El gabinete del doctor Caligari, primer filme expresionista

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Pareciera que en 2020 ya nada podría dar miedo o tal vez, ya todo lo da; por lo menos perder el trabajo, la privatización de la salud en plena pandemia, las portadas de la prensa, fallecer en  vía pública tras un ataque viral directo a la tráquea por olvidar traer un cubrebocas… Ver El gabinete del doctor Caligari aún produce escalofríos. Da miedo de verdad. La película, dirigida por Robert Wiene, se estrenó el 26 de febrero de 1920 y es considerada como la obra más representativa del expresionismo alemán en el cine. Algunos por ahí le han atribuido ciertos poderes premonitorios respecto al vertiginoso ascenso del nazismo en Alemania, se ha visto al doctor Caligari como el Estado y al obediente sonámbulo Cesare como el pueblo alemán. Pero lo relevante es que estamos ante una obra originalísima y extremadamente creativa en lo formal, tenemos ante nuestros ojos la más completa adaptación del expresionismo al cine, es como una pintura expresionista en movimiento.

 

Se logra un espacio agresivo y hostil, de verdadera pesadilla con una carga emocional impresionante. Se le considera entonces el primer filme de terror en la historia del cine, y quizá la primera reflexión cinematográfica sobre los efectos de la guerra en la devastada Alemania. Es tan grande su impacto que ha cumplido, apenas hace unos meses, cien años y aún permanece jovial con su horror deleitable. Es de llamar la atención la opinión del critico de cine catalán Roman Gubern, en el sentido de que se muestra en una sucesión de dicotomías, sobre los dos personajes: el día y la noche, Jeckyll y Hyde, la ciencia y el crimen, el consciente y el subconsciente, pero la película evidencia emblemáticamente el sentimiento brutal de la locura, derrota y fracaso que se vivía en la Alemania de la posguerra, que aprovecharon tan bien los nazis para empezar a violentar la sociedad en la década de los veinte.

 

Ahora bien, el guión que escribieron el checo Hans Janowitz y el austríaco Carl Mayer es exquisito. Es una película en la que, en cada uno de sus setenta minutos, no parece sobrar nada. Cabría señalar que el guión fue redactado por dos pacifistas y la película fue rodada en interiores y casi sin presupuesto entre diciembre de 1919 y enero de 1920. El gabinete del doctor Caligari supuso por un lado la reactivación del expresionismo en el cine alemán que fuera derrotado por la guerra en su desarrollo inicial. Por otra parte, amplió las posibilidades dramáticas del movimiento, porque aprovechó la imagen como esencia de la narrativa fílmica para desmesurar el subjetivismo inherente a la estética de la corriente vanguardista, esto significó el generar un expresionismo con lenguaje propio, capaz de identificarse y al mismo tiempo diferenciarse de los orígenes pictóricos del movimiento. De esta manera superó la teatralización del relato fílmico, porque si bien Janowitz no era dramaturgo, tanto Mayer como Wiene, sí tenían raíces teatrales, sin embargo, a despecho de tales raíces, subrayadas en el subtítulo que reza Un filme en seis actos, el trío transfiguró los espacios cerrados y la mínima movilidad de la cámara, dejando enterrada la observación pasiva de una puesta en escena, dando luminosidad al reflejo físico de un microcosmos emocional opresivo a extremos claustrofóbicos, en que la percepción de lo real se deforma, tal como ocurría a los soldados en las fosas de las trincheras.

 

Como hemos señalado El gabinete del doctor Caligari se considera el primer filme expresionista. De una forma magistral se logra complementar, para adentrarnos en las quebradas zonas del alma humana, escenarios asimétricos y angustiantes, ágil fotografía, vestuario sin mucha pulcritud, personajes desequilibrados, variados juegos del blanco y el negro. Agregamos a esto que los planos utilizados por Robert Wiene;  enteros, americanos, medio, medio corto, primer plano; oprimen aún más la atmósfera. Si algo se queda incrustado en la mente es la precisión de las miradas desquiciadas de los protagonistas, en especial, según la escena, las del doctor Caligari (Werner Krauss), las cuales son así, o lo son al menos en la imaginación creativa de Francis (Friedrich Feher), que es quien crea y se cree la historia. Esta serie de miradas imprecisas las observamos en los protagonistas masculinos y en la fantasmalmente bella Jane Olsen (Lil Dagover).

