El hackeo de los otros datos y la importancia de la construcción de la narrativa
Vivimos una época extraña, fascinante y peligrosa a la vez. Nunca antes la humanidad había tenido tanto acceso a información, ni tantas herramientas para producirla, replicarla y amplificarla. Sin embargo, tampoco habíamos sido tan vulnerables a la confusión, a la manipulación simbólica y a la erosión silenciosa de la verdad compartida. En este contexto, hablar del hackeo de los otros datos no es una metáfora exagerada, sino una descripción bastante precisa de lo que ocurre cuando la información deja de ser un insumo para la deliberación colectiva y se convierte en un arma narrativa.
Antes de entrar en los laberintos de la mente humana, en sus sesgos, atajos y autoengaños —que son reales, universales y profundamente humanos— es indispensable detenernos en un punto previo: la narrativa. No como propaganda burda, no como relato épico vacío, sino como el marco civilizatorio que permite ordenar los hechos, dotarlos de sentido y convertirlos en decisiones colectivas. Las sociedades no se mueven solo por datos, sino por historias. Y cuando esas historias se rompen, se distorsionan o se sustituyen por ficciones convenientes, lo que se hackea no es solo la información, sino la capacidad misma de comprender la realidad.
La era de la posverdad no llegó de golpe ni por accidente. Es el resultado de múltiples capas de transformación tecnológica, cultural y política. Internet, las redes sociales, los algoritmos de recomendación y la economía de la atención crearon un ecosistema donde la velocidad importa más que la veracidad, donde la emoción desplaza al argumento y donde la indignación se vuelve un producto altamente rentable. En este entorno, la desinformación no es una anomalía: es un modelo de negocio, una estrategia de poder y, en muchos casos, una forma de control social.
Aquí es donde el concepto de los “otros datos” adquiere relevancia. En su origen, al menos en el discurso público mexicano, la idea parecía partir de una intención legítima: reconocer que la realidad puede ser observada desde múltiples ángulos, que los indicadores oficiales no siempre capturan la experiencia cotidiana de las personas y que el monopolio de la interpretación también puede ser una forma de abuso. En ese sentido, hablar de otros datos podía entenderse como un ejercicio de pluralidad epistemológica, como una invitación a contrastar, enriquecer y complejizar el diagnóstico nacional.
El problema surgió cuando ese concepto dejó de ser un complemento crítico y se transformó en un sustituto de la evidencia. Cuando los otros datos ya no dialogaban con los datos verificables, sino que los negaban frontalmente. Cuando la discrepancia dejó de ser metodológica y se volvió ontológica: no es que interpretemos distinto la realidad, es que vivimos realidades paralelas. En ese punto, la narrativa dejó de ser cuántica —abierta, probabilística, consciente de la complejidad— y regresó a una versión burda de la física newtoniana: una causa única, una verdad absoluta, una fuerza central que explica todo y que no admite contradicción.
Esta regresión es particularmente peligrosa porque se presenta disfrazada de sentido común. Se apoya en frases simples, en oposiciones morales binarias, en la idea reconfortante de que alguien tiene el control y de que la complejidad es solo un invento de las élites. Y aquí entra en juego uno de los hallazgos más incómodos de la psicología cognitiva contemporánea: el punto ciego de los sesgos. La mayoría de las personas cree que los sesgos afectan a los demás, pero no a sí mismas. Nos pensamos racionales, críticos, despiertos, mientras asumimos que la manipulación siempre le ocurre al otro.
Este sesgo de inmunidad es una trampa profunda. No solo porque nos hace vulnerables a la desinformación, sino porque refuerza una confianza excesiva en nuestras creencias. Cuando alguien está convencido de que no puede ser engañado, deja de verificar, deja de dudar y deja de escuchar. Y en una sociedad donde millones de personas operan desde esa certeza ilusoria, la corrección colectiva se vuelve casi imposible.
La ciencia cognitiva ha demostrado que nuestro cerebro no está diseñado para buscar la verdad, sino para sobrevivir. Utilizamos heurísticos, atajos mentales que nos permiten tomar decisiones rápidas en contextos de incertidumbre. Estos mecanismos fueron extraordinariamente útiles en términos evolutivos, pero en el ecosistema informativo actual se convierten en vulnerabilidades explotables. Detectamos patrones donde no los hay, atribuimos causalidad a simples coincidencias y construimos narrativas coherentes a partir de fragmentos incompletos de información.
Así, si una política pública se anuncia con fuerza retórica y poco después ocurre un evento positivo, nuestro cerebro tiende a conectar ambos hechos, aunque no exista relación causal. Si se promete seguridad y disminuye momentáneamente un delito visible, ignoramos otros indicadores, otras violencias, otras formas de daño. La ilusión de causalidad hace el resto. El relato se impone al análisis.
En México, esta dinámica se ha vuelto especialmente evidente en el terreno de los datos, la seguridad y la tecnología. En pleno 2026, las principales noticias giran en torno a brechas de ciberseguridad, filtraciones de bases de datos, vulnerabilidades estructurales en sistemas públicos y privados. Y, sin embargo, la narrativa oficial insiste en minimizar los riesgos, en negar la magnitud del problema o en atribuirlo a conspiraciones externas. Los datos no soportan el relato, pero el relato sigue operando con eficacia política.
