Dos prosas poéticas…

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Nuestro secreto

He dejado grafitis en las costillas de la muerte, me recosté en sus grandes heridas con la promesa de construir ternuras, frente al bálsamo de humo que nos llama a consumir fantasías. Sé que despertaste desahuciada, con la miranda despedazando indiferencias en el desconcierto de cerezos ebrios, vibrando en la desvelada promesa de unir los hilos, que la osamenta con absurda risa ha vuelto un infierno.               Se ha desdibujado la fragilidad de la ventana donde tu risa, tu mirada y tu fuego hicieron morada, la almohada ha sembrado telarañas en sus tragedias; levita, abandona sus laureles, sufre, calla en tímida ironía, se autodestruye en polilla de carmín. Nuestro secreto se arraiga en lo prohibido, en el tiempo de pesadillas derrotadas, junto a fogatas de caricias peregrinas.

Hoy la neblina, arde en la respiración del cosmos; tonto enemigo del llanto, del polen abandonado en la cosecha del armario.

Sospecho que el placer y la rabia, son el temblor que desteje las velas, que arrastran el polvo de un motor en cansancio extremo, por perturbar la angustia de unos ojos color café. Hundida en los surcos  de  la  arrogancia,  has  consumido  una  sinfonía  de ironías lacerantes, bailas, en el urdimbre de semillas encendidas, en la memoria de una libertad con sabor a loca tormenta. 

Esperaba perderme consumiendo tus secretos, en los sueños de tus parpados, en el pudor de la canela ardiente de tus portales nublados. Esperaba escribir aislado en las líneas de la desesperanza, derramar experiencia en los tejados de tus hoyuelos.

Sí, volvería a besar a la muerte, perturbar sus ríos de copas heredadas, volvería a sembrar flores para apuntalar los valles que dan brillo a tus ojos. He recluido leños en el camino que me lleva a ninguna parte, he dirigido trayectorias sin rumbo, iluminando casas de una población extraviada del mapa.         He roto mi promesa de morir aislado, de vender mi alma al olvido, de beber la tierra para calmar mi sed, de soportar la derrota en completa armonía, para cubrir el vacío de tu tranquilidad. 

¿Entiendes lo hermoso del contrato, la fuente del inmueble derruido por la naturaleza? Eres mi cura, mi angustia sin importancia, optimismo recostado en las tinieblas de un pequeño ombligo donde me resguardo.

Agua marchita

En el legado de tu ausencia, deposito mis suicidas formas de amar; prohibidas, llenas de vergüenza en ese rostro de mímica sabor caliza. Vuelven las parturientas cuerdas a hilvanar parvadas de chillidos, en esos tus besos de agua marchita, vuelven al azote de fatídicas costumbres, a comer las diminutas alas que sostenían al único beso, que alumbraba la vereda de la desolación. Arden los sueños entre grietas de pulgares temblorosos, entre brasas de siniestros muros que lloran intentando purificarse o esfumarse, ser parte de un remedio clamoroso, ciego, esclavo de fotografías que surcan presagios.

Ha sido tan breve la mentira, el quemar los vientos y ese aire de daños; terminar en ese aguacero de instantes vírgenes repitiendo palabras que algún día se amotinarán en mi lapida. 

Suenan las cuerdas sin pudor, abrigando tus ventanas de luto interno, ¿Dónde estás muchacha de faldas dormidas, de flores milagrosas y abrazos perfumados? Toma mi pena, mi cuento perfecto, mi habla de tensas mentiras bajo la regadera. 

Difunde los campos de trenzas derretidas, de flores que olvidaron  abastecerse de agua en los  desgajados  graznidos; deja caer las ropas transparentes que nunca repelieron a mis dedos, cuando te anillaba con mis muslos, y tus temidos excesos; hoy desaparecidos bajo una densa red de patéticas luces almidonadas.

      Vete, protege esa larga historia gestada en el sabio protagonismo de una inspiración sin edad, demora el dolor de las palabras que no han ganado asilo en esta familia, de embalsamamiento de paisajes puros, y ahorcamiento de ángeles convencidos de mentir en cada gracia, en cada desastre flotando entre platicas de un mísero sentimiento extranjero, popular, eufórico, sin buen funcionamiento en la alegre vereda del nunca mi amor.