El dolor es legítimo y real, el sufrimiento una experiencia elegible

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El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional; después de años de meditación señalaba Buda. Así será éste, algo que podamos elegir. Podemos partir de que la palabra sufrir viene del verbo sufferre, de donde ferre tiene que ver con algo así como soportar, como cargar un peso que duele. Ahora bien, es preciso señalar que tanto el sufrimiento como el dolor son parte de la vida. A veces las personas se empeñan demasiado en sufrir sin sentido. Por ejemplo, pienso en la persona que en vez de ser responsable y hacerse cargo de sus elecciones y por ende de sus consecuencias, juega a ser víctima y a estar resentida con la vida y con los demás.

Esta modalidad del sufrimiento es manipuladora y no ayuda para estar mejor. Aquí cabe la pregunta de cuál es la diferencia entre dolor y sufrimiento, esto es porque muchas personas la utilizan como sinónimos, pero son experiencias distintas. Es importante también decir que ambas hay que aprender a vivenciarlas e interpretarlas correctamente para poder hacer uso de ellas pero para la transformación. Esto es porque hay que estar conscientes de que ambas nos acompañarán toda la vida aun cuando una es una elección y la otra no. El dolor es genuino, natural, legítimo y necesario para vivir aprendiendo y arriesgando cada día un poco. Cuando estamos abiertos a lo que nos presenta la vida, nos puede llegar el dolor en cualquier momento. Por ejemplo, al enamorarse, al tener hijos, al elegir una forma de vivir determinada, al hacer amistades, al perder a alguien, en todas estas ocasiones nos hacemos candidatos al dolor.

Entones el dolor está presente en nuestra vida lo queramos o no. Esta es una de las acepciones del dolor, la que se relaciona con una pérdida, con un duelo. Es una sensación que puede llegar a ser de corta duración si lo dejamos sentir adecuadamente. El dolor es proporcional a la pérdida que tuvimos. Puede comprender varias emociones como la tristeza o la ira. Por su parte el sufrimiento es una elección, inclusive puede ser una postura de vida, una manera de mostrarse ante los demás. Podría durar toda la vida aun cuando la justificación de este ya no exista. Ante éste no solo intervienen emociones sino que también intervienen los pensamientos, que pueden llegar a ser obsesivos.

Ahora bien, hablando del dolor tenemos que se trata también de un síntoma que acompaña a muchas enfermedades aunque existen dolores sin enfermedad demostrable. Para la Sociedad Internacional dedicada a su estudio, es una experiencia desagradable, sensorial y emocional, asociada a una lesión real o potencial, que se describe como daño. Así es que el dolor radica en el cuerpo, tiene peculiaridades que permiten localizarlo más o menos fácilmente y referirlo a determinada patología. En la mayoría de los casos la anamnesis y el examen físico nos orientan de manera precisa hacia la enfermedad causal o nos seleccionan, entre muchas posibles, las hipótesis diagnósticas relevantes o más probables. Su análisis es enseñado tempranamente en la carrera de medicina. Esta también una acepción de dolor, tal vez la más importante. También hay que considerar que existen fármacos o procesos clínicos para calmarlos. Podemos explicarlo en términos mecanicistas, según modelos neuro fisiológicos.

Los avances en materia de diagnóstico y tratamiento del dolor físico son tan significativos y tan al alcance del conocimiento vulgar que se ha creado la ilusión de una vida sin dolor, donde todos somos personas que exigen que se les calme, que los procedimientos sean indoloros, así tenemos un grado algo fóbico y rechazamos cualquier clase de tormento. Por su parte, el sufrimiento, con o sin dolor físico, es una sensación más difusa, pues radica en el alma e impregna a la totalidad de la persona. Se instala en las entrañas, en el ánimo y en especial en la voluntad. Afecta inclusive, a quienes rodean al sufriente, que sufren por ver sufrir.

Así es que los alcances del sufrimiento, su vocación de generalidad, la colonización del conjunto de la persona tiene mucho que ver con un efecto inmediato de la enfermedad: la interrupción del flujo vital de la persona, la suspensión de sus expectativas y proyectos personales, nos sumerge en la incertidumbre y el desamparo. Nos llena de preguntas, la primera de las cuales es muy a menudo ¿por qué a mí?  o ¿Qué he hecho yo para que padezca así? Entonces origina turbulencia emocional, y promueve una revelación cruda de un vulnerable ser así como de la fecha de caducidad de la vida misma.