Dolores

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En el rancho nadie la llamaba por su nombre. O era la hija de don Alejandro o era la hermana de Tomasa o Leonor, o era la hermana de Bonifacio, pero nunca fue Lolita o Dolores.

 

Pero era la que llegaba todos los agostos a visitar a los padres desde muy lejos. La segunda de los Juárez, la tía que siempre llegaba con algo en las maletas y una mirada de alegría al contemplar los montes de la infancia.

 

Era como si el color parduzco de la tierra le llenara los ojos de flores y el malpais se cubría de verde en pleno otoño. La tierra no importaba. El viento le movía el cabello, en épocas negros y en otros años blanco, pero igual de largo, con la trenza inamovible de su espalda, con la carga de los años y los kilómetros recorridos a pesar del tiempo.

 

Era casi una fiesta el llegar ahí. Al menos para mi abuela sabia y para el abuelo que miraba sin ver los recuerdos que le rodeaban.

 

Sin embargo, esa era una de las muchas facetas que escondía la figura de Dolores. Y es que a veces, en su casa, se le notaba la melancolía y la tristeza, o simplemente era un dejo de nostalgia aunque siempre regresaba a los caminos polvorientos del rancho para caminar presurosa a encontrarse con su vida.

 

Por instantes, lo pueblerina le llegaba a las palabras y nos recetaba algunas con un pasado remoto, esa lengua que ninguno de nosotros habló, y a la que ella sólo mencionaba de vez en cuando, haciendo natural y entendible esos vocablos aislados que siempre brotaban en los momentos adecuados.

 

Dolores era una mujer menuda, pero fuerte. Aguantó inundaciones y sequías, dolores de parto y dolores de muerte, silencios angustiados ante la ausencia de nosotros y amenas charlas en compañía de sus hermanas alrededor de la fogata en la cocina, un café en la mano, una tortilla recién hecha y un plato de frijoles negros con epazote que siempre nos aguardaba al llegar.

 

A nueve años de su partida, aún recuerdo la mirada que dio cuando entré a verla en el hospital. No sabía que aquella era la última vez que la vería con vida, que aquella sería la sonrisa postrera y el deseo de regresar a casa que le salió de los labios como una súplica. Siempre me quedé con la duda de saber si era a la casa en Querétaro, o a aquellas viejas construcciones de su infancia, donde recorrió los caminos infinidad de veces nada más para ver el atardecer y sentir el frío de las mañanas cuando salía al campo.

 

Hoy siegue siendo un recuerdo que me acompaña a todos lados, junto a esa fotografía donde, al lado de mi padre, se ve contenta y feliz, tranquila, sabiendo que ahora tenía sentido todas aquellas noches en donde pasaba junto a la máquina de coser, hilando y deshilando prendas, uniendo las palabras mínimas para cantar, quedito, para que nadie se despertará, aunque el sonido de la Singer era el único sonido que se escuchaba por toda la casa.