El estatuto paradójico del trasfondo: Razón y objetividad en Charles Taylor II

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  1. Lo humano de la razón y la objetividad

Razón y objetividad, desde lo que habíamos visto anteriormente, pasan a ser ya no conceptos con un uso y vigencia universal justificada, sino los compromisos de una comunidad de conocimiento a través de la que podemos explorar comprensivamente en busca del reconocimiento que el otro espera confesando su interior en aquellas formas conceptuales tan propias de occidente. Y es que, al pensar desde estas formas, tal vez, no se comparte este sentido objetivista o racionalista tradicional, sino que simplemente en ese uso está confesada una subjetividad que ha hecho de los elementos que articulan aquél trasfondo algo propio. Nuestra tarea, así, es una suerte de antropología de los trasfondos. Es decir, que, en el caso puntual de Occidente, estas se constituyen como puntos de fuga desde los que podemos ubicarnos para develar cómo los trasfondos compartidos entre sujetos por lo que Taylor llama encarnación se enriquecen con las vivencias implícitas en ellos. La viabilidad de esta interpretación del texto, parece hacerse presente cuando leemos lo siguiente:

El actuar humano vinculado, tal y como lo entiendo, es el actuar de un agente cuya experiencia solo se hace inteligible al situarlo en el contexto del tipo de agente que es. (..) En esta relación, (…) la forma de actuar (encarnación), es con respecto a (…) (nuestra experiencia), un contexto que confiere inteligibilidad. (…) El contexto es el horizonte no explícito dentro del cual -o para variar la imagen, el lugar estratégico dentro del cual- puede ser entendida; (…) es lo que nosotros estamos “esperando de” mientras prestamos atención a la experiencia. (Taylor, 1997, pp. 100-101).

El tipo y el sentido del actuar que nosotros tenemos responde a contextos de experiencia. Es nuestra encarnación en el trasfondo lo que permite que las cosas se nos hagan inteligibles. El contexto es el lugar, en el que la experiencia generada por un trasfondo específico puede ser entendida, donde puede ser captada en su sentido; lo que para esta lectura de Taylor que presento aquí, es acceder a lo más valioso. Los contextos y su infinitud son lugares de exploración permanente, donde tenemos que aprender a ver aspectos, donde podemos ya no explicar sino describir lo que sucede en ellos. Donde podemos poner atención en busca de sentidos, sin necesidad de teorizar la vida psíquica interior de los sujetos implicados en ellos. Pero para esto, la ide de trasfondo es fundamental. El contexto por sí mismo es un lugar sin sentido, y el trasfondo una estructura pasiva que al conectarse con él, lo llena de significado transformándolo por completo. Por eso que la emergencia de nuevos sentidos de las cosas ante la diversidad de situaciones de nuestra vida ordinaria no tiene límites, por lo que solo queda renunciar a nuestras pretensiones de explicar y describir esa cromaticidad de aspectos.

El trasfondo es aquel lugar en el que están depositadas todas aquellas cosas que estamos esperando de, en forma criterios que prefiguran nuestras expectativas, hasta el punto de que, cuando los encarnamos, su carga semántica puede llegar a dominar cómo nos acercamos afectivamente nuestra experiencia a la hora de acercamos a las cosas:

Es lo que hace inteligible aquello de lo queso indiscutiblemente consciente. (…) El trasfondo es lo que soy capaz de articular, esto es, es lo que soy capaz de sacar a relucir de la condición de implícito, es lo que facilita el contexto no dicho -en otras palabras: lo que puedo hacer articulable-. En esta actividad de articular me aprovecho de mi familiaridad con este trasfondo. (Taylor, 1997, p. 101)

Trasfondo no es sólo un inconsciente freudiano o unas condiciones que determinan qué no puedo ver. No. Ni mucho menos. Es también lo que yo he hecho de él, y esto no puede ser privado, justamente porque puedo hacer inteligibles los sentidos en que entiendo las partes de mi trasfondo con otro que también lo comparte. Puedo aprovecharme de él y de que necesito recurrir a él para articular lo que digo, para presentarlo cómo me interesa gracias a la perspicuidad de nuestro lenguaje. Porque, a pesar de ser un dominio específico, no es algo rígido, es algo que actualizamos. El trasfondo, también es el lugar o la ciudad del lenguaje en el que viven mis aspectos a nivel de cuerpo, de forma de vida y de cultura desde los cuales miro las cosas de las que soy consciente.