 

Es de destacarse que la actuación de Werner Krauss como Caligari sólo podría calificarse de extraordinaria. Desde su atuendo, su aspecto corporal, ominosamente gordo, canoso, mal peinado, con su sombrero alto y su bastón indeciso, se advierte que las líneas mentales del viejo doctor Caligari se dirigen, una y otra vez, al punto fijo del mal. Más que un hombre es un estado del alma, escribe Sadoul. Junto a Francis, quien imagina o alucina gran parte de los hechos de la película, son los protagonistas principales. Francis, al imaginar y contar la historia desde su personaje, hace cine dentro del cine. Así es que estamos frente a una película en la que cada imagen, escena y secuencia se enlazan de manera natural. Al principio de la cinta estamos en un patio, donde un hombre mayor, de unos sesenta años, con mirada turbada, de quien no sabemos su nombre, cuenta a Francis que los espíritus le robaron el corazón y a su familia.

 

En ese momento pasa frente a ellos la joven Jane, y Francis, dice: Es mi prometida. Lo que ella y yo hemos vivido es más extraño de lo que usted ha vivido. Lo que no sabemos aún es que los tres están en el manicomio y Jane se cree la reina. Es una cinta en la que el horror se hermana con el miedo y la angustia se encuentra apenas un escalón abajo del horror. Francis cuenta su extraño relato, pero para esto debe unir dos historias: la de él y su amigo Alan (Hans Heinrich von Tardowski), quienes anhelan a Jane, esperando, en una apuesta legal, que la joven elija a uno; la otra, la del doctor Caligari, quien llega al poblado de Holstenwal con un joven sonámbulo, Césare (Conrad Veidt), queriendo participar en la feria. Los organizadores dan a Caligari el permiso para hacer su espectáculo, el cual consiste en que Césare, quien yace en un ataúd, cuando alguien del público lo interroga, despierta de su letargo y contesta la misteriosa pregunta que se le hace. Empiezan a suceder los crímenes y el primero es el de un empleado del ayuntamiento y luego el de Alan. Francis se promete averiguar quién es el homicida. Mientras Césare comete los crímenes, el doctor Caligari guarda en el ataúd un muñeco idéntico al sonámbulo, con lo que Caligari engaña a sus perseguidores. Entre tanto, aprehenden y hunden en la cárcel a un inocente de esos crímenes, quien por demás carga con un aspecto repugnante y de cicatrices digno de un criminal.

 

Ahora bien, estamos inmiscuidos en un microcosmos que resulta agresivo y rechazable, pero por otra parte, el lenguaje gestual de las actuaciones, que en principio se siente excesivo, justamente por tal exceso expresa mejor el ambiente opresivo de la vida cotidiana en aquella tiránica atmósfera. Así es que las miradas angustiadas, los rostros horrorizados, los movimientos corporales enfáticos, al armonizarse con las incongruencias de la escenografía, sistematiza la demencia, que de extravagancia pasa a ser un canon. Además no olvidemos lo sublime del guion, con una audacia discursiva, al mismo tiempo de dar pie para muchas interpretaciones, la película se narra desde una sola perspectiva, la de Francis (Friedrich Feher), joven provinciano, en su relato, y por tanto en la cinta, se entrecruzan alucinaciones  y ansiedades típicas de la parálisis del sueño, que se reflejan en los interiores deformes e incomprensibles, lo que exacerba la sospecha, latente, pero no verificada, de la demencia de Francis. Sospecha peligrosa, que nos obliga a dudar de lo que percibimos y construir respuestas personales, siempre inconclusas, descendientes del Si Dios no existe todo está permitido, de Dostoievski.