos que no sabíamos en donde se encontraba la mujer. Nunca supimos si la repuesta le agradó o no. Partió. No había problema, en su cuerpo tenía rastreadores orgánicos, generados de su propio ADN que nos indicarían su ubicación, inclusive podríamos oír sus conversaciones y grabar sus pensamientos y sueños.

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El sonido de sus pasos parecía hundir la tierra bajo los propios pensamientos. Tenían un original ritmo. Un sonido como de inmensos tambores potentes, secos y pauteados. Los sueños pesaban más que su organismo. Páramos y páramos idénticos, parecía estar caminando hacía horas en círculos. ¿Dónde estaría ella? La inmortalidad no tenía sentido sin aquella que le hizo sentir la necesidad de tenerla. Fue capturado cuando la buscaba para liberarla. No siente nada positivo o negativo respecto a esto. Sabe por información anidada en él, que su yo anterior fue partidario de una insurrección masiva contra los déspotas que habían hecho del planeta un mundo eriazo y sin esperanza. Sabe que ahora ya no es esa persona, sabe que durmió y soñó durante meses mientras lo mutaban, lo transformaban, lo creaban, en un ser con todas las ventajas de su inteligencia privilegiada, pero sin objetivos propios, lo podía sentir, pero no lo valoraba. A pesar de todo, eso le dolía en alguna parte, pero no alcanzaba a establecer la fracción del cuerpo de la que provenía la dolencia. Se escaneó varias veces con los mismos e infructuosos resultados.

Ahora debía regresar a su grupo, y aniquilarlos. Solo él podía, él entendía la fina maraña de su propio pensamiento anterior, él concebía exactamente cómo había forjado el camino junto a ellos, su comportamiento, sus acciones, conocía sus planes, su forma de pensar, de organizarse. Claro que podría. ¿Pero, para qué? Eso no lo sabía. No le interesaba tampoco. Lo único que le concernía era dar continuidad a los objetivos programados en su organismo y nada más. Aunque había preguntado por ella antes de ser herido de muerte, había seguido su rastro hacia un lugar, pero ya no parecía guiarse hacia ella. Paulatinamente, el nuevo yo borraba las pocas emulaciones emocionales que quedaban asociadas a la información mínima requerida para la misión. Allí, en algún recóndito lugar, debía haber algo de ella, pero ¡hacía tanto!

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13

Nos llega información directa, clara. El inmortal no se detiene a observar especificidades del ambiente en el cual camina, lo ve todo de forma panorámica y mientras avanza, en su cerebro se desagrega cada partícula en su complejidad – al mismo tiempo cada una – y la entiende. Deducimos que ya está cerca al campamento de sus compañeros. Una vez allí hará lo que tiene que hacer. Así será en cada uno de los zonas secretas a las cuales acuda. Si llegara a necesitar ayuda, nuestras tropas estarían en el lugar al instante. Lo más importante para nosotros es establecer cómo actuará, cómo pensará y qué traumas se producirán en su conciencia. Necesitamos entender estos procesos para luego proceder con los demás. Precisamos del dominio total. Ese es el gran objetivo de este proyecto.

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VI

Sería mejor que ella abriera la puerta – pensó nerviosa – si es su madre la que abre no sabré que decir.

Habían transcurrido varios años desde que ella lo había abandonado y no por no amarlo. 

Fueron años de pasiones tan confusas, enmarañadas, alcohólicas, que el cansancio de vivir así se apoderó de ella aquella vez, y sopesó lo complicado de la situación. O él se iba con ella a ver cómo hacían y buscarse el futuro, o lo abandonaba para siempre. La situación en casa de él era insufrible. Es verdad que ella tuvo gran parte de la culpa por iniciar lo que inició, pero es verdad también que él no hizo nada por explicarle o ayudarla. Antes de irse, ella lo pensó bien, muy bien, tantas lágrimas veían verter y vertían ellos mismos, tantos gritos y peleas, tantos insultos y golpes. Tanta mentira. Esa vez no quiso más de eso y se fue. Lo extrañó hondamente. Pero se fue. Lo olía en la distancia, soñaba con él, sentía su presión en su intimidad más ósea, en sus contracciones más sonámbulas.

Fue por eso por lo que volvió. Y estaba ahora en la puerta de la antigua casa de sus padres. De la casa de él, tan de él que no quiso dejarla. Eran trece años. ¿Estaría cambiado? A veces le parecía que ya no recordaba su voz. Pero ella estaba dispuesta a ser su novia de nuevo, a ser feliz con él, a todo. ¿Y si él estaba con otra? Eso era absolutamente probable. Total, ya no era un joven de veinte años como cuando lo conoció. Tenía ahora más de cuarenta años. Se sintió dispuesta a todo con tal de sacarse la ansiedad de encima. Lo extrañaba totalmente, como se anhela vivir cuando lo único que hacemos es cumplir obligaciones exactamente iguales todos los días del calendario. 

Tocó la puerta.