Desnudez en penumbra (Relato)

Views: 1219

De repente, como arrullo de palomas enamoradas, un murmullo intangible, sutil y casi inaudible, despertó mi atención. Un sonido tan débil, como una melodía tímida de ser oída. Podría jurar que era sólo mi fantasiosa imaginación, pero algo en mi mente, que corría como el segundero del reloj, me decía que no, que había algo más allá, bajo el velo de la oscuridad, que esos dos amantes desenfrenados.  Algo que me estaba llamando y que yo, no me podía negar al imán de su llamado; sin embargo, podía avanzar sólo con los pasos de la mirada.

Sintiendo los ojos de Sara y Julián, como brasas al rojo vivo, que me miraban y evaluaban, como si eso avivara aún más, los leños de la hoguera que tenían formada, ocasionando un verdadero incendio, que por poco arrasa conmigo también. 

Veía los valles de sus cuerpos bañados con el agua viviente del sudor del deseo, como lava que corre sin control. Mientras yo, parecía no tener el volante del dominio de mí misma.

Quería cambiar de paisaje, irme de ahí, a otra página de la noche, dejarlos solos en su escena, pero no podía moverme, me sentía como una pesada roca, impotente, inmóvil y sin fuerzas. Como si fuera una rehén que estuviera siendo juzgada, evaluada y pesada en una balanza que parecía no ser justa. A la vez que un extraño calor recorría mi sensible cuerpo, desde hacía ya, un buen rato.

Poco a poco olvidé, quién sabe en dónde, el lino del pudor que me envolvía, y no pude evitar sentir deseos por lo que estaba mirando. A los soberanos del sexo sin límites en plena acción.

A medida que avanzaba la manta negra de la oscuridad, comenzaba a tomar colores, a perfilar formas y texturas que parecían surgir de la nada. Seguía viendo las figuras de los amantes, que se asemejaban a criaturas mitológicas, seres que parecían haber sido esculpidos en la misma oscuridad que los rodeaba, haciendo el amor de mil formas distintas, ambos insaciables, totalmente desnudos, sus cuerpos como de dos serpientes, eróticamente enredados, meciéndose al ritmo del amor y la pasión.

Yo, a unos cuantos pasos, me sentía desorientada, flotando en un vacío infinito, pero a la vez, como sumergida en lo profundo del mar donde no llegaba la luz, que no fuera para alumbrar a los amantes e inquietarme con su idilio.

Estaban a escasos dos metros de mí, veía como ella, lo invitaba a tocarla y explorarla con sus manos de mármol y seda, a la vez que él se veía eufórico, deseoso y muy creativo, por lo que no dudaba en complacer las exigencias de Sara y satisfacerse así mismo con el suculento banquete que ella le ofrecía.

Se aproximaba a ella, la acariciaba, la besaba y abrazaba con tanto delirio y dedicación, propia del príncipe de la pasión. Mientras veía a ella, estremecerse y ondular su cuerpo, despierto, deseoso y gozoso de placer. Ambos lo disfrutaban como la mejor copa de vino, que pocas veces se tiene, a veces a sorbos, para degustar a fondo su sabor y otras tantas a grandes tragos, como queriendo saciar la sed que los embargaba de una sola vez.

Lo estaban pasando de película, lo decía la música de sus gemidos en la flor del éxtasis.

Ella, era Sara, princesa del erotismo encantado, vestida, en el inicio, con un babydoll, color blanco, muy sensual y llamativo, entallado a su cuerpo, que dejaba ver su figura perfecta y bien trazada de diosa de la belleza, con piel clara, ojos azules y cabellera dorada, con unas facciones de princesa de cuento de hadas. Y con ella, Julián, el príncipe de la pasión, que no nada más sabía brindar excitantes caricias en la oscuridad, sino en todo momento que hiciera falta.  Vestido solamente con un bóxer blanco, dejando al descubierto su perfecta anatomía. Alto, gallardo, robusto, un dios griego de piel morena, cabello negro ondulado y ojos color miel. Todo lo que la exigente Sara podía pedir, él lo tenía y se lo daba.

De repente, como cuando vas a un espectáculo y apagan todas las luces, para apuntar los reflectores, únicamente hacia los artistas en escena, y sea sólo a ellos a quienes podamos observar en medio de la noche. Aparecieron Sara y Julián, en un lecho cubierto de rosas blancas y doseles que colgaban, en escarlata y dorado.

El principio no se hizo esperar.

Mis ojos estaban completamente abiertos, como panteras al acecho, en medio de esa densa oscuridad, que, aún enmudecida, parecía hablar en el silencio y contarme sus secretos. Era como si pudiera sentir su textura aterciopelada de un melocotón maduro, su consistencia de una manzana que invita a disfrutarla y su suave murmullo, al que tenía que ponerle toda la atención para descifrarlo.

Me sentía en estado de reposo. Acostada, pero flotando en el aire, con todos los sentidos, alerta, como queriendo demostrarme a mí misma, que, en medio del manto de la oscuridad más intensa que me envolvía en ese momento, también había profunda belleza.

Mis ojos me llevaron hacia un pequeño rincón, y vi colgado un espejo, donde pude mirar mi pequeño cuerpo de hada, junto con mis alas, que lucían decaídas y maltratadas. Me sentía confundida y agotada, con sudor por todos lados, pero con un sentido de plenitud interior que me embargaba.

Minutos después, por fin, recuperé el control de mis movimientos y pude levantarme. La oscuridad se me escapaba de entre los dedos, a tientas fui a la ventana, la abrí. Necesitaba respirar otro aire, necesitaba ver otro horizonte, descubrir qué era lo que hacía un rato, me llamaba con tanta insistencia, si era cosa del cofre de mi mente o realmente había algo que se escondía en la oscuridad de la habitación como un duendecillo cobarde.

Volví donde estaba el espejo, lo miré con la lupa del detenimiento, pude notar que, en el centro, había una figura que me observaba con ojos curiosos que traspasaban mi alma. La figura no hablaba, pero yo sentía que me estaba comunicando algo, que era a la vez simple y profundo.

Fue así, que descubrí, que, quien me estaba llamando, era mi propio reflejo que me llevaba a entender mis propias necesidades y deseos. Ya no era una pequeña hada, mi cuerpo se había transformado y mis alas eran más grandes. Había llegado a la flor de la juventud y estaba lista para salir de la oscuridad y vencer mis desafíos por mis propios medios. Usaría mis alas para llegar al reino de la claridad que necesitaba y así poder llenar mi libro de vida, con las páginas más bellas, coloridas y excitantes que pudieran contar todas mis hazañas.