El asedio al sentido

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Con bastante razón, dijo Zygmunt Bauman sobre las sociedades modernas, que sus actores, sus escenas, sus motores y sus razones para vivir, eran, sin excepción, realidades fundamentalmente líquidas, dando a entender que el individuo común muda de motivos y voluntades para vivir con la facilidad con que el vino cae a la copa. Líquido es toda cosa que no tiene cosa concreta, toda cosa, que se adapta al recipiente en el que se encuentra con solo verterlo. Pues bien: las ideas y creencias del individuo de a pie, son eso: realidades cuyo único rasgo bien consolidado, paradójicamente, es el de ser volubles.

Eso sí: el hecho de que Bauman apunte con ímpetu y decisión, cargue con fuerza y precipite aceptando riesgos sobre lo que cada quien piensa de su piel para adentro, nada tiene necesariamente de subversivo o de autoritario. Todo lo contrario: sus intenciones, sin tener que recurrir al lenguaje apocalíptico del que no tiene fuerza conceptual, pretende decir que hoy no se es, tampoco, tan libre como pudiera parecer, pues la circunstancia más compartida globalmente es una mezcla entre globalización y volubilidad. No es, pues, nada raro, ver como la gran mayoría de personas a las que circunda lo global, cambia de parecer y hasta de pasiones según terminen los cinco minutos de fama de una idea o de otra.

Esto es lo preocupante: que hoy en día, ya hasta existe una prótesis que hace por nosotros el trabajo de encontrar los fundamentos y voluntades por las que vivir. Y por lo mismo, esta es la importancia de difundir e insistir, y por lo mismo intentar bajar de las más altas cotas de la sociología académica, a una forma brillante de entender la sociedad y el hombre moderno.

Como decíamos: hoy se piensan tantas cosas a lo largo de periodos tan cortos de tiempo que, a la larga las personas se convierten en un amasijo de autocontradicciones. En los intérpretes de un recital de opiniones y certezas que nos va confirmando que, real, firme, consistente y de manera fundamentada, no se predica casi ninguna idea. El corazón, ya no es que tenga, en su cajón, dolor, por no poder sacar a la luz todo cuanto tiene dentro; es que, dentro, ya no tiene nada. Y si hay algo que no pueden hacer las sociedades humanas que aspiren al progreso, es vivir de inercia una vez conseguida la propia comodidad material.

Curioso: en La ilustración, los hombres de aquél tiempo combatieron y derrotaron un mal aún peor, dejándonos una meseta lisa y verde por la que hacer trotar las ideas de las posteriores generaciones de manera libre y sustanciosa, y sin embargo de aquella meseta no queda más que una explanada seca e infértil, por la poca originalidad y profundidad del repertorio de ideas que hoy mueven a los hombres. Ahora la pauta es pensar sin pautas –aunque esto exija dominar aquellas que se pretenda romper o, al menos, tener las razones suficientes para demostrar la evidente flaqueza de la una o de la otra– y se corre a diario el riesgo  de ser derrotado por las evidentes virtudes que tenían las vallas que se pretendió saltar. Y es que, nadie puede pretender que, todo aquello cuanto que se contrapone a nuestras ideas o a nuestras aspiraciones, merece ser ignorado antes que entendido.

Así de grave es el mal que el individuo común padece sin darse cuenta en nuestros días, y por el que agonizará en el futuro: no poder mirar hacia atrás y ver trabajo, rigor, pasión, desvelo, riesgos, temeridad, ímpetu, gloria, fracasos, reafirmación y varias crisis. Tendrá, pues, que soportar el desvanecimiento de los extractos intensísimamente placenteros que tuvo por motivos para vivir; ver cómo el tiempo les va extirpando el sentido; y cómo la muerte física, los condena al olvido.

Tan dolosa realidad, por cierto, ¿podrá ser algo distinto para quien la advierta, que el principal temor para quien cría, forma, o educa? En las manos de quienes hoy se desempeñan en aquellos oficios está pues, además de evitar el dolor físico o mental, evitar la miseria moral y espiritual que trae consigo lo líquido al final de los días de alguien. Lo hemos visto: padecerla y no haber sido formado para combatirla puede ser peor que la hambruna más fuerte o que el frío más voraz, porque se hunde hasta lo más profundo de la conciencia no como un estado anímico, sino como una realidad, porque es la suerte suprema del honor de las personas.