EL ARTE DE FINANCIAR TU PROPIO ASALTO
«El peor de los mundos fiscales es aquel donde unos evaden lo que deben aportar y otros se roban lo que logran recaudar. La víctima es el que sí cumple”.
- Buchanan.
INGRESOS, EGRESOS Y DESIDIA: Independientemente del mayoriteo y del nulo análisis legislativo que se ejerce para aprobar presupuestos de ingresos y egresos para el próximo año fiscal, la atención se desvía en los cuántos y se pierde en el trasfondo económico: de dónde vienen los recursos y a dónde se destinan.
Por ser públicos, pertenecen a todos, pero pocos interesados se enfocan; los grandes contribuyentes construyen tramas de elusión y de evasión y los captadores los dilapidan o, peor aún, los despilfarran como si fueran suyos, o porque saben que no son suyos y nadie les va objetar el mal uso o sustracción.
El contribuyente cautivo y el cumplido, pagan los platos o peor aún el agua negra de Guadalajara o las megaobras dilapidadoras o cuentas de corrupta procedencia para amigos, familiares y conocidos o propias del “funcionario” afortunado… y desalmado.
Imaginemos una cena con diez amigos. Acuerdan aportar cien pesos cada uno para comprar pizzas y bebidas, juega el Toluca. Tres anuncian que olvidaron la cartera; otros dos desaparecen cuando llega el repartidor y el encargado de reunir el dinero se guarda discretamente parte de lo recaudado.
Cuando llega la cuenta, falta dinero. El responsable, en lugar de reclamar a quienes no pagaron o recuperar lo desaparecido, se dirige a usted, que entregó puntualmente su aportación y le dice de manera tajante: “Tenemos un pequeño problema. Como tú sí pagaste, necesitamos que pongas un poco más, sabemos que podemos contar contigo, pagas extra o no comes”.
Esta escena, que probablemente terminaría con varias amistades, ilustra una de las grandes paradojas de las finanzas públicas, cuando resulta más sencillo cobrarle a quien ya está identificado que incorporar a quienes permanecen fuera del sistema, el contribuyente cumplido puede terminar soportando, y soporta, una carga desproporcionada. Ese es el mundo de la recaudación sin transparencia.
EL CONTRIBUYENTE CAUTIVO: Existe una especie de ciudadano fácil de localizar, Tiene RFC, factura, declara, paga, conserva comprobantes y procura no equivocarse al presentar sus obligaciones, pese a la intrincada red burocrática que atenta contra la simplificación administrativa cacareada sexenio a sexenio.
Este es el contribuyente formal. La autoridad conoce sus ingresos, operaciones y domicilio fiscal; puede revisar declaraciones, cruzar información y detectar inconsistencias; todo perfectamente legítimo. El sistema concentra excesivamente sus esfuerzos en quienes ya están registrados, mientras otros espacios de actividad económica permanecen difíciles políticamente de fiscalizar, los grandes contribuyentes y los que pululan por la economía informal. Ni más ni menos que el 60% de la población que debería de tributar.
La eficiencia recaudatoria, señores legisladores, no debería medirse exclusivamente por cuánto se cobra, sino también por la equidad con que se distribuye la obligación tributaria.
NO TODOS LOS QUE NO PAGAN SON IGUALES: Existe el evasor deliberado que oculta ingresos, simula operaciones o utiliza estructuras fraudulentas para incumplir obligaciones. También existe el trabajador informal que apenas consigue ingresos suficientes para sostener a su familia y enfrenta dificultades para incorporarse a la formalidad.
Y existe el empresario o la persona física que cumple, pero debe dedicar tiempo, dinero y personal a interpretar disposiciones tributarias cada vez más complejas. No son situaciones equivalentes, la informalidad puede responder a bajos ingresos, falta de oportunidades, barreras administrativas y costos de cumplimiento mientras que la evasión deliberada constituye un incumplimiento.
la corrupción aparece cuando quienes deberían administrar o vigilar los recursos públicos utilizan sus atribuciones para obtener beneficios indebidos. Esta es la confusión, disimulo o ignorancia (desinterés) que impide diseñar soluciones eficaces.
