El Homo Ludens. (Parte 2)
Johan Huizinga, filósofo e historiador holandés, plantea la gradación siguiente: El niño juega con una seriedad perfecta, pero juega y sabe que juega. Sin embargo, y nuevamente a manera de ejemplo, el deportista juega también con apasionada seriedad, entregado totalmente y con el coraje del entusiasmo, pero juega y sabe que juega. El actor se entrega a su representación, al papel que desempeña o juega. Sin embargo, juega y sabe que juega. El pianista siente una emoción sagrada, vive un mundo más allá por encima de lo habitual y, sin embargo, sabe que está ejecutando o, como se dice en muchos idiomas, jugando. Así es que es esencial decir que el carácter lúdico puede ser propio de la acción más sublime.
Los conceptos de rito, magia, liturgia, sacramento y misterio entrarían, entonces, en el campo del concepto juego. Ahora bien, para no caer en un simple juego de palabras vale la pena señalar que la cultura, en sus fases primarias, tiene algo de lúdica ya que se desarrolla en las formas y con el ánimo de un juego. Podemos ejemplificar diciendo que la inseguridad de la línea de separación entre el juego y lo serio se manifiesta en el siguiente caso: se juega a la ruleta y se juega a la bolsa. El jugador admitirá en el primer caso que juega de verdad, pero no en el segundo. El comprar y vender, con la esperanza puesta en una subida o en un descenso de precios, se considera como una parte de la vida de negocios.
Sin embargo quizás hay que aclarar los conceptos del Homo Ludens en tanto ser social. En este sentido, la visión sociológica de Durkheim pudiera aclararnos más los conceptos. Él identifica esa dualidad constitucional de la naturaleza humana y comprende que lejos de ser seres simples, nuestra vida interior tiene como un doble centro de gravedad. Al ampliar el concepto, Durkheim explica que por un lado está nuestra individualidad con nuestros apetitos sensibles y por tanto egoístas y por el otro, aquello que expresa algo distinto a nosotros mismos, como por ejemplo, la acción moral que persigue fines impersonales. Esta antinomia profunda y radical, menciona el autor, no puede quedar realmente resuelta, se trata pues de una característica de nuestra naturaleza, eso es, una cuestión irresoluble e intrínseca del ser humano, que pareciera estar condenado a vivir una existencia atormentada que tan sólo puede atenuarla con mitos, creencias y tradiciones a las que se les atribuye un sentido que a la vez lo liberan de la zozobra.
Dentro de esas creencias estarían el culto religioso y entre una de las prácticas podría considerarse al juego, que se puede establecer como el canal preferente que el adulto utiliza para satisfacer su faceta egocéntrica de apetitos sensibles. Así es que al carecer de la utilidad funcional que Stone argumenta, el juego llena el espacio vacío de inquietud y descontento con un sentido de autosatisfacción individual y subjetiva. Para complementar D. Winnicott sitúa al juego en la intersección del mundo exterior con el interior, en ese espacio vacío o terreno baldío en el que confluyen las preocupaciones subjetivas y la vida común. Según este psicoanalista, entre las demandas de la realidad externa y la subjetividad interna se hace necesaria la creación de un espacio intermedio que ayude a la persona a liberarse de la tensión causada por la confrontación de esas realidades. Se trata de un espacio psíquico sin utilidad aparente: no es memoria, no es razonamiento, tampoco abstracción, pero es quizás, la parte más profunda de nuestro inconsciente, la única en donde las reglas no gobiernan, es un estado parecido a la ensoñación y a la ficción.
Aquí a manera de ejemplo se podría señalar, que con ciertos rituales como el vudú en Haití, la macumba en Río, se experimenta un trance que libera a la persona por unos instantes del sí mismo social y se penetra en esa zona que se le podría llamar tierra de nadie donde se dejan flotar sin orden alguno los impulsos. Entonces, quizás, sea posible observar el impulso lúdico no sujeto a reglas. En relación al comportamiento lúdico de las personas al interior de un determinado grupo social, parece claro que en la medida que una cultura posea un alto grado de socialización y desarrollo, de acuerdo con el modelo occidental que conocemos y que nos rige para bien o para mal, su actividad lúdica tenderá a ser estereotipada y mayormente reglamentada por las normativas sociales que prevalecen al interior del mismo grupo. Aquí encontramos los llamados juegos de sociedad que comprenden todos los de mesa, como el ajedrez o el dominó; así como también los de competencias deportivas, como el fútbol; estarían también los de emociones más fuertes, como las corridas de toros.
Así es que hay una variedad de actividades que van desde las más sanas y permisibles hasta las más violentas y provocadoras que son, por ello mismo, censurables. Sin embargo, en sociedades que están organizadas de manera más sencilla y en las que el avance tecnológico no predomina