Dígame licenciado: la burocracia mudó dientes

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Oye, Lucas. Dígame licenciado. ¡Licenciado!. Gracias, muchas gracias. No hay de queso, nomás de papa: Es un diálogo de la pluma de Roberto Gómez Bolaños que hoy es de dominio popular. Un diálogo que tiene más vida en la Dirección General de Profesiones que en otra parte. Aquellos personajes, burócratas vivos y ladinos, saben endulzar el oído de todo cuanto pisa el recinto, y los otros, con la pompa que esto provoca, corren briosos hasta las filas de espera para acreditar su valía ceñida a tres letras adicionales en el copete del nombre. Luego, muy poco.

 

Abordar el asunto trae a la cabeza una frase simplona en redes sociales que versa así: hay genios sin estudios e idiotas con doctorado. Y no, tampoco se trata de encomiar el obsceno hábito de romantizar la ignorancia, que viene precisamente de algún inútil tumbado en la sala de su casa a las tres de la tarde en un miércoles cualquiera; que ignora el rigor y esfuerzo que conlleva obtener un título universitario. No. Se trata, retomando el ejemplo de Chaparrón Bonaparte, de la poltrona que el grado académico significa.

 

Fuera de las oficinas de gobierno en escasos 15 minutos, y unas horas más tarde con la confirmación al correo electrónico que te acredita como profesional, notas dos cosas: la burocracia ha mudado dientes. Los engorrosos trámites para la profesionalización han quedado atrás gracias a las bondades de la tecnología, en cambio fueron 5 años los que pasaron desde que egresaste de la carrera, y el mercado laboral que se desprende del criterio de las instituciones y sus patriarcas, amargan el sabor de la blanda gloria.

 

En el festejo todos dicen, tan fácil que era, salud. La cerveza en tu mano y boca se espesan, la sonrisa se diluye. Viene a la cabeza las horas de espera para ser entrevistado, las miradas de pies a cabeza que escrutan tu aspecto y que, aunque notas cierta condescendencia en el trato y arrugas el ceño, estás seguro todo eso puede ser echado por suelo cuando la experiencia en el papel salga a flote. Al final sales encabronado y discriminado porque no importa que nada más que el pinche papel que ahora tienes entre manos. Sí, por eso fueron cinco años, te dices. Maldita sea.

 

El día está arruinado. No hay nada que festejar. Sigues actualizando las noticias. El mundo laboral de los privilegiados se convierte en un inmenso chismógrafo. Cuca, tu maestra, cuyas clases no tenían pies ni cabeza vende tesis con otra que dieron de baja y que ahora, antes que tú (comprendes cómo) consiguió la cédula; algún compañero entró en el negocio de la homeopatía; los de primer grado corrieron a un profesor porque se le ocurrió hablar de los estragos de la pornografía como mecanismo de sometimiento y cosificación femenina, y la corrección política hizo lo suyo: sólo una alumna lo defendió y fue ella misma quien llevó el plan de mercadotecnia de esa escuela para engrosar sus arcas; tus compañeros que se salían de clases o pasan las horas maquillándose o en el teléfono tienen puestos académicos en las universidades de prestigio de la región; el profesor que te dio el premio del estudiante del año le dijo a tu mejor amigo yo puedo darte empleo, vamos por un café, él dejó pasar el asunto, pero, envuelto en necesidades, se vio orillado a aceptar la propuesta con la intención de dar por su lado al gozoso, solo para que el otro ya no tuviera el ánimo de darle empleo; muchos más engordando las arcas del coaching que sólo embauca inocentes con la fe puesta en el que sabe; los médicos sobre-recetando; los psicólogos que no usan su producto y en cambio venden autoayuda; los abogados que irónicamente manipulan y tuercen las leyes para satisfacer al cliente llevando por patas la justicia; los maestros con sus lujos, sus faltas de ortografía en redes y sus cada vez menos horas clase efectivas, y todo con el amparo de un maldito papel, cumplir con el requisito.

 

Sí, la burocracia ha mudado dientes y esos somos los profesionales de hoy. Hace falta mucha congruencia allá afuera en el mundo laboral, que no sea un requisito el que te ponga en un puesto o el amiguismo, que no sea un requisito el que te lleve al mercado laboral sino las competencias y el expertos. No, el conocimiento o el grado académico no te hace mejor persona, no te eleva del resto de los mortales aunque el dinero y el tiempo libre así lo haga suponer, en cambio sugiere un reto al servicio de la sociedad. Está en manos de la comunidad ilustrada la queja, la denuncia, todo aquello que el que ignora no puede descifrar por sí mismo, pero, en paralela obligación, el profesional debe ser lustrado.