Discriminación aceptada

Views: 2584

La complejidad en las relaciones humanas se hace más evidente ante la postura que cientos de miles de personas adoptan, ante todo aquello que parezca diferente.

Esa conducta, que implica un trato desigual hacia una persona o colectividad por pretextos como raza, religión, diferencias físicas, políticas e ideológicas, nivel socioeconómico o, incluso, institución de estudio, es al final, un ejercicio de discriminación que lejos de producir indignación, pareciera favorecer un silencio sepulcral de quienes conformamos los grupos humanos.

Nadie tiene el derecho de hacer menos a nadie por alguna de las razones antes mencionadas; tristemente la historia ha sido testigo de absurdo como el de Sudáfrica, en donde una minoría blanca, agravió, ofendió y lastimó a la inmensa mayoría negra por cuestiones estrictamente raciales. (Cualquier parecido con nuestro México resulta una vergonzosa coincidencia).

En la antigüedad, hay relatos crudos con respecto a las personas que padecían, por citar un caso, lepra.  Quienes se infectaban debían ser llevados ante el líder religioso para, en un evento protocolario, ser declarado impuro.  Adicionalmente tenía que ir gritando a los cuatro vientos su situación y era condenado a vivir solo lejos de la sociedad a la que pertenecía. Absurdo, ¿no?  El tema es que en la tercera década del siglo XXI, hay quienes siguen marcando a quienes padecen alguna enfermedad, llámese VIH, SIDA o incluso coronavirus.

La imitación de estilos de vida ajenos a nuestra cultura (entiéndase el estadounidense), ha hecho creer a muchas personas ignorantes que lo que hace que valgas la pena es tener el cabello teñido de rubio, portar ropa de marca reconocida o manejar un vehículo caro; de no hacerlo, sencillamente no puedes ser parte de esos círculos sociales, famosos por sus nada envidiables posturas clasistas.  No omito decir que dinero no es sinónimo de educación y cultura, aunque haya quienes así lo consideren.

El colmo de la incongruencia se presenta en algunas instituciones educativas, que abiertamente han decretado dos clases sociales entre su comunidad, por una parte las élites académicas, con profesores orondos por sus grados académicos (y ahí también hay diferencias, pues quien ostenta un grado de alguna universidad extranjera tiende a ver chiquito al que estudió en una universidad nacional), y por la otra, los trabajadores administrativos que son vistos y tratados por los primeros como seres inferiores.

Esas conductas, reprobables a todas luces, son aceptadas como paradigma de interacción y en nada contribuyen a dignificar espacios en los que, teóricamente, la armonía, la inteligencia y los valores más elementales tendrían que estar presentes.

Y así, el que lleva a lavar su auto trata con desdén y desprecio a quién le está ofreciendo el servicio; el que compra un producto en una tienda habla de mala forma a quién le está atendiendo o el que viene conduciendo un vehículo toca el claxon al peatón que está cruzando la calle.

Soberbia, necedad, intolerancia e ingratitud a la vida; nada ganamos con esas posturas. De nueva cuenta, la naturaleza es sabia y nos pone en el sitio adecuado; tal es el caso del coronavirus, es un virus y, por supuesto, no discrimina.

horroreseducativos@hotmail.com