Dios ha muerto

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Dios ha muerto, escribió Nietzsche en Así habló Zaratustra. Una salvaje frase con una provocadora carga de ateísmo. La primera vez que la escuché, estaba en la universidad. Sabía, que Nietzsche no hablaba de Dios sino de Aristóteles, el filósofo griego. Entonces era una idea delirante, por la provocación y porque admiro al hombre cuya influencia todavía hoy tiene bastante peso. Cuando mi perro, el perro de la familia llegó a nuestro hogar, le di su nombre. El sábado pasado, escribí la misma frase de Nietzsche en mi cuenta de Facebook. No quería provocar a nadie, era verdad, nuestro perro había muerto.

Todavía a las 4 de la mañana lo vi con vida. Estaba sentado sobre sus patas traseras en el fondo del patio. No dormía. Tenía su cara, con esa mancha negra entre el hocico y los ojos, desorientada, con la mirada fija. Hacía dos días que no comía y los espasmos que aparecieron con el progreso de la enfermedad, esa noche eran más evidentes. Estuve con él. Le acaricie su cabeza flaca. Le dije, no te mueras, resiste, cabrón. Después me fui a dormir.

A eso de las 7, Fiona, su compañera en los últimos años, comenzó a ladrar. No tiene ese hábito. Además, era un ladrido desesperado y dócil. Fui al baño, pero no quise bajar. De algún modo lo sabía. Aristóteles se fue a acomodar junto a los tanques de gas. De haber tenido un espacio más amplio, estoy seguro que hubiera seguido caminando para que no lo viéramos terminar así.

En la cuadra, sé que muchos estarán más tranquilos con su muerte. No sé si alegres algunos. Del zaguán a la calle, era un perro furioso. Golpeaba la puerta con su hocico, se azotaba bruscamente contra ella si alguien tocaba o tan solo se acercaba. De la puerta para adentro, era un perro noble y aunque batallamos con él, cuando cachorro, pues destrozaba todo, con los años aprendió a respetar las cosas. Tenía muchas cualidades, pero la mejor era la de protegernos como nadie.

Todo el sábado fue un día raro. Ya no estaba al final de patio echado contra la pared. Ya no pedía de comer desesperadamente a ladridos descarados cuando daban las 8. Ahora, en lugar de dos platos de comida, usamos solo uno. Cuando salí a caminar, solo bastó ver a un perro olisqueando la basura en una bolsa cerca del cine para recordar que al otro día sería domingo.

Los domingos, mientras fumaba un cigarro y me bebía un trago por las mañanas luego de sentarme a escribir, Aristóteles se sacudía al final de patio cuando despertaba. Se estiraba, abría el hocico y se echaba otro rato. Luego, mientras cambiaba alguna canción y tenía los brazos en escuadra sobre las piernas en la silla, Aristóteles metía su cabeza entre mis codos y el pecho y se acurrucaba ahí un buen rato mientras le acariciaba la cabeza, el lomo, los cachetes o el encendedor lo espantaba. Se me cayeron dos lágrimas. Dos más ahora.

Hacía dos meses que estaba enfermo. La pared que antes orinaba, está seca. Es raro, pero justo arrojaba las colillas en el charco que dejaba sus chorros en el patio. Hasta para eso era necesario el chingado perro. Lo intentamos con dos veterinarios y ninguno pudo hacer nada por él. El último mandó por unos estudios, pero ya no consiguió estar ahí. Las fechas complicaron todo.

Cuando Aristóteles fue nuestro, nos lo entregaron en el centro de la ciudad. Me tocó a mí traerlo a casa. Los perros en la calle le ladraban y como era bastante pequeño entonces, se agazapaba y tiraba de su correa. Entonces lo cargué para que no tuviera miedo. El miércoles pasado, cuando lo llevé al veterinario, apenas podía caminar. Sacarlo a pasear esa una hazaña; ahora, no quedaba nada de aquella fiera. Lo esperé unas cuatro o cinco veces.

De regreso, luego de que le sacaran mucha orina, un perro enano y nervioso le ladró y el no respondió. Dos cuadras antes de llegar a casa, otros dos, ahora enormes, se le acercaron queriendo pelear con él. Aristóteles agachó la cabeza. Se detuvo. Entonces, como aquella primera vez, volví a cargarlo, solo que ahora sus hinchadas patas le colgaban a mi costado. En el veterinario, mientras esperábamos su cita, echó su cabeza en mis piernas. Dios ha muerto, y aquí, su última foto. Adiós, amigo. Todos te extrañamos.