DOS CRONISTAS

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Margarita García Luna Ortega daba reconocimiento a sus fuentes. Hacerlo es una primera muestra de honestidad intelectual y ética. En su artículo titulado El cerro Toloche, ella dice: Aquella mañana del 11 de julio de 1991, el escritor Rodolfo García Gutiérrez y el pintor Matinef subieron la suave pendiente de la vereda que lleva hasta la cima del “Toloche”, para apreciar el eclipse total de Sol en el sitio donde se ubicó el templo del dios Tolotzin. Transcurría el mes de julio, nos dice el escritor, y lucía sus verdores la Sierrita de Toluca; florecían las campánulas y los xocoyoles, yerbas ratizas mostraban sus florecitas blancas, gualdas, azules, y tembloteaban las gotas de rocío. “Estupendo lugar escogieron los matlatzincas para erigir el templo de su dios. Desde aquí se denomina la mayor parte del valle tolucense. Aquí se levanta una cruz de misión”.

Subir al cerro del Tolo es como subir a la parte alta del alcázar del Castillo de Chapultepec, pues da la posibilidad de ver todo el Valle de México hacia todos los puntos de la brújula, tal es el dominio de las alturas para poder visualizar, como sucedí en los monasterios y castillos de Europa, pues de tal manera veían venir a las legiones o grupos de visitantes, para saber si venían en son de paz o de guerra. De esta forma debemos de pensar que se crearon tales construcciones en Chapultepec en su zona más alta, pues no se domina sólo la avenida Reforma de tan bella presencia, sino que se puede dominar con la vista el hermoso Valle de México en aquellos años del siglo XIX e inicios del siglo XX. De esa importancia es la construcción prehispánica dedicada al dios Tolotzin, como dice Margarita. Cuenta: Desde que llegaron a la cima, sintieron un vientecillo que sopló cada vez más fuerte y más frío, alcanzando su mayor intensidad en el momento de la plenitud del eclipse. Contemplaron el inicio del contacto de los dos astros, la lentitud con la que fue disminuyendo la luz y se fue menguando el disco solar. El poeta y escritor describe: El momento culminante llega; momento de intensa, religiosa emoción. Un disco negro se inscribe totalmente en la corona solar. Por encima de la cruz, en el cenit casi, como tres remaches de oro, relumbran en fila tres planetas. La extraña noche de siete minutos cae totalmente sobre el valle… Es momento de supremo recogimiento, de indecible emoción cobijada de temor y asombro, instante eterno a pesar de su fugacidad. Por el noroeste, sobre la serranía, se abate terrible aguacero, iluminado a intervalos por el rojizo resplandor de los relámpagos.

Cómo no recordar ese día en Toluca, en mi caso estaba en el trabajo en oficina ubicada en la calle Fidel Velázquez y al salir de la misma me quedé sorprendido: estaba oscuro y, lo mismo, los perros callejeros buscaban frenéticos donde irse a recluir, pues había llegado la noche sin avisar, así, de repente. Un momento de frío vientecillo y oscuridad irreal, que me dejó sorprendido ante el milagro de la naturaleza, que podía hacer noche apenas al comenzar la tarde en la ciudad, que seguramente al quedar a oscuras sabía que fuerzas mayores podían hacer lo que ningún invento humano por más inteligente y poderoso que fuera sería capaz de hacer en todo el Valle de Toluca, como ahora sucedía.

Hace bien Margarita en citar al poeta y cronista admirable que es Rodolfo García Gutiérrez, originario del municipio de Huixquilucan, pero ya avecindado en Toluca como un nacido aquí. Y junto a él, otro cronista de las artes visuales, que junto con Leopoldo Flores y Edmundo Calderón fundaron la asociación de pintores del Estado de México con sólo sus tres integrantes. Ya podemos imaginar cómo es que se repartían los puestos en la presidencia en tan agradable acuerdo de tres de los pintores más brillantes del siglo XX de Toluca. Edmundo Calderón, mismo que en la calle de Nicolás Bravo hacía y hacía sus gatos sobre colores de una claridad propia del cielo toluqueño de lo que se llamó el Mural efímero. Los tres admirables artistas, Polo pintando contra corriente el cerro de Coatepec, y Benito Bernáldez Matinef dejando en el Museo de Ciencias Naturales sus artísticos dibujos y colores derivados de su conocimiento de la cultura prehispánica.