El caso del registro de líneas celulares es ilustrativo. Cuando en su momento se intentó implementar el padrón de usuarios de telefonía móvil, se advirtieron riesgos técnicos, jurídicos y de derechos humanos. La Suprema Corte invalidó ese intento, reconociendo que la medida no superaba los estándares de proporcionalidad y que ponía en riesgo datos personales sin una justificación suficiente. Aquella decisión parecía marcar un límite claro: no todo vale en nombre de la seguridad.
Sin embargo, los aprendizajes institucionales fueron mínimos. Años después, se retoman esquemas similares, con otros nombres, otros formatos, pero con las mismas fragilidades de fondo. Desde su arranque, los sistemas presentan vulnerabilidades. Bases de datos expuestas, controles deficientes, arquitecturas improvisadas. Y lo más preocupante es la posibilidad, aún no confirmada pero persistentemente señalada, de que datos biométricos estén involucrados. Si esto llegara a comprobarse, estaríamos frente a un daño prácticamente irreparable, porque los biométricos no se cambian como una contraseña.
Aquí es donde el debilitamiento institucional muestra su rostro más peligroso. No se trata solo de falta de recursos o de errores técnicos, sino de la erosión de contrapesos, de capacidades internas de autocorrección y de culturas organizacionales orientadas a la opacidad. Cuando las instituciones pierden autonomía, profesionalismo y memoria técnica, los errores dejan de ser excepciones y se convierten en patrones.
La narrativa, en lugar de corregirse frente a la evidencia, se endurece. Entra en juego el sesgo de confirmación. Se seleccionan los datos que encajan con la historia oficial y se descartan los demás. Las alertas se minimizan, los expertos críticos se desacreditan y las fallas se atribuyen a factores externos. El resultado es una espiral de autojustificación que se aleja cada vez más de la realidad.
Esta dinámica no se limita al ámbito de la seguridad o la protección de datos. Las reformas fiscales, las reformas en materia de seguridad y las que se avizoran en el terreno electoral comparten un mismo riesgo: la distancia creciente entre el discurso y los efectos reales. Se anuncian como transformaciones necesarias, incluso inevitables, pero sus impactos comienzan a sentirse antes de que entren plenamente en vigor. Cambios en incentivos, en cargas, en márgenes de actuación que afectan a personas y organizaciones que no siempre cuentan con información clara ni con canales efectivos de defensa.
En este contexto, hablar de hackeo de los otros datos es reconocer que la manipulación no ocurre solo a nivel técnico, sino simbólico. Los datos pueden ser correctos en su origen, pero si se presentan fuera de contexto, si se seleccionan de manera interesada o si se insertan en una narrativa engañosa, su efecto social es el mismo que el de una mentira. La desinformación moderna no siempre inventa hechos; muchas veces los edita.
Frente a esto, la ciencia ofrece una lección incómoda pero necesaria: el pensamiento científico no es natural. Es una disciplina adquirida, un conjunto de herramientas diseñadas precisamente para contrarrestar nuestros sesgos. La ciencia funciona como un sistema de control de la arrogancia. Nos obliga a dudar, a replicar, a revisar, a aceptar que podemos estar equivocados. La pseudociencia, en cambio, busca confirmar lo que ya creemos. Ofrece certezas rápidas, explicaciones simples y una sensación de superioridad cognitiva.
Cuando una sociedad abandona el espíritu científico —no como acumulación de datos, sino como actitud epistemológica— queda a merced de relatos cerrados, impermeables a la evidencia. Y cuando eso ocurre, la narrativa deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un campo de batalla.
Por eso, antes de hablar de un despertar de conciencias en términos místicos o introspectivos, es imprescindible recuperar la dimensión civilizada de la narrativa pública. Construir relatos que reconozcan la complejidad, que acepten la incertidumbre y que integren los datos como insumos para la deliberación, no como municiones retóricas. Esto no implica renunciar a la emoción ni a la identidad, sino evitar que estas sustituyan por completo a la razón.
La verdadera narrativa que México necesita no es la de la infalibilidad, sino la de la madurez. Una narrativa que acepte errores, que corrija rumbos y que entienda que el poder sin autocrítica se degrada rápidamente. Una narrativa cuántica, en el sentido más profundo del término: consciente de que la realidad depende del observador, pero también de que no todo es relativo; de que existen límites, probabilidades y consecuencias.
Tomar conciencia hoy no significa elegir bando, repetir consignas o consumir más información. Significa desarrollar la capacidad de incomodarnos con nuestras propias certezas, de contrastar relatos con datos y de exigir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. En una época donde los sistemas pueden ser hackeados, los datos filtrados y las narrativas manipuladas, la verdadera defensa no está solo en la tecnología ni en el derecho, sino en una ciudadanía cognitivamente despierta.
Si no reconstruimos la narrativa desde parámetros civilizados, otros lo harán por nosotros. Y entonces los otros datos dejarán de ser una invitación al diálogo para convertirse, definitivamente, en el síntoma de una sociedad que confundió la pluralidad con la negación de la realidad. En ese punto, el hackeo ya no será externo. Será interno, profundo y, quizá, mucho más difícil de revertir. Hasta la próxima.

