El envés de la historia

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La proverbial expresión reconstruir para entender, lleva tras de sí una de las mejores curas que un tiempo pasado o presente, un grupo social o el espíritu de una persona puede llegar a tener cuando adolezca de incomprensión social o propia. Tales dolores sólo son experimentables por el individuo despierto de ideas y de corazón lo suficientemente sensible para no descansar sobre la tranquilidad del que los que se tengan que encargar, se encarguen. Y la consecuencia de tal desazón vital suele ser el no saber a dónde va el tiempo en el que aquel individuo vive y por lo mismo tampoco saber dónde podrá ir su propio destino, pues conoce que sus fuerzas para remar a contracorriente, por definición y naturaleza, no son eternas.

Pero, como, en materia de arte, de amor o de ideas, las propagandas y las ideas infestadas de practicidad y desproporcionadamente pragmáticas siempre son adversas a la conciencia autónoma, el comprender que la presente generación representa a la perfección aquél dado roído y ya redondo a fuerza de rodar a la aventura, esta –la conciencia despierta– se asombra por lo gigantesco del  problema y por los pocos individuos no que se preocupan por él, sino que pueden verlo. Es ahí pues, cuando reconstruir el presente a través del pasado, no memorizando hechos en línea recta sino comprendiendo y adoptando el espíritu que se tuvo tiempo atrás, se hace ya no necesario sino imperioso para no pensar que en lugar de estar todos locos lo está uno mismo.

Practicar tan sano ejercicio, impone rendirse ante el tribunal de la historia: una viña gigantesca con los matices más ricos que tiene comprender el pasado. La historia fue, en efecto, para Europa su primera condición de su posible saneamiento y resurgir tras sus dos grandes guerras, si quisiésemos buscarle una utilidad. Pero hoy no prorrogaremos las infinitas discusiones sobre lo que nos enorgullece o avergüenza de nuestro pasado. Todo lo contrario, resaltaremos una de los más accesibles y fecundas formas de acercarnos al quehacer del historiador: conseguir dar sentido a una obra, que lleva tras de sí una vida envuelta de discusión y controversias, sin que este sea el menester que la condene a pertenecer al catálogo de aquellas personalidades hacedoras de gala del decadentismo de una época concreta.

La historia, es, todo hay que decirlo, una abstracción temporal que nos exige alambicar fechas, datos, nombres, acontecimientos, causas y consecuencias que se sostienen en una construcción mental admirable, que la misma mente tiene que procurar no derrumbar de olvido o de mentiras. Sin embargo, es un ejercicio más accesible a través del entendimiento y vivificación del espíritu de quienes la escribieron con actos y no con pluma propia. Tal vía de accesibilidad no tiene por qué ser siempre el manual de historia erudito e inamovible que se nos suele hacer llegar, pues, como el sueño jubiló a la hipnosis como vía de acceso al inconsciente, algo parecido pasa con la biografía. Una fuente histórica con un canto eminentemente distinto.

Ahora bien, como todo canto finalmente deslumbra o se rechaza por la subjetividad del oyente, dejemos que esta vez cante el ruiseñor y que sea oído en los matices que se prefieran:

Aristóteles fue el mentor personal de Alejandro Magno, y no por ello el artífice de los delirios de poder que enhebrarían la soga con la que él mismo se ahorcaría. Marco Aurelio ordenó persecuciones contra los cristianos en la Roma Imperial y aquello no suprime su dominio absoluto sobre su genio y espíritu. Spinoza puso de cabeza al concepto de Dios y suprimió el rezo como acto trascendente de forma fulminante en el siglo XVII, haciendo que su nombre siga llenando de tirria a la espiritualidad más cucufata, parca y mecanicista del cristianismo moderno, sin que esto suprima el hecho de que el holandés logró uno de los aparatos de pensamiento más sistemáticos de toda la historia. Beethoven admiró profundamente a Napoleón, llegando a componer y dedicar su tercera sinfonía La Heroica al revolucionario francés, –a pesar de la colérica  rectificación que después le propinaría–, y no por esto el género humano dejó de  alcanzar una cumbre insólita en su genialidad con el compositor germano. Tchaikovsky compuso varias oberturas y fantasías por pedido del Zar Alejandro II, sin impedimento de que pasase a la historia como el más grande romántico ruso y uno de los hombres con los más bellos sentimientos que ha podido ver la historia del alma humana. Martin Heidegger aceptó el rectorado de la Universidad de Berlín cuando Hitler estaba a la cabeza de Alemania sin que esto lo convierta en un nacionalsocialista consecuente, y sin que le haya impedido levantar una de las escuelas de pensamiento que han salvado al pensamiento y al arte del dragón tremebundo del lenguaje de las ciencias exactas. Salvador Dalí mostró la más cínica y ridícula sumisión que recuerda la historia de la pintura cuando ofreció y estableció férreas relaciones con el dictador español Francisco Franco, no importando que este periplo absurdo haya influido, ni lo más mínimo, en que el pintor haya erigido el último pináculo que el arte contemporáneo, aún no puede ni igualar ni superar.