Diablo, carne y mundo (Tercera entrega)

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VI

Antes de conocer a Hermógenes Lozano, antiguamente, cuando aún no sabía nada del asunto del sacerdote Arnaldo Apaza, Sepúlveda ya era un conocido periodista de investigación. En su mente se oía a dos voces inarmónicas: eres Sepúlveda, el más destacado, el del instinto, el que se atreve, el que no se vende. Y en verdad, esos extraños sonidos que él interpretaba como lenguaje articulado tenían razón. Sepúlveda era muy honesto e inteligente. También era atrevido. Y desde la época de estudiante universitario había desarrollado un gran sentido interno para guiarse en la investigación más allá de los datos, las fuentes o los testimonios, de alguna rara manera imaginaba las situaciones probables, las muy posibles y las lejanamente factibles, estrechando rápidamente la búsqueda. Eso lo hizo ser respetado y temido. Aunque también admirado.

Producto de estos ejercicios mentales había desarrollado un insomnio tenaz y un desarreglo de la memoria que lo llevaba a olvidar fragmentos de cada día, a veces espacios de tiempo bastante largos como tres o cuatro horas. Esta forma de amnesia disociativa él la adjudicaba al agotamiento físico, a la falta de sueño o a un deterioro cognitivo producto del mal de Alzheimer que era muy común en su familia.

Sus habilidades periodísticas lo condujeron muchas veces a colaborar con los policías en casos de desapariciones, secuestros y asesinatos; y otras tantas ocasiones a ayudar en sus reclamos o procesos a los maltratados por detenciones arbitrarias o por la violencia derivada del abuso de autoridad. Es decir, que no era precisamente un gran amigo de la policía.

En una de sus investigaciones, la que más repercusión tuvo entre los medios de comunicación, Sepúlveda había descubierto a un torturador del servicio secreto al que las autoridades para liberarse de responsabilidades pretendía presentar como un asesino en serie que se había camuflado en las actividades de inteligencia del Estado. 

El presunto criminal era el capitán de policía Leopoldo Augusto Chirinos, silencioso, sobrio en el vestir, de hablar dinámico y al mismo tiempo con un rostro que no comunicaba absolutamente ningún estado de ánimo, se había mostrado en las pesquisas siempre sorprendido por las sospechas y acusaciones. En realidad, nadie podría creer que este personaje pudiera ser alguien tan especialmente cruel con su víctimas.

Pero Sepúlveda estaba seguro. Poco a poco y bajo una rigurosa averiguación, logró identificar seis de siete cadáveres a los que este individuo había cortado las manos. Y consiguió también relacionarlos con su ejecutor. No obstante, ninguno de estos seis tenía familiares influyentes que reclamara por justicia. Fue entonces que Sepúlveda se obsesionó con hallar las manos del otro, del faltante. Intuía que la identidad de este haría caer la tesis del asesino en serie y podría demostrar el hilo conductor del porqué de los homicidios, es decir, las razones políticas de estos. Como Sepúlveda insistiera en difundir las pruebas que dejaban bien en claro que las brutales acciones del represor respondían a un minucioso cumplimiento de órdenes y no a las pulsiones extremadamente sádicas de un homicida, fue sometido a seguimiento, espionaje telefónico y a una serie de amenazas de muerte.

Una noche, cercana al día en que debía testimoniar, sufrió un atentado con explosivos en la entrada de su propia casa, del que resultó ileso, pues fue un vecino quien recogió el paquete que tenía la bomba, falleciendo lamentablemente en el acto. Se decidió que debía dormir fuera, en un lugar dispuesto por la policía, pero él, desconfiado y con razón, decidió irse sin avisar a nadie y pernoctar en un hospedaje muy cerca a las oficinas del Poder Judicial, al cual ingresó sin presentar documentos. Mientras se disponía a dormir, cerca de medianoche, ocurrió uno de los episodios de pérdida de memoria. Lo único que recordaba era haberse despertado a eso de las cinco de la mañana al interior del edificio de una iglesia antigua a dos horas en automóvil del lugar donde se hospedaba. No tenía ni la más ligera idea de cómo había llegado allí, pero estaba tendido sobre unas maderas a medio mover del suelo, instintivamente las removió y debajo de estas encontró un par de manos que habían sido cercenadas, recubiertas en cal y envueltas en una manta. Al principio el susto lo inmovilizó, pero mientras al despertar totalmente fue absorbido ─como siempre le pasaba cuando investigaba─ por las ganas de saber. Pero extrañamente se controló, volvió a guardar las manos en el lugar exacto donde las encontró y vio la forma de buscar dónde quedarse hasta que fuera el día en que debía declarar.

Anotó, como siempre hacía cuando ocurrían estos quiebres de memoria, en una pequeña libreta que llevaba al interior de su saco, las horas y los lugares de su experiencia. Algún día servirían para algo. Sepúlveda tenía la certeza de que este último olvido no había sido natural. Lo que quería decir que había otras fuerzas en conflicto, alguien le estaba facilitando las pruebas o se las estaba sembrando. Por eso decidió alejarse aún más y no permitir que nadie lo siguiera, tal vez fue muy predecible. 

El día del juicio sus investigaciones fueron sustentadas de manera inapelable y las pruebas que presentó robustecieron su causa. Sin embargo, el abogado de la policía, el coronel José Matusalén Uribe, apuntalado por un famoso perito psiquiátrico, Dr. Samuel Choclocape, establecieron con el auxilio no menor del juez, Hildegardo Santiago Santiago, que el “Asesino de las manos”, como así lo apodó la prensa, estaba enfermo y que había actuado absolutamente en solitario, por decisión personal y producto de sus padecimientos mentales. Sepúlveda se descorazonó, la séptima víctima quedó sin ser reconocida. Lo peor fue la sonrisilla inconclusa del Dr. Uribe dirigida directamente a sus ojos. Párpados pesados los de Sepúlveda, rigidez en su furia, dolor de cabeza.

Sepúlveda sabía que esos crímenes eran parte de una política superior, no guiados solamente por la insana actuación de un individuo antisocial. Sepúlveda luchó por demostrar aquello y no únicamente por una justicia temporal, fragmentaria y que pasaría al olvido.

La noche de esa derrota judicial, Sepúlveda se dio cuenta. Lo de la iglesia había sido planeado para que hiciera justamente lo que hizo: ignorar las pruebas considerándolas espurias. Alguien lo conocía mucho.

Antes de conocer a Hermógenes Lozano, cuando aún no conocía nada del caso del padre Arnaldo Apaza, del cura lector y seductor, Sepúlveda ya era un periodista atribulado, agotado, pero no por eso menos entusiasta, aunque decepcionado del mundo. En su cabeza acostumbraba a oír gritos y susurros: eres Sepúlveda, el miserable, el abandonado, el que nadie ama, el que se esconde, el que se pierde. Y era verdad, esos mensajes que él interpretaba como lenguaje articulado, decían algo real de su vida. Sepúlveda, estaba solo, pero esa situación de soledad, ese sentirse en medio de un océano oscuro y eterno en una noche de aluvional tormenta, afinaba sus sentidos y su inteligencia de forma poderosa.

Aquella reunión con Hermógenes Lozano le había servido para saberlo todo y, al mismo tiempo, conocerse más a sí mismo.