DON PONCHO Y JAVIER

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Tan bonita amistad que hubo en aquellos tiempos entre los cronistas. Ejemplo intelectual y de actitud ética y moral para con el otro. Se extraña ese tipo de amistades en que después de la Pandemia del Covid-19 hemos salido amargados y enajenados, por lo que nos portamos contra el Otro con malas acciones y debilidades humanas que mucho entristecen el ambiente cotidiano. El ejemplo de amistad entre Alfonso Sánchez García y Javier Ariceaga Sánchez es prueba que entre iguales el quererse es la mejor muestra de que se puede participar en un área de la vida con iguales apoyos, con palabras de afecto a la obra, con muestras permanentes y a toda hora del reconocimiento por el Otro, que es nuestro igual.

La entrevista de Thelma Morales es un documento de gran importancia al recordar a don Javier Ariceaga, al que seguiré teniendo presente en su alegría juvenil, siempre, y dicharachero, por lo que convivir con él eran momentos de felicidad y de olvido de las penas que por diversos motivos se podían estar viviendo. Un vecino que mucha falta me hace hoy para escuchar, igual que con don Poncho, sus consejos en pocas palabras: no tomen demasiado en serio la vida muchachos, De sus últimas palabras en esta charla de mucho afecto y paciencia del entrevistado que por ello habló y habló dejando huella de sus grandes conocimientos hechos en el camino de su vida prolífica. Cuenta: también tuvimos ahí en tránsito, había poetas como el Charro de Montenegro, había compositores de canciones como Juan Manuel Crisas Varo, autor de Espuma de mar; intérpretes de canciones rancheras, boxeadores, charros como Trini Pliego, como Pepe Díaz Mondragón, como Mario Labastida, un escritorzuelo de vecindad, que era uno de mis grandes amigos Leopoldo Pérez que murió, y yo. Los demás eran gente que venía de los pueblos, pero era gente muy decente, se ponían nerviosos cuando les daba cinco pesos, ahora le sacan un dineral a un pobre.

Señala Thelma: hasta aquí concluyó la entrevista, no sin antes de recibir una invitación del maestro Ariceaga para volver. Para que platicáramos de algún tema que me interesara, pero desgraciadamente, se nos fue. Quiero agradecer a Casandra Ariceaga, mi querida amiga y sobrina nieta del maestro, a quien le debo haberlo conocido; pues ella, me lo presentó en un homenaje que le hicieron en el Centro Toluqueño de Escritores, a su papá Alejandro Ariceaga.

El tema importante en este texto que escribo, es que al final Thelma cita palabras de cariño fraternal de don Poncho Sánchez García, dice: Finalmente quiero tomar la palabra de su gran amigo Alfonso Sánchez García (el Profesor “Mosquito”), que en 1998 escribió parte de su biografía para la candidatura a la Presea Estado de México, y que muy bien pueden servir de epitafio: “Javier Ariceaga, dúctil, prolífico dueño de una desbordante imaginación y una extraordinaria experiencia de la vida, ha escrito prácticamente de todo; pero su memoria, su vocación literaria, su apetito reproductor lo ha llevado hacia otra vertiente, la Crónica. Destacó inmediatamente dentro del grupo camaradil de jóvenes escritores apapachados por Memo González, por sus relatos coloridos de la barriada toluqueña, con la singularidad de que no sólo se estaba refiriendo a la Merced, su solar nativo, sino a todo, a Huitzila, a San Juan Chiquito, a San Bernas, a la Garcesa, a la Bárbara Santa. Ya que muchacho pata de perro, los había recorrido todos, los tugurios, sus tendajos, sus piqueras, sus figones, retratando todo en la pupila y copiando todo en la sesera. Hombres, piedras, perros, caños, postes, rinconadas, un mundo que apenas podemos creer que aún le siga cabiendo en la cabeza. Sus escritos dejan a la posteridad una pintura exacta, seria, verídica, honesta, de lo que ha sido y es la bella Toluca”.