No necesitamos perseguir indiscriminadamente la informalidad; necesitamos facilitar la formalización y combatir efectivamente la evasión y exigir que el gasto sea transparente y honesto, sin huachicol, sin lenguajes figurados.
EL IMPUESTO DE PAGAR IMPUESTOS: Hay otro costo del que hablamos poco, a un precio muy caro, cumplir cuesta. Una empresa o una persona física responsable necesita contabilidad, sistemas, asesoría, facturación, declaraciones, conciliaciones y tiempo administrativo.
Para una gran corporación, esos costos pueden representar una proporción relativamente pequeña de sus operaciones, para una microempresa pueden convertirse en una carga considerable. El pequeño empresario no solamente debe generar ingresos suficientes para pagar impuestos, también debe generar recursos para financiar la administración de sus obligaciones, este es, para la economía, el impuesto de pagar impuestos.
Un sistema fiscal eficiente debería procurar que cumplir correctamente resulte sencillo, previsible y relativamente barato, porque si formalizarse significa enfrentar costos administrativos difíciles de soportar, estamos creando incentivos contrarios a los que decimos perseguir.
EL DINERO QUE DESAPARECE: Existe una segunda dimensión, no basta recaudar correctamente, importa igual gastar correctamente. El economista James Buchanan, desde la teoría de la elección pública, explicó que políticos, funcionarios y burócratas también responden a incentivos, ´por lo tanto, las buenas instituciones no pueden depender solamente de las buenas intenciones, que muchas veces no existen, o habría medicamentos y servicios públicos eficaces, eficientes y congruentes.
La corrupción distorsiona la recaudación, el gasto público y la asignación de recursos. Cuando aparecen desvíos, contratos fraudulentos o privilegios indebidos, el problema no consiste solamente en el dinero perdido, se deteriora la confianza del contribuyente cuyas aportaciones no siempre se transforman en servicios públicos.
LA DOBLE CARGA: El ciudadano paga impuestos para financiar bienes y servicios colectivos -seguridad, salud, educación, infraestructura- y resulta que, además de sus impuestos, necesita contratar seguridad privada, pagar servicios médicos particulares o reparar daños ocasionados por infraestructura deficiente. Eso se llama doble carga económica, por cierto no reconocida jurídicamente.
DE FONDO
George Orwell construyó en Rebelión en la granja un personaje extraordinario, Bóxer, el caballo trabajador cuyo lema era: “Trabajaré más duro”. Cada vez que aparecía un problema, su respuesta consistía en aumentar el esfuerzo.
Llevado a las finanzas públicas, el contribuyente puede terminar pensando que cualquier insuficiencia presupuestaria debe resolverse mediante mayores aportaciones de quienes ya cumplen, sin preguntarse cuánto podría recuperarse combatiendo evasión, reduciendo desperdicios, mejorando productividad gubernamental y revisando prioridades de gasto.
Antes de pedir más recursos, también deberíamos exigir eficiencia en el uso de los existentes. Un buen sistema fiscal, por cierto, indispensable, necesita tres condiciones fundamentales, equidad para recaudar, eficiencia para gastar y transparencia para rendir cuentas. ¿Usted las percibe?
DE FORMA
Urge construir un sistema donde la obligación sea proporcional, el cumplimiento sencillo y el destino de los recursos verificable. México necesita ampliar su base tributaria mediante crecimiento, formalización y simplificación administrativa y, con igual urgencia necesita combatir operaciones fraudulentas, fortalecer controles del gasto y evaluar resultados.
Ninguna economía se fortalece únicamente cobrando más, ¿verdad Argentina?, ¿verdad Venezuela?
El problema no es que existan ciudadanos dispuestos a cumplir, cuando cumplir resulta complicado, evadir parece sencillo y el contribuyente no encuentra correspondencia entre lo que entrega y lo que recibe.
DEFORME
Cuando el contribuyente debe pagar adicionalmente por servicios que sus impuestos ya deberían contribuir a financiar, termina descubriendo una situación verdaderamente dramática, no solamente pagó la cena de quienes no cooperaron, también terminó lavando los platos y, lo peor, comió menos pizza que los demás.

