Día de muertos

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Estos días se volvían muy especiales. Era ver cómo se iba formando el altar en la sala de casa, la mesa que se cubría con el mantel blanco, dulces para los niños, atole, mandarinas, cañas, tejocotes, jícamas y naranjas.

 

La mirada seria de mi madre al acomodar con precisión las cosas. Mi padre, desde su sillón, observa con calma el ritual y miraba la procesión de chamacos que iban de un lado a otro, señalando las pocas cosas nuevas que se agregaban cada año.

 

A veces llegaban los camotes de Puebla. Otras, la calabaza recién hecha por doña Olga. Algunas veces eran los dulces de Oaxaca que traía Cristina o los nanches que en ocasiones lograba cazar mi madre en el mercado.

 

Nunca faltó el durazno, las peras y manzanas y los tamarindos secos. Ah, eso sí, flores y velas, veladoras en vaso de cristal, o con cubierta de papel.

 

Para los grandes, siempre había diferentes cosas, asegún el muertito que se recordaba. Un frasquito de aguardiente cuando mi abuelo partió. Las papas coloradas por mi abuela. Cigarros y pulque por algunos compadres que nunca conocimos y que tuvieron mucho que ver con mis padres. Amigos lejanos que a veces nos contaba la historia mientras iba colocando retratos y ofrendas.

 

Esa era su manera de recordar a sus muertos, y aunque cada año iba creciendo la lista, ella rememoraba, con o sin palabras, con o sin testigos, a cada uno de ellos.

 

Y a pesar de que siempre la vi armando el altar, debo confesar que no siempre hago lo mismo. Algunas veces me siento a recordar a mis muertos. Y siento que cada día se alejan un poco más de mi memoria, pero terca como es (la memoria) siempre termino prendiendo al menos una veladora en una esquina de la casa.

 

No sé si llegará el día en que al final no tenga más esa costumbre. Espero que no. Porque perder la tradición es una forma de olvido.

 

Sé que mis hermanos siguen poniendo su altar en la sala de la casa. Que ellos sí rememoran a sus difuntos, y le cuentan a sus hijos y nietos y bisnietos (ya algunos son bisabuelos) quiénes son los personajes de la historia, qué tuvieron que ver con la familia, en dónde lo conocieron y les dirán de algunas anécdotas, chuscas y no, melancólicas, tristes, anécdotas simples que pasaron en algún momento de la existencia y que no se han podido alejar de la memoria.

 

Eso sí, yo no tengo la costumbre de visitar los cementerios en estos días. Es una costumbre que no puedo seguir porque no me gusta recordar a los muertos en una caja. Si pudiera, ni a mi funeral iría, pero esa es una cita impostergable y difícilmente faltar a ella.