Tiene razón la entrevistadora, son palabras que caben hermosamente en un epitafio dicho por un ser humano que sabía valorar la obra del Otro con el afecto de ser él mismo. Don Poncho era un amigo que ponía su piel en el Otro y eso es la mayor enseñanza que nos dio una y otra vez con aquellos que convivió. Sabiendo por sus experiencias periodísticas y de vida que la traición, la inmoralidad, la falta de ética y la envidia estaban a flor de piel en todo lo que sucedía a diario. Él no se enfermó de ello, y por eso fue tan dadivoso con aquellos a los que valoraba como un cronista de almas humanas. En ese sentido Ariceaga y Sánchez García son ejemplo de vida para quienes deseamos transitar el sendero de lo bueno y no de lo que enferma el espíritu del hombre o la mujer. Sus palabras son objetivas, necesarias y correctas al definir al cronista popular que fue Javier Ariceaga Sánchez. Pero no fue lo único que escribió de Ariceaga.

Al leer con admiración y gozo el libro de Javier Ariceaga, del cual se sentía con toda razón muy orgullosa de haberlo escrito: El último farol, el Prólogo, escrito por Alfonso Sánchez García es prueba de ese cariño fraternal que tanto alabo. Dice don Poncho: Esa microhistoria tan jaloneada por el insigne maestro Luis González y González y que pretende destacar vivencias, ritmo y poesía de las pequeñas comunidades, no puede, no debe referirse en exclusiva a los pueblos que gravitan lejos de las ciudades, porque entonces sería particularista y discriminatoria; hay que traerla al barrio, a la comunidad pegada a los cascos llamados urbanos, aunque por lo común carezcan de urbanidad; al suburbio que algunos merolicos obsesionados por la patología consideran como excrecencias o tumores, que los inmobiliarios nada inmovilistas quisieran desaparecer para cubrir el territorio de fraccionamientos, que los dilectos deploran cuando se ensucian de lodo los zapatos, que las autoridades lamentan por los broncos e insociales, pero que los que en ellos nacimos no podemos menos que amar y reverenciar como el ara donde alguna vez fulgimos y otras quemamos nuestras más caras ilusiones junto con manes, penates, lances de amor y pobres y chafadas flores.

Con este lenguaje don Poncho nos da una clara lección, sí en el pueblo nace la gran historia de las naciones, en las comunidades rurales, pero también las comunidades abandonadas por toda autoridad y sector empresarial o privado de un país, que no se dan cuenta que en la película: Los Olvidados, de Luis Buñuel. Ese español tan mexicano para nuestro orgullo, supo pintar que ahí se hace la historia en el sufrimiento y la tragedia cotidiana. Con sus palabras don Poncho nos lleva a comprender lo que es el bajo proletariado, su desarrollo –sin desarrollo– urbano,  como él lo plantea. Y que ese mundo es un mundo rico para el Cronista que lo es con mayúscula, como sucede con lo que Javier Ariceaga escribe como lección y memoria a la posteridad.

Las palabras en el Prólogo del libro son letales y de objetiva seriedad. Dice en el subtema en que divide su escrito llamado De suburbio a Superbarrio, dice: la rencorosa burguesía que se ofende del espectáculo de la pobreza, aunque le sirva para ganarse caritativamente el cielo, ha procurado con insistencia segadora detractar el nombre del barrio hasta volverlo peyorativamente, asegurando que deriva de barro. Tan se ha vuelto mala palabra que, como tantas otras que designan los sacratísimos y querendones miembros de la procreación placentera, la palabra barrio ha precisado de sustitutos. Algunos apretados dieron en llamarle suburbio, es decir, lo que está por debajo de lo urbano. Luego, esos presumidos comenzaron a mudarse de los centros cosmopolitas, por lo negro de los humos y lo ardiente de las gasolinas, y fincaron sus viveros elegantes denominándolos primero colonias, luego fraccionamientos y más recientemente centros, núcleos y otras entelequias habitacionales. De nueva cuenta, en este escrito de don Poncho, me pregunto qué diría del mismo el filósofo alemán Karl Mannheim, por el estudio juicioso, sabio al definir las formas de vida urbana que se dan en una ciudad. Mucho enseña don Poncho.