Ego cegador

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Versa una emblemática canción; All you need is love, sin embargo, hay personas que caminan por el mundo como si fueran obras maestras incomprendidas. Se sienten tan superiores que, si pudieran, pedirían que el resto de la humanidad se formara para agradecerles su existencia; sin rastro de amor en sus corazones, son los que hablan mal de todos, los que inventan historias para hundir a quien les incomoda y los que se suben a pedestales tan frágiles que basta un suspiro para que se desplomen. Pero ellos, cegados por su propia irrealidad, no lo ven. 

Porque es fascinante observar cómo dedican horas enteras a diseccionar los defectos ajenos con la precisión de un cirujano y la intención de un verdugo; señalan, critican, murmuran, exageran, y cuando no encuentran fallas, las fabrican con la creatividad de un artesano del veneno. Mientras tanto, sus propios retos personales, esos que deberían enfrentar con urgencia, se acumulan como basura emocional bajo la alfombra. Pero claro, es más cómodo mirar hacia afuera que asumir lo propio.

La vida, sin embargo, no es tan ingenua como ustedes creen, tiene una memoria implacable y un sentido del humor cruel. Todo lo que lanzan, mentiras, arrogancia, chismes, medias verdades o adoctrinamientos estériles regresa, ineludiblemente regresa. Es como un boomerang que no falla, que no se pierde, que no olvida la dirección de origen. Y cuando vuelve, lo hace con una precisión militar: directo a la máscara que llevan puesta.

Porque sí, llevan máscaras, pulidas, muy blancas y en extremo brillantes, pero debajo… debajo hay grietas, hay miedo, hay inseguridad, hay podredumbre. Desde tiempos bíblicos se ha dicho con una claridad que debería avergonzarlos: sepulcros blanqueados, relucientes por fuera, corrompidos por dentro. Y no, no es una metáfora exagerada. Es un diagnóstico.

Lo más irónico es que suponen que su soberbia los protege; creen que su postura de superioridad los hace intocables, creen que el señalar a otros los hace más grandes. Pero el karma tiene una costumbre muy particular: acomoda todo en su sitio. Y suele ser especialmente determinante con quienes viven en realidades inconsistentes.

Porque la perfección que presumen no es más que un disfraz mal cosido y los disfraces, tarde o temprano, se rasgan. Cuando eso ocurre, cuando la mentira se cae, cuando el chisme se revierte, cuando la soberbia se desploma, no hay pedestal que los sostenga. Quedan expuestos y desnudos ante la verdad que tanto evitaron.

Bien nos ilustraba el viejo Séneca, la verdad siempre vence por sí misma; la mentira necesita siempre de cómplices.

La paz interior llega en el preciso instante en que dejamos de intentar arreglar el mundo que, por cierto, nunca nos pidió ayuda y empezamos a ocuparnos de lo único que sí está hecho un desastre: nuestra salud, nuestra imagen, nuestro trabajo y la elemental cortesía de no amargarle la existencia al prójimo. El universo no necesita supervisores; nosotros sí necesitamos, urgentemente, un poco de autogestión

La ruta es simple: antes de abrir la boca para juzgar al mundo, sería sensato que cada quien revisara el pequeño desastre que trae por dentro. Cuando terminen de acomodar sus vidas, y éstas estén en orden y bien encaminadas, entonces hablen. Aunque para ese momento, quizá ya no tengan nada que decir.

horroreseducativos@hotmail.com