Diablo, carne y mundo (Primera entrega)
I
Las hojas del viejo árbol se terminaban de caer en un otoño de horrores grises y volanderas arenas, cuando el carpintero Fermín Seijas se puso a pensar en el padre Arnaldo. Este sacerdote católico tan partidario de los pobres había llegado al pueblo hacía trece años, Fermín recordaba la fecha con precisión porque fue el día que él se atrevió a declarar su amor a Marcela y, por supuesto ella, que un día antes hubiera dicho sí sin pensar, le dio una rotunda negativa, pues había visto al padre Arnaldo entrar a la plaza y sentarse en una banca justo frente a la que se hallaba ocupada por ella y por Fermín.
Marcela no supo nunca explicar que ocurrió a las pocas personas que sabían de sus sentimientos respecto al padre, lo que la poseyó en ese momento. Había acudido a la plaza muy emocionada por encontrarse con su pretendiente. No era una emoción cualquiera, en realidad le gustaba, su limpieza, su sonrisa, el olor del aserrín que se filtraba en sus ropas a pesar de que él era muy prolijo con el aseo. El hombre de la escuadra, el serrucho y el martillo la había cautivado desde hacía mucho y hoy, él le pediría una respuesta. Así habían quedado hacía una semana. Marcela no era una chiquilla común. Como todas las muchachas de su pueblo, trabajaba desde muy joven, pero a diferencia de otras, había visto morir a sus padres, asesinados por el Ejército. Aquí no radicaba el contraste. Lo verdaderamente duro fue que al salir de su escondite cuando la vez que los soldados ingresaron a su vivienda, encontró a su padre con las tripas fuera del vientre, los testículos cercenados, y las extremidades dislocadas a causa de la feroz tortura. Su madre, violada y asfixiada, acababa de fallecer a su costado. Vivían pasando el río, a media hora del pueblo. Ella era débil, no había bestias de carga, nada. ¿Cómo llevar a su papá hasta el pueblo para pedir ayuda? Y si iba sola, ¿qué le aseguraba que su padre continuara con vida? ¿Y vivir para qué? En medio de ese infierno tan acendrado y angustioso le pareció interpretar la mirada aplastada de su devastado progenitor y lo ayudó a morir. Siempre soñaría con la mirada hueca de su padre y la cabeza de su madre, la que aparecía fosilizada perdurablemente en sus grotescas pesadillas. Luego, caminó lentamente hasta el poblado y encontró que la sanguinaria represión también lo había marcado.
Todos sabían de la profesora Marcela, que estudió con una maestra que llegó de Huánuco, huyendo de la violencia, que enseñaba a los niños con gran ternura, que amaba el quechua y dominaba el castellano. Nadie ignoraba que luego de sus clases iba a atender en una pequeña tiendita que puso en sociedad con la educadora huanuqueña, quien ya no podía enseñar, pues cuando mataron a su esposo en su casa, la intentaron estrangular y creyéndola muerta la dejaron tendida en el suelo de tierra. Tardó mucho en sanarse, pero nunca volvería a hablar con un volumen mayor al del susurro. Todos sabían que Marcela era muy seria y que iba a casarse con el más responsable de los trabajadores, con Fermín Seijas, carpintero de ataúdes y cercas y constructor de casitas y deseos.
Las hojas del viejo árbol se alejaban en petulante hojarasca y Fermín seguía recordando al padre Arnaldo, aquel que únicamente con su mirada perdida en sus ideas, le había robado los desvelos de su querida profesora.
¿Qué había causado el sacerdote con sus ojos profundos, sus labios cerrados y grandes, su frente amplia y sus cabellos algo revueltos sobre las orejas, al mirar sin mirar a Marcela?
Fermín recuerda el no, hace trece años, tan cerca de este árbol desnudo, cansado, compañero. Y le duele. No el recordarlo, sino el no tenerla.
Desde que reparó en él, Marcela no hizo más que escribir poesía. Hacía años que don Luis Mejía, arequipeño comerciante, le traía cada dos meses una dotación de libros que ella leía con gran pausa y devoción para trasmitir a sus alumnos. Muchos pequeños podían pronunciar versos completos de César Vallejo, como aquellos que dicen: Hoy no ha venido nadie a preguntar; / ni me han pedido en esta tarde nada o frases exactas de un yaraví de Mariano Melgar: ¡Ay, amor! lleno de insultos, / centro de angustias mortales, / donde los bienes son males / y los placeres tumultos. Lo hacían con fuerza y convicción, por amor a su maestra, aunque no los comprendieran a cabalidad, ni supieran todavía las operaciones matemáticas básicas. Memorizaban el inicio del Quijote y de la Ilíada, pero no tenían idea de la historia del Perú. Definitivamente, Marcela prefería la literatura fanáticamente, histéricamente. Y a partir de su encuentro con el cura, que él no notó, la poesía, había ocupado obsesivamente toda su vida, ya no solo la leía, especialmente la escribía, la soñaba, la vivía, la sufría. La poesía había copado toda su existencia.
II
Cuando llegó la transnacional minera y con ella la destrucción de la agricultura, se modificaron poco a poco las costumbres del pueblo, fue entonces cuando el padre Arnaldo empezó a trabajar más. Ya no oficiaba solo la misa, que además en realidad no daba, al menos no formalmente, porque utilizaba la reunión de la gente para hablarles del trabajo en equipo, del amor para todos, de la pasión por la tierra. Ahora tenía que ir a evitar que Alberto Vargas, el más viejo campesino de la comunidad que bordeaba el río, destripara al ingeniero Pérez Wittembury ─tal como les juró a sus familiares─, por haberle faltado el respeto a su nieta; tenía que redactar los petitorios de los trabajadores mineros, cerciorarse de que los documentos legales dijeran lo que tenían que decir y no otra cosa, abogar en la diócesis por ayuda médica ya que el municipio no se hacía cargo de nada por hallarse en pleito con otro limítrofe por la jurisdicción de ciertos yacimientos mineros. Y si el alcalde no movía un dedo, mucho menos los gobiernos regional y central.
En la noche, si podía y no era muy tarde, se sentaba a leer. Leía mucho el padre Arnaldo. Leía la Biblia, también poesía y ensayos sobre filosofía, principalmente. Pensaba en los ricos que habían llegado con promesas y música, con su exceso de alcohol y juegos, con sus productos y comercios. Y descubría la profundidad del contraste violento pero silencioso de las costumbres importadas con las antiguas y de cómo aparecían nuevas y cómo algunos aprendían otras, mientras los menos, descubrían maneras de resistirlas. Comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos, meditaba Arnaldo con los Proverbios. Los impíos serán cortados de la tierra, y los prevaricadores serán de ella desarraigados. Sí. Eso leía, eso pensaba. Pero ¿tanto tenía que demorar en ocurrir? ¿No dependía de nosotros acaso que esto sucediera pronto? Se decía. Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia. Era cierto, pronto se requeriría de mayor fuerza. Y la sabiduría era manejar la fuerza con la que se contaba, cavilaba Arnaldo.
Arnaldo, Arnaldito, ¿crees que puedes cambiar el mundo con buenos deseos?, ¿te imaginas que con una huelga minera o una marcha de los campesinos hacía la municipalidad, los abusivos se van a ir, van a ser castigados? Porque el hombre tampoco conoce su tiempo, expresa el Eclesiastés. Y tú quieres estar al tanto del tuyo Arnaldo, Arnaldo, Arnaldote.
Aprendió de Nietzsche que el conocimiento a veces perjudica. Y a pesar de eso estaba dispuesto a enseñar. Por ello fue por lo que visitó a la profesora del colegio del pueblo para ver de qué manera se apuraban esos niños en prepararse para defender su futuro. La única manera en que estudiar causara daño sería en el dolor que produciría ver todo como realmente es, meditaba Arnaldo. Los graves problemas de la población y la situación política en general habían conseguido que le diera la razón a Nietzsche en aquello de que una vida feliz es imposible. El fin supremo a que debe aspirar un hombre es una carrera heroica. Y esos niños tendrían que ser rebeldes o no ser nada.
El padre Arnaldo creía firmemente en el dios de los católicos, pero tenía su propia manera de interpretar la religión, y no era el único. Entre sus amigos sacerdotes se había ido gestando un grupo crítico, inclusive por ello, algunos abandonaron el sacerdocio. ¡Cuántas cosas habían jurado cumplir en las cuales ahora no creían!
Lo habían enviado a ese pueblo por el escándalo que desató, sin quererlo, al ser encontrado por la prensa amarillista con la esposa de un famoso doctor en Lima. Tenía con ella, Isabel, una relación de un año. Isabel ya no vivía con el padre de sus hijos, sin embargo, por ser el médico un hombre conocido e influyente y por estar el sacerdote sosteniendo críticas directas al gobierno de turno, los medios de comunicación y el sector más conservador de la Iglesia, se encarnizaron con los sorprendidos amantes y les llovieron comentarios satíricos y crueles sobre la honradez de la esposa y las facultades amatorias del padre Arnaldo. Ni el médico se liberó, las leyendas respecto a su virilidad o más precisamente a las dudas sobre ella, endulzaron el paladar de los chismosos. La moralina limeña se volcaba sobre ellos para destrozarlos. El marido obtuvo el divorció y se llevó a sus dos hijos con él. La familia de la mujer la borró de su memoria y el padre fue trasladado. Pudo luchar. Pudo dejar de ser sacerdote. Pudo quedarse con ella. Pero ella no quiso. No soportó el peso de la muchedumbre. En realidad, se querían mucho. El padre se volcó a François Poullain de la Barre como en la época de su noviciado para resistir el machismo tradicional que ante el despecho intentaba aflorar. Se aferró a aquello de: la inteligencia no tiene sexo, que escribiera el intelectual y sacerdote francés. Intentó hallarse en sus páginas. Quiso encontrarla a ella, desnuda y vestida, sonriendo y llorando. Despierta. Dormida. Incandescente.
Se desvelaba leyendo a Sor Juana Inés de la Cruz y por las mañanas, habiendo dormido menos de dos horas, repetía en murmullos versos de la extraordinaria poeta de San Miguel Nepantla: Constante adoro a quien mi amor maltrata; maltrato a quien mi amor busca constante. Y así, yendo por el camino inverso, aferrándose a la mujer, reencontró su vocación. Aceptó entonces la vida nueva, el comenzar de nuevo. Y llegó aquella tarde, hace trece años, a la plaza, huyendo de un amor fracasado, de sus propias frustraciones como cura. Y llegó a frustrar también, sin proponérselo, a Fermín.

