DON FIDEL, SU AUSENCIA

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Todo se remonta a la plaza Haymarket, a orillas del lago Michigan, en 1886. De la represión que efectuó la policía contra los manifestantes obreros, se hablaría después de los “Mártires de Chicago” que así se inscribirían en la historia. Aquel Primero de mayo daría pie a la institución del Día Internacional del Trabajo (o del trabajador), que es celebrado en todos los países.

       Para esa fecha circulaba ya el Manifiesto Comunista, publicado por Carlos Marx y Fedeico Engels, donde se instruía al movimiento obrero mundial para emprender la revolución proletaria que los liberaría de la explotación capitalista de los burgueses dueños de fábricas y empresas. Una de las medidas previas a la gran revolución obrera, consistía en luchar por medidas concretas de mejoramiento salarial, por ejemplo la reducción de la jornada laboral a ocho horas, que fue el motivo de aquella manifestación histórica.

       Se cuenta que hubo tiros, la participación de grupos anarquistas, el estallido de algunas bombas de fabricación casera. Muchos heridos y algunos muertos en las calles, que derivaría en la detención de una veintena de obreros, de los cuales cinco serían condenados a la horca. Todos ellos, menos uno, eran de origen alemán.   

       Ese ha sido el discurso que han manejado todos los gobiernos  a partir de la instauración del régimen de la Revolución Mexicana, de modo que le resultó muy sencillo empatar el legado agrarista (que fue el principal motivo de la insurrección armada) con el “proletario” de aquel entonces. La Casa del Obrero Mundial y sus “batallones rojos”. Líderes como Vicente Lombardo Toledano (fundador de la CTM), Fidel Velázquez, Luis N. Morones (CNOP), Fernando Amilpa, Joaquín Hernández Galicia (“la Quina”, dirigente del sindicato petrolero), e incluso Joaquín Gamboa Pascoe (tan elegante), se empataban con el presidente en turno –Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari–, y desde el balcón central de Palacio Nacional veían marchar los contingentes obreros donde se sucedían los ferrocarrileros, los electricistas, los petroleros, los maestros, las enfermeras, los pilotos comerciales…

       Recuerdo que más de una vez mi padre, ingeniero civil contratado en la SCOP (luego en la CFE), regresaba por la tarde de aquellos Primeros de Mayo extenuado de sol, por decir lo menos, para beberse dos vasos de limonada y tirarse en la cama para una siesta de tres horas.

       Ha sido la condena de todos los gobiernos. Empatarse con mayor o menor hipocresía al discurso proletario que ya no aspira a la revolución mundial, sino a la mejora paulatina de las condiciones de vida del trabajador (vía del aumento salarial o la disminución de la jornada), pues en el fondo la extinción del capitalismo ha quedado para las calendas.

       El dirigente de dirigentes era el zorro Fidel Velázquez, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, acompañando a todos los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Ernesto Zedillo, de modo que a sus 97 años era retratado por el caricaturista Magú rodeado de moscas, seguramente panteoneras, acechándolo.

       Y las gafas oscuras, y la imprescindible corbata, y sus declaraciones mofletudas que nadie comprendía, amén de sus tres frases históricas que han quedado para el bronce de los monumentos: “El que se mueve, no sale en la foto” (en política, no te salgas del huacal subordinado). “Llegamos a balazos, con la fuerza de las armas, y así nos habrán de sacar”. “Estamos con el partido, y con usted Señor Presidente… hasta la ignominia”, y José López Portillo, que era letrado, sonrió por el despropósito.

       Ya mayor, a sus noventaitantos, llegó al hospital para atenderse de un mal que le impedía sostenerse en pie. El país entró en pánico, “¡cómo, está en peligro la vida del dirigente histórico del proletariado nacional?”. Una sagaz reportera se coló al nosocomio, se disfrazó de enfermera, llegó hasta su cuarto y en soledad le preguntó:

       –¿Don Fidel, qué ha sucederle al movimiento obrero ahora en su condición?

       El viejo zorro, reconociéndola, le respondió:

       –Ay, Carmelita, mire usted… los seres humanos a veces se enferman, y yo, que soy humano, ahora me encuentro malito.

       Pero aquello se extinguió con el líder histórico en 1997, a poco de que el “sector obrero” del PRI se hiciera polvo con el partido agonizando en su lecho de muerte. Qué falta nos hace ahora don Fidel, erguido con su inseparable puro a la mano, aguantando unos segundos para estrechar la mano del presidente en turno. Ese era pundonor proletario, no como ahora.