El Bitcoin y las Monedas Virtuales: Ilusión, Riesgo y Especulación

Views: 856

“El dinero que no existe físicamente puede desaparecer más rápido de lo que llegó.”

Paul Krugman

TEORÍA DEL TONTO MAYOR: Ubiquemos a un “ser económico” normal, si es que esto existe, trabaja, ahorra y en su horizonte vislumbra un auto viejo, los estudios de su hija, la reparación de la casa. Un día escucha que las “criptomonedas” son el nuevo oro digital: pueden comprar mediante una plataforma, «minar» desde su computadora, ganar mucho dinero con poco esfuerzo. 

Entusiasmado, pero sin saber teoría monetaria pues solo sabe dónde se presentan “Los Tigres del Norte”, entra al juego, invierte parte de sus ahorros en Bitcoins o segmentos de bitcoin y Altcoins. Los primeros días ve ganancias, siempre virtuales, siente que domina el sistema. De repente una caída abrupta de un mercado virtual totalmente manipulable y manipulado, lo ubica en la realidad. Cayó en la trampa.

Su economía familiar se ve afectada, ese ahorro hubiera podido destinarse a una reparación de la casa o un pequeño negocio productivo, pero prefirieron «apostar» por la criptomoneda. Al final se dan cuenta: lo que parecía innovación, fue un riesgo especulativo que no produjo valor real.

Las monedas virtuales, encabezadas por Bitcoin, se presentan como instrumentos revolucionarios, descentralizados, fuera del control estatal, libres de intermediarios, y con promesas de altas ganancias. Pero al analizar su lógica desde el fondo se perciben varios problemas estructurales.

Las criptomonedas, desde el Bitcoin hasta el Dogcoin, carecen de respaldo legal o público. No tienen el aval de un banco central, ni garantía estatal, ni obligación de ser aceptadas como medio de pago generalizado. Su valor depende esencialmente de la expectativa de otros compradores (la “teoría del tonto mayor” aplicada al activo digital), y usted que creyó que es un mercado noble y equitativo.

Además, no tienen conexión directa con la producción de bienes o servicios reales. A pesar de la narrativa de “dinero digital”, muchas criptomonedas funcionan como fichas de especulación, como “lavado de dinero”, no como medio estable de intercambio generalizado. Su “valor” se dispara cuando entran nuevos y especuladores participantes y cae cuando la demanda se extingue. El Bitcoin tiene una obvia desconexión con fundamentos macroeconómicos tradicionales.

En tercer lugar, la minería —el mecanismo técnico que crea nuevas unidades de Bitcoin— beneficia esencialmente a quienes tienen capital para adquirir hardware, electricidad barata y escala (los “mineros profesionales”), generalmente ubicados en China, mientras que los pequeños jugadores quedan en desventaja, asumiendo riesgos elevados con expectativas irreales. 

Desde la perspectiva de la economía familiar, esto equivale a que se usen recursos de ahorro para jugar a un juego de casino que dice “dinero digital”, pero sin producir nada tangible en el hogar, en la comunidad, en la empresa.

LA ILUSIÓN: En la forma, las criptomonedas se venden con una mercadotecnia brillante que ofrece libertad financiera, “dinero fuera del sistema” -y como la moda es “ir contra el sistema” ya pegó la zanahoria-, ofrece rápido enriquecimiento y tecnología de vanguardia. Pero al mirar con detalle la forma, emergen sus contradicciones:

Se presentan como dinero, pero no funcionan como dinero verdadero. Tienen alta volatilidad, no son aceptadas ampliamente como medio de pago, su costo de transacción puede ser elevado, su uso cotidiano sigue limitado. 

Se anuncian como alternativa al sistema bancario, pero muchas veces invitan a “invertir” en solamente esperar que suba el precio, en lugar de destinarse a producción, empleo, ahorro real. Aquí ya se torció su finalidad económica. Bueno, nunca la tuvo.

Las monedas virtuales quizá puedan tener lugar en portafolios muy especializados, pero no como pilar de la economía familiar o del ahorro masivo sin conciencia de los riesgos.

La forma seduce con promesas, se viste de una modernidad (que la mayoría no comprende), pero frecuentemente termina siendo un mecanismo de especulación antes que un instrumento de bienestar o productividad.

Y, mucho cuidado, no incrementan la producción de bienes y servicios, sino simplemente movilizan dinero entre manos. En ese sentido, se puede argumentar que incrementan la demanda de activos financieros sin que haya un incremento correspondiente en la producción real, lo que desde la lógica macro puede tener efectos similares a inflación (más dinero persiguiendo poco producto). 

Aunque las criptomonedas no son medio de pago formal en la mayoría de los países, cuando se usan como ahorro especulativo han devaluado la importancia del ahorro productivo. Estudios recientes muestran que las criptomonedas afectan la demanda monetaria tradicional y tienen implicaciones para la política monetaria. Quienes ganan son los mineros o quienes entraron muy pronto y tienen escala o margen. 

En el extremo, el uso de criptomonedas puede facilitar lavado de dinero, evasión, usos ilícitos por derivados de la falta de regulación adecuada, con lo cual las promesas de “financiamiento alternativo” se convierten en ventanas para riesgos sistémicos.

En resumen, la deformación está en que lo que se promociona como “dinero digital del futuro” termina siendo un vehículo de especulación, desigualdad y riesgo para el ciudadano común.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía, ha sido uno de los críticos más consistentes de Bitcoin. Ha señalado que las criptomonedas no cumplen las funciones del dinero: ni medio de pago, ni reserva de valor, ni unidad de cuenta. Considera que son una burbuja sustentada en la esperanza de vender caro algo que no produce nada, y concluye: “Todo ese discurso sobre la descentralización es pura fantasía.”

Al optar por criptomonedas, una familia puede estar desplazando usos productivos hacia algo que no produce valor real, no tiene respaldo regulatorio, es altamente volátil, y cuyo resultado más probable es pérdida o bloqueo.

DE FONDO

En una economía familiar o nacional: cuando hay más “dinero” (o promesa de ganancia) persiguiendo los mismos bienes o servicios, sin un aumento paralelo en la producción, se configura una presión inflacionaria. Si muchas personas apuestan sus ahorros a criptomonedas y luego buscan “presionar” su salida hacia consumo real, el resultado puede ser un efecto distorsionador de precios.

DE FORMA

Las monedas virtuales pueden tener una dimensión tecnológica interesante (por ejemplo, en términos de innovación de registro o blockchain), pero desde la perspectiva de política pública, economía familiar y estabilidad monetaria, presentan múltiples defectos estructurales. Promocionadas como “dinero del futuro”, en muchos casos funcionan como instrumentos de especulación, con respaldo mínimo, riesgos elevados y poco valor real para la mayoría de las familias.

DEFORME

En lo deforme —es decir, lo que se distorsiona, lo que se pervierte— las monedas virtuales exhiben su lado más problemático. La mercadotecnia convierte al activo digital en un “producto perverso”. Dicen “sé libre”, “gana mucho dinero”, “rompe con el sistema”, pero sin explicar suficientemente los riesgos. No dicen los “comisionistas” que no existe respaldo legal, que no hay garantía de que lo pueda convertir en bienes tangibles, que puede haber pérdidas totales. Usted decide, nosotros ya…