Por ahí andaba otro admirable artista visual Rodrigo Almanza. Pero para este texto, recordar al trío de Polo, Mundo y Benito es regresar a la Toluca de la ilusión y el romance por una ciudad espiritual e íntima, aunque su arte fuera hacia todas partes enfrentando, sin pena, a la opinión pública que mirábamos sorprendidos los desfiles de Polo y su arte que salía de la Casa de Cultura, recién creada por la fe de él y de Alejandro Fajardo, primer promotor y director de Cultura en el Gobierno del Estado de México. Seguir las letras del cronista de Toluca y Huixquilucan es un placer, pues está entre los mejores prosistas de mitad del siglo XX, magisterio en el que aprendió Margarita, sin duda alguna.

 

El alba llega. Por encima de las montañas de Ocuilan, un amplio claro semeja el colosal escenario de un teatro gigante. Arriba el proscenio formado por nubes ligeramente doradas, hay una rara coloración de tenues matices de topacio, aguamarina y lapisázuli. Súbito, como el arribo de la noche, es el despertar del día. Una uñita de oro aparece en el disco obsidiana de la luna… En silencio comenzamos a descender. Me detengo, vuelvo el rostro para contemplar por última vez la cruz montada sobre roja peana. Miro en la imaginación el templo de Tolotzin. En su terraza, las sombras fantasmales de dos sacerdotes matlatzincas, se dirigen lentamente hacia el cubículo del dios. ¡El espectáculo sublime ha terminado!. Y sin embargo no ha terminado, podríamos decir sus lectores. Pue sus palabras escritas con el corazón y la admiración intelectual deja huella en lo que ha escrito. Nos recuerda en ese mes de julio de 1991 cómo es que el pasado regresa a darnos un espectáculo que ni el Circo du Soleil, es capaz de darnos, con toda su parafernalia tecnológica.

El cerro del dios Tolo es una marca de los toluqueños. De trascendencia que va más allá del arte y las circunstancias del presente. Es herencia de nuestro pasado sin posibilidad de ignorarlo. Así nos dice la Cronista de Toluca: Con estas palabras termina el “vívido testimonio” del poeta ante la contemplación del “Eclipse del Siglo”, como lo señala José Yurrieta Valdés en el proemio al libro El cerro Toloche publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura en el año de 1991. En dicho libro, Rodolfo García refiere que los cronistas antiguos aseguran que en la cima del Toloche existió un teocalli dedicado a Coltzin-Tolotzin, quizá advocación de Huehuetéotl, el dios viejo del fuego. En célula los descubrimientos de dónde venimos es la historia de la humanidad. Así como importa tanto la piedra rosada, para la Europa, que en sus investigaciones arqueológicas han ido una y otra vez saqueando los restos arqueológicos de África, Asia y América a lo largo de siglos, aprovechando muchas veces sus guerras de dominio. Al pensar en la historia profunda de la ciudad de Toluca y su municipio, del propio Valle de Toluca que es parte consanguínea de todo nuestro pasado. Así el cerro del Tolotzin es piedra fundamental de una historia que viene de muy lejos, donde no sólo destaca la presencia de matlatzincas, otomíes, de nahuas y mazahuas, sino de otras tantas culturas indígenas que de paso por estas tierras, daban su versión de hechos y sucesos que dejaban huella para hacer más complejo el conocimiento de nuestro pasado más ancestral.

Lugar emblema, lo dice Margarita: El cerro del Toloche es un excelente mirador desde el que se puede admirar el Xinantécatl, los cerros de Calimaya, el Xiuhtépetl de Tenango, la sería de Ocuilan, la cordillera de las Cruces, y el alto cerro de Jocotitlán. Eso en cuanto a paisajes: pero mucho contaba como vigilante del Valle de Toluca para visualizar a los enemigos que sobre todo venían de los cerros de la Marquesa y de Xonacantlán o de Ocuilan. Ningún lugar mejor para ver y vivir el Eclipse de Sol de ese año: Rodolfo y Benito nos ganaron al ir al templo astronómico más admirable de todos los tiempos. Toluca y su cerro del dios Tolo, faro de cultura que natura y arte dan en su grandeza.