EL AMIGO. TRES POEMAS
EL AMIGO
Mi amigo es una mano tibia y sostenida,
un vaho persistente en la mejilla,
el rumor de una espiga que crece junto a nuestra ventana
cuando despertamos a tiempos idénticos,
un enjambre de mariposas prisioneras
aleteando en el umbral de la entraña profunda.
Mi encuentro con él es como el de dos jóvenes cauces
que se abrazan en un nudo de espumas
donde la corriente choca con diminutas piedras.
Somos el trabajo de los trazos formando la cúpula.
En los hombros desnudos sostenemos al mundo.
Nuestros brazos se alzan para tocar el infinito.
¡Con qué ojos lo miro cruzando mi jardín!
En su piel acaricio la felpa de un membrillo,
en su aliento sé lo que calla el silencio
cuando la brisa se inclina a acariciarnos.
Mis labios se aproximan a él y conocen
el salobre sabor de los cuerpos que se buscan.
¡Es tal fácil ser amigo de mi amigo! Y no importa
que a veces nos señalen o murmuren.
De él no sólo aprendí la mirada del cómplice antes del crimen:
aprendí, también, la fuerza de dos muchachos que están juntos.
CANTATA
Estoy en amor con mi mejor amigo
y su respiración entrecortada que eriza ya mis vellos
y su auscultación sorprendiéndome en sopor e inseguro.
Con su boca a la medida de mi beso
y la huella de su pie oloroso sobre mi pecho
y su estancia permanente en mi cerebro.
Estoy en amor conmigo cuando estamos juntos,
con mi ronroneo protegido bajo su brazo,
con mi mocedad cosquilleándole la axila
y mi energía difundiéndose en la suya, encendiéndolo,
haciéndolo crecer.
Cómplice mío, sedante de mi fiebre,
a ratos nublado de nostalgia pienso en ti y me toco.
Estamos unidos con algo más fuerte que un cordón de plata:
el deseo que une más, cada vez más,
que la necesidad y las lágrimas.
No hay más que decir que no sepas
cuando me miro en tus pupilas y te hablo
sin palabras.
EL NUEVO AMIGO
Vengas de donde vengas estas aquí,
con toda la ofrenda de tu risa en movimiento.
O no sé si yo fui hacia ti, atraído
como el satélite al astro al que por vez primera se aproxima
sin saber que ya en el principio había trazado su camino.
Tu cercanía es como un barco henchido de promesas,
como escalera para tocar la esfera más alta del alba.
Y debes perdonarme primero, por no ofrecerte nada:
tengo un puño de papel arrugado a mitad del pecho,
idénticas cicatrices en ambos brazos
y un miedo terrible como una devastación.
Pero eso no se puede compartir.
Me retas en un duelo de presunciones
y apenas puedo tímidamente responder.
Nadie me enseñó las reglas del juego,
puso en mi mano la bandera de la conquista,
me enseñó los apretones de la celebración.
Pero aprenderé, pues la capacidad de aprender
es de un muchacho la mayor virtud.
En este juego –lo sé ya muy bien–, a veces me ganarás,
y otras me perderé.
Hoy es un tiempo nuevo, tupido de expectativas,
lustroso como diamante.
Me estremezco, como el monte presintiendo el verano.

