El día comenzaba pensando en ti

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Era pequeño, mas nunca precisé un despertador para ser puntual con las
obligaciones. Puede que el deseo de verte ayudara, pero levantarse temprano
tiene su mérito sea cual sea la razón. El sol ya calentaba la ventana y no veía la
hora de llegar al salón, sentarme junto a ti, que me dieras una sonrisa como
saludo y que hiciéramos equipo en la batalla de bolas de papel cuando la maestra
se iba a junta con el director.
Me tumbaba en la cama y recordaba las veces que me habías sonreído, revivía la
emoción de apretar tus manos, de rodear tu cuerpo cuando jugábamos a
derribarnos sobre el pasto; tus gruñidos cuando no podías ganarme, cuando
jadeabas vencida por la carrera; me venía tu aroma que no se parecía a ningún
otro en el mundo, y volvía a tu sonrisa, siempre a tu sonrisa, me daba miedo
perderla que dejara de ser mía aunque en realidad no lo era.
Luego volteaba hacia la puerta de mi habitación, ahí estaba mi madre desde hace
no sé cuánto tiempo, parada, observándome. Tiernamente cuestionaba mi cara de
menso, nomás me reía, luego se acercaba, sacudía mi cabello con su mano y me
besaba la frente. Ella sabía lo que pasaba, pero no decía nada, en su mirada se
veía lo contenta que estaba por mí, después me mandaba a bañar para poder
servir la cena.
El día terminaba pensando en ti.