Nuestra búsqueda y nuestra manera de ver las epistemes ajenas o las propias, si consideramos esto, ya nunca más es la misma. Ya no buscamos imponer o corregir al otro, sino vernos afectados por él, y a la vez entender qué carices psicológicos pueden estar detrás de cada tipo de trasfondos articulados en contextos concretos; o tal vez, entender por qué el nuestro está cambiando como está cambiando. Explorar encarnaciones viendo que compartimos suelos comunes, es ahora lo interesante. No porque una cierta superioridad epistémica nos legitime a hacer esto, podríamos decir, sino porque, como dice Taylor, este puede ser el inicio de un diálogo intersubjetivo más enriquecido.

Una vez nos damos cuenta de que compartimos un suelo común, ya nos situamos, conocemos nuestros límites y esto no es una restricción sino una actitud de responsabilidad con las implicaciones humanas con las que estamos tratando, porque explorarlas sin ningún tipo de freno o quicio nos puede hacer perder la vista de lo que nos están queriendo decir. Así, se pone el fin necesario al fascinante rizoma deleuziano. En él, la intertextualidad y la ruptura de cualquier tipo de criterio fijo apunta a una búsqueda de sentidos que no puede tener un centro. Sin embargo, la invitación de Taylor y la de Wittgenstein consisten en explorar esta infinidad de sentidos reconociéndonos siempre situados y delimitando nuestras exploraciones para mantenernos en el suelo árido y no desconectarnos en divagaciones metafísicas desvinculadas del aspecto que tratamos de desentrañar. Esto es, cómo se ha creado a partir de la vivencia una nueva versión del concepto implícito en ese trasfondo compartido. Pero situándonos en un trasfondo concreto. Siempre situándonos.

Podríamos decir, que las haecceidades deleuzianas se frenan con el sentido de phronesis que Taylor nos invita a tener para reconocer que en la humanización que hacemos del trasfondo cuando decimos que nuestra vivencia lo actualiza, hace falta una cierta prudencia para que nuestra misma humanidad o la del otro se encuentre situada donde efectivamente estamos viviendo. No se trata de aceptar el rizoma sin más. Abrir de aquella manera la epistemología es un caos en el que no cualquier comunidad se siente cómoda. Esto, más bien, es algo propio del trasfondo francés, de la intelectualidad francesa. Así, desde Taylor podemos frenar en un momento justo al pensamiento rizomático porque a veces, estar situados en un trasfondo no es necesariamente malo. Especialmente, si por esta exploración de los trasfondos somos capaces de leer, en estas confesiones que nuestro interior hace en sus elementos la acción de nuestra vida más ordinaria, que no hay dolor o incomodidad.

Articular el trasfondo no quiere decir, pues, explicitar cómo está conformado, sino que es empezar a comprender cómo, el sujeto, en tanto siente sus partes –del  trasfondo– encarnadas en él, las toma como piezas y las ordena con un sentido tal que le permita ajustarse al sentido que toman las cosas en el contexto en el que se encuentra. Es ver cómo hay un mundo interior que hace lo que quiere con el trasfondo, actualizándolo, a veces, según cosas mucho más sencillas que lo que pensamos cuando nos enredamos en teorizaciones sobre nuestra vida psíquica. Los trasfondos, siendo heideggerianos en este punto, aquí, son partes del ser que están vivas en la ciudad del lenguaje witgensteniana en la que vivimos, y a la vez, esa estructura heideggeriana nos afecta hasta lo más hondo porque estamos suspendidos en ella, porque la misma sociedad nos obliga a ser ella:

El estatuto paradójico del trasfondo: puede ser hecho explícito, ya que no somos totalmente inconscientes de él, pero la misma explicación supone un trasfondo. El propio modo con que operamos como agentes vinculados en un trasfondo como éste convierte el proyecto de su explicación en totalmente incoherente. En este sentido, el trasfondo no puede ser pensado en absoluto cuantitativamente. (Taylor, 1997, p. 102).

A manera de síntesis

A Taylor le interesa, entonces, que aprendamos a vivir con esta paradoja constante que es el estatuto del trasfondo. Lo que supone el querer explicitar el trasfondo es la voluntad inconsciente de querer explicitarlo para creer en él, algo muy propio de nuestra cultura intelectual. No hay una manifestación más explícita de cómo el trasfondo actúa que esta. El querer explicitarlo para creer en él es la articulación de un tipo de trasfondo para reaccionar a la idea de trasfondo como Taylor la presenta, porque activa ciertos resortes encarnados en un trasfondo compartido entre individuos, que ven en él un cierto ataque a algo que está elevado a la categoría casi sagrada. Encontrar qué es lo que hemos hecho de nuestros propios trasfondos y cómo los articulamos, es lo que le interesa a Taylor con ese mantenimiento de lo phronético y de lo situado que presenta cuando trata de abrir la epistemología hacia algo más humano.