Desvarío

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Audomaro despertó sintiéndose diferente. Cierto, no le dolía nada, pero su psique lo impelía a realizar algo distinto en letras. Saliéndose de su estilo, todavía con el 15% de sueño sobrante y sin desayunar, medio alocado reflexionó:

Lo obvio lo que se ve lógico, entendido por la mayoría tiene otro lado, con cierto halo de genial locura resulta en su diferentes novedoso y alucinante. Recaló en la pintura, por cierto, lo que a media noche estuvo leyendo, que sucedió cuando el genial pintor mexicano David Alfaro Siqueiros estuvo en Nueva York y liderando a jóvenes surrealistas entre otros a Jackson Pollock, exploraron novedosas técnicas pictóricas. Saliéndose de los cánones trabajaron con ácidos, plásticos, pintura automotriz y dejando escurrir esas plastas que se derretían formaron figuras salidas de otro mundo: bi y tridimensionales… de imaginativa vanguardia.

Siqueiros contagió a los jóvenes en su alucinante visión aunque luego Pollock, maestro del goteo cromático salido de otro mundo declarara que él era el único creador de su estilo.

Audomaro brincó al terreno de la música y recaló en el jazz, poniendo el acento en la magia de la improvisación. En su mente se dibujaron los intérpretes al piano, trompeta, bajo y batería en grupo y luego en solitario, cada uno improvisando y sintiendo la música.

Y por último llegó a la palabra oral, recordando como de una palabra o de determinado tema quien hablaba iba tejiendo palabras, uniendo conceptos lúcidos o poéticos, con el riesgo de que una puntada verbal mal tejida diera al traste con la urdimbre que iba genial.

Ahora venía el quid: lo pensado, aplicarlo en lo que escribía ¿Cómo reunir lo cromático bi y tridimensional, el sentimiento musical propio y el discurso oral bien eslabonado con la palabra escrita? Se dirigió al agua caliente que esperaba una cucharada de café soluble y azúcar y bebiendo cuatro tragos regresó a la mesa y escribió lo que según él, reunía al arte de la escritura con lo pensado. Y así garrapateó:

El tipo, yo, acostado en la cama de ese hospital lidiaba con un fuerte dolor en el abdomen y a lo lejos se oía el sonido de un rap. Se entretuvo viendo la cristalina bolsa colgada, dejando caer len-ta-men-te, gota a gota el suero, con medicamentos, escuchando esporádicamente el doloroso quejido del vecino paciente.

Su mente daba volteretas sin ton ni son. Se imaginaba como náufrago en dos sentidos: solitario en su padecer y en su vida, ¿y precisamente en este triste momento?

Quitó de sus pensamientos el ¿Por qué a mí? Y se contestó: ¿y por qué no? Muchos congéneres ya murieron y otros aquí mismo, en esta sala,                                                                                                                                                                                                                                      están más graves que yo. Tengo 55 años y el dolor es concomitante al ser humano.

Trató de voltearse, pues la mano izquierda no la sentía y lo tomó como natural molestia al tratarse del brazo por donde entraba el suero.

El tic tic tic tic tic del medidor de presión y oxigenación, le indicaban que estaba vivo cuando una comezón en el muslo derecho le hizo preguntarse qué tan sencillo seria que alguien lo hiciera por él y trató mentalmente de olvidarse de la idea con una sonrisa: ¿No habrá alguien que me dé una rascadita?, por el amor de Dios tan sencillo como quitar la molestia con pasar una uña por ahí.

Sentía la lengua pegada al paladar y aunque la movía no aparecían las bienhechoras gotas de saliva que servirían de lubricante y en lugar de pensar en las guerras, en los que mueren de hambre y sed, pensó en los que en este momento hacen el amor o pasan por el gaznate un coñac mientras tocan rebosantes nalgas femeninas.

Se entristeció al pensar que la dama en cuestión podría ser su esposa.

De pronto a todo ruido, una enfermera abrió la cortina verde bilis que lo encerraba para el exterior y tres médicos y dos enfermeras con apuntes y radiografías lo interrogaron:

  • ¿Cómo se siente amigo? A ver …

Audomaro García ¿cierto?

  -Pues dentro de lo malo me siento mejor

  • Qué bueno – dijo el doctor que lideraba al grupo – mañana en la tarde se va mi amigo. En la mañana hable para que vengan sus familiares a llenar un formulario e inmediatamente se va.

Y así como abrieron cerraron la cortina y Audomaro sintió un gran alivio mientras la tropilla se dirigía al vecino paciente quien al parecer estaba grave.

Audo con el alma en el cuerpo, después de una semana de estrés tuvo un ligero acceso de sueño. Se acomodó en la cama, cerró los ojos y sonrió pensando que esta vida es como una rueda de la fortuna…

Audomaro dejo el escrito e inmediatamente lo releyó concluyendo que poco tenía que ver con Siqueiros, Pollock, el jazz o el orador poeta y levantándose de su mesa de trabajo volvió a sonreír pensando que haya sido como haya sido el artículo periodístico había salido y gustoso se dirigió a su barecito y se sirvió un buen fajo de mezcal, el cual no bebió acordándose de que no se había desayunado y tenía encendido el baño y viendo de lejos al mezcal solo le dijo:

Salud… ahorita vengo por ti.