Doble moral

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No cabe duda que los seres humanos somos impredecibles, incongruentes y poco objetivos, en tanto no aprendemos a poner las cosas en su justa dimensión. Por un lado nos espantamos por las conductas de otros, sin darnos cuenta de que en nuestro círculo íntimo encontramos actitudes tan o más graves que las que cuestionamos.

 

Por ejemplo, se ha generado una polémica por la inclusión de la película Mignonnes (Guapis o Cutis, Maïmouna Doucouré, Francia, 2020) dentro de las opciones de una plataforma de streaming. Ésta comenzó porque los usuarios consideraron ofensivo el cartel que muestra a las pequeñas protagonistas vestidas en mini shorts y haciendo poses de perreo.

 

El cine, para que quede claro, nace con la idea de reflejar, en la medida de lo posible, una visión de la realidad; por lo mismo, me parece que este tipo de posturas intolerantes obedecen a que pretendemos tapar el sol con un dedo.

 

Primero, habría que ver la cinta para comprender el complejo andamiaje social que se evidencia, emanado de una visión de la directora que en entrevista expresó que el filme incorporaba elementos de su propia infancia al representar las luchas de Amy (la niña protagónica) entre dos modos distintos de feminidad: uno dictado por los valores tradicionales de su educación senegalesa y musulmana y el otro, por la sociedad occidental.

 

Se busca explicar, con una narrativa impecable, de lo que puede suceder con un o una menos, cuando tiene la necesidad de pertenecer y cuando no existe una supervisión adecuada, a la par de mostrar lo que el contexto es capaz de hacer a quienes son vulnerables emocional, social o familiarmente.

 

Cada cabeza es un mundo, pero es evidente que la incomodidad que se genera en esta película (galardonada con el premio del jurado a la mejor dirección en Sundance en su edición 2020) es nada si la comparamos con situaciones reales, y en las que muchos de los críticos de la cinta actúan como simples observadores.

 

Nos quejamos por una cinta porque consideramos que es ofensiva, pero educo a mis hijos en la lógica de que las mujeres sólo sirven para las tareas domésticas; pego el grito en el cielo porque las protagonistas bailan sensualmente, pero permito que mis hijos pidan alcohol en las comidas porque eso les prepara para el mundo; me incomoda el cartel publicitario del filme, pero ni siquiera controlo lo que mis hijos suben en sus redes sociales, a veces más explícito que ese cartel que me molesta.

 

Debemos aprender a romper paradigmas, y tratar de ser consistentes entre nuestro pensar, decir y hacer. Toda argumentación será válida, siempre que emane de la experiencia previa y no del supuesto.

 

Versa un adagio, lo que te choca te checa, por lo que las personas indignadas con este ejercicio artístico deberán adentrarse en sus historia de vida para identificar la causa de su exacerbada reacción. Es genuino que cualquier expresión implique debate, pero al final del camino se trata sólo de eso, de una postura que puedo compartir o no, pero en ello no se nos va la vida.

 

Acabemos con esta doble moral tan común en nuestros días; citando a los clásicos, me encantan tus post de equilibrio emocional, lástima que te conozco en persona.

 

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