Diablo, carne y mundo (Segunda entrega)
III
A las afueras del lugar, lejos del malestar nauseabundo provocado por la ciénaga se podía respirar mejor. Sepúlveda sintió allí, empujado por el fuerte viento, la misma sensación que cuando terminó de hablar con él. Se podía respirar. Inhaló hondo, como si tuviera una especie de subterráneo amplio y secreto bajo su caja torácica y se metió un caramelo de limón en la boca. Entonces recordó lo que se contaba, que a su madre le había sorprendido el fuego del parto cruzando el famoso lodazal y que allí mismo había nacido Hermógenes Lozano. Con el tiempo algunos pensarían que esa casualidad del destino lo había hecho como era: cruel y pestilente.
Por supuesto que esto no era desde ningún punto de vista así, pensó Sepúlveda, pero la coincidencia era feliz para los que lo odiaban. Hermógenes Lozano se hizo cruel por otras razones tristes, desafortunadas y complejas.
Según una versión, era hijo de dos hermanos, de acuerdo con otra, era producto del abuso que cometió contra su madre el que creía su abuelo. Por si esas historias no eran suficientes, había una más, la que presentaba a su madre como una divertida mujer que buscaba a los mineros del campamento por puro y sincero placer. Lozano habría sido resultado de una orgía y ni su madre habría podido saber de quién era hijo.
Nada de esto enturbió la infancia del personaje, esta fue relativamente feliz, criado por su abuela, con cariño y desvelos. Tampoco la historia que escuchó a los ocho años, esa que narraba como su madre, luego de parir lo intentó ahogar en el lodo. No, lo que verdaderamente lo inquietó y amargó su vida fue cuando se enteró de que estaba viva y casada y tenía dos hijos con los cuales vivía, según relatos a propósito minuciosos y malévolos, muy feliz.
Sepúlveda no estaba contento con la entrevista que había conseguido del jefe mafioso, quería saber más, pero algo muy profundo lo inquietaba, lo hacía sentirse mal, atenuarse en sus ímpetus vitales. Siempre, después de lograr una entrevista en sus labores de periodista de investigación, se extasiaba festivo imaginando el texto final. Ese ejercicio de autosatisfacción plena no lo sintió luego de la extensa conversación con Hermógenes Lozano. Ya antes había entrevistado asesinos, políticos corruptos y desalmados empresarios, individuos ciertamente ruines. Eso no era lo que lo incomodaba. Era su actitud hacia Lozano, a pesar de querer odiarlo, de sentir repulsión, había algo en él que seducía, más allá inclusive de que la atmósfera se hacía irrespirable cuando se estaba cerca a él y su entorno, pues la fetidez de su olor era terrible. La hediondez no provenía del desaseo, era obviamente un hombre que se bañaba y se acicalaba casi a la perfección. Sus ropas tampoco parecían estar sucias o húmedas de sudor, por el contrario, se les veía recién planchadas y pulcras. Tampoco venía la pestilencia de su boca, por donde afloraban unos dientes gigantes, semejantes a frejoles blancos. No, no era su aliento. No obstante, nada de esa extraña aureola de podredumbre le restaba fuerza a ─de acuerdo con las cavilaciones de Sepúlveda─, su raro magnetismo y su estela de hombre genuinamente poderoso. Vigor que emanaba no de su dinero ni del control que ejercía en la zona o su rango de influencia que iba mucho más allá, sino por la absoluta certidumbre de que disfrutaba haciendo daño.
Sepúlveda escupió el caramelo por el abismo que estaba a sus pies. Se dirigió allí con permiso del mismo Lozano, para conocer el lugar de los descuartizamientos. Nunca terminaba los caramelos, mientras los chupaba le regresaba el miedo por el consumo constante de azúcar y se deshacía de ellos, para minutos u horas después volver a hurgar en sus bolsillos por más dulces.
Sentado en su escritorio Hermógenes Lozano meditaba en la entrevista que le acababa de realizar Sepúlveda y en la mirada hipnotizada del periodista cuando le describió sus planes, sus ambiciones. Al menos, pensó, me ha creído. Y eso era muy importante.
IV
Saoirse era la hija de un hombre dominante cuyo estrambótico pañuelo anudado siempre a su ceniciento cuello hacíale parecer una torre con una casa con un techo de dos aguas incrustado. Su padre intentó toda su vida controlar a todos los que vivían con él y parcialmente lo logró, pero por ello fue destruyendo a su familia poco a poco. Con su esposa no pudo, ella lo dejó hacía mucho y vivía en la otra margen del río. Se murmuraba que el hombre había violado a su hija desde muy joven y cohabitaba con ella, nadie contaba una historia sólida, solo eran rumores más o menos similares, pero igual de vagos.
La muchacha era tenida por hermosa por la mayoría de los pobladores. Y se convirtió en la mujer más observada por muchos de los mineros que llegaron a trabajar a la zona, la más deseada y la más visitada. El padre no la dejaba salir, pero por las noches cuando él dormía, ella salía para encontrarse en la parte de atrás de la casa con uno y con otro. Según se contaban los mineros entre sí, a ella no le gustaba hablar, solo los besaba y dejaba que le acariciaran los senos, pero nada más. Y al parecer ─según deducían ellos desde sus cabezas de machos─ esta permisibilidad con su busto era una prueba, si no le gustaba algo de su visitante ocasional: la textura de sus manos, la sensatez de la caricia, el quererlo hacer todo muy rápido, el sabor de sus labios, no lo volvía a ver. Es decir, para ellos, el éxito dependía de la destreza física, nada más. ¿Cuál sería la verdad?
Saoirse, la hermosa. Saoirse, la coqueta. Saoirse, la inalcanzable. Así decían de ella. Y pocos se animaban a hablar mal de la joven porque todos se sentían enamorados, inclusive los más fríos y mujeriegos. Había algo en ella, un sabor único, una serie de reacciones físicas poco comunes en sus particulares experiencias, que los enajenaba, más allá de la dignidad. Algunos decían: Saoirse, la mujer fácil, pero eran pocos. Sus enemigas eran, eso sí, las demás mujeres.
Saoirse solo quería sentir cómo sería el cuerpo sin culpa, sin dolor, sin confusión. Dejar atrás a cada uno de sus breves amantes, era aprender a banalizar el cuerpo, a escindirse de él, a negarlo. Contrariamente a todo lo que pensaban estos hombres, ella gustaba del roce, del beso, de lo apasionado del momento, pero también le servía para sentir que no eran nada cada uno de ellos y que ella tenía el control al menos por esos breves espacios, magnéticos y húmedos. Saoirse era la hoja de un árbol en otoño, que no terminaba de caer.

