El destino de las cosas

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Acaba de temblar. Septiembre, de noche, en el área más recóndita del edificio donde trabajo, una antigua cervecería convertida en Centro Cultural, y con la compañía de los recuerdos. Nunca había sentido tan grande la distancia entre las zonas de resguardo de objetos y la salida de emergencia… pero quizás en ese afán de seguir escribiendo o esa conexión de más de una década, me hizo tocar las paredes, bajar las escaleras, caminar y encontrarme con la fachada de cantera y un reloj antiguo coronándola. Temblaba, pero sabía que estaba ahí, en el destino de las cosas que nos colocan en los lugares que ciertamente, pertenecemos.

La Compañía Cervecera Toluca y México fue una de las industrias más importantes en el Estado de México durante el Porfiriato, y sin temor a equivocarme, el corazón industrial de la Toluca de ese tiempo. Su historia es como el proceso de fermentación de la cerveza: lleva tiempo. Santiago Graff, un joven migrante de origen suizo, llegó en los años sesenta del siglo XIX a la juvenil Toluca. Se dice que optó por esta pequeña ciudad con unos portales comerciales y un volcán en la cercanía, por la calidad del agua que justo generaba el volcán… siempre nevado. El trabajo constante y la restauración de la vida republicana permitieron que este taller creciera y poco a poco se convirtiera en una fábrica. Ese poco a poco se tradujo, en 1890, en la creación de la Compañía Cervecera Toluca y México como una Sociedad Anónima con un consejo directivo para su administración. Así, al año siguiente de su creación, Don Santiago ya había solicitado permiso para construir la fachada de su fábrica: un imponente cuerpo de cantera coronado con un reloj y embellecido con detalles de la flor del amor.

Trabajar en un museo o en el montaje de exposiciones resulta toda una aventura; o más bien, una serie de aventuras. Una de mis favoritas es el encuentro con los objetos. Por supuesto, usando guantes especiales y extremando cuidados, resulta mágico el poder tocar piezas antiguas, leer documentos de épocas pasadas y reconstruir historias a partir de fechas, palabras y fotografías. Como suelo decir, el CSI de los objetos. Quizás por eso las horas extras se hacen menos pesadas, porque en realidad no te encuentras solo, sino más bien, acompañado de esos relatos en construcción. Algo así me pasa con la exposición que este sábado se habrá de inaugurar: Toluca Nuestra. Un paseo por la historia, una muestra que se ha trabajado durante la pandemia y finalmente, si todo sale bien, recibirá a sus primeros visitantes este próximo 11 de septiembre.

El edificio que construyera y diera vida la familia Graff, los maestros cerveceros y trabajadores de la fábrica, ha tenido un destino particular. Sus administraciones y usos han cambiado con el paso del tiempo, el mismo paso con el que se alimenta la propia leyenda.  En 1935, después de la Revolución, una crisis financiera interna y posiblemente, también como consecuencia de las crisis económicas después de la epidemia de 1918 y la caída de la bolsa en 1929, la Cervecera de Toluca vendió todos sus activos a Cervecería Modelo, incluyendo la mejor y más joven de sus cervezas: Victoria. Una década después, llegó a sus instalaciones Don Nemesio Diez Riega, el gran artífice de la mejor red de distribución de un producto en México: el hombre que llevó la cerveza Corona a todo el país. Entonces, el edificio de cantera con sus oficinas y portones de hierro se convertía en el modelo para las demás distribuidoras que creara la compañía. Un uso que le heredó el nombre del Edificio de la Corona.

La exposición Toluca Nuestra. Un paseo por la historia es quizás, también, ese relato que sólo cobra sentido si se le nombra. Entre los objetos que exhibe se encuentra un libro de los años cuarenta del siglo XX, bajo el resguardo del Archivo Histórico Municipal de Toluca donde están registrados los distintos migrantes que se encontraban habitando y trabajando en la ciudad. En una de sus páginas encontré un nombre que se me hizo familiar: Jamil Maccise Saide. Investigando con mi familia que, por ese mismo destino de las cosas, podía ayudarme, descubrí que aquel hombre de 33 años, comerciante y casado, proveniente del Líbano, se trataba del padre dos destacados hombres en la vida religiosa y política de la ciudad, el Padre Camilo Maccise y Juan Maccise. A ambos los conocía de relatos; el primero, por su extraordinaria capacidad de hablar diversos idiomas y al segundo, por observar su retrato en la biblioteca de la facultad donde estudié mi carrera. Coincidencias del tiempo y sus encuentros… que nada más adquieren sentido si se les nombra.

Después de ser edificio de la Corona, la antigua cervecera se convirtió en bodega y de ahí, transitó por un limbo de decisiones, mientras que la población, sobre todo infantil, la identificaba como escenario perfecto para jugar a los espantos.  Entonces, terminó el limbo y se hizo el museo, sólo que de ciencia e industria y con una corta vida de cinco años. Después volvió a cerrar, hasta que se rehabilitó su pantalla, se organizaron eventos especiales en sus instalaciones y finalmente, en el 2017, en uno de los días más emotivos en compañía de Leonardo da Vinci y su Mona Lisa, se inauguró la zona de exposiciones y cartelera cultural, ya del naciente Centro Cultural Toluca.

Existen citas programadas en el tiempo, que a veces nombramos destino. Antes de ser museo de ciencia, la comunidad toluqueña había expresado el interés por convertir el edificio en un museo enfocado a la historia del lugar y la ciudad. Posteriormente, cuando se inauguró el primer museo en sus instalaciones, de las salas más visitadas era la que hablaba sobre Toluca y su cervecera. Así, en el suceso de las cosas, en el verano del 2018, el CCT inició un programa de recorridos históricos que aún tiene afluencia, sin olvidar los exitosos recorridos de leyenda que también hablan de la historia del espacio y la gente busca cada octubre. Pero existía la asignatura pendiente de un relato sobre la ciudad y su cervecería. En estos días, cuando se montó otra de las joyas de la exposición, una cerveza Toluca Extra del 1903 y el tarro del Salón de visitas de 1908, teniendo como back la imagen de la cerveza Victoria, en este corazón de historiadora, sonreí. El destino de las cosas, las historias que nos cuentan, ocupan, finalmente, el lugar al que quizás no pertenezcan de manera perpetua, pero sí en la eternidad de un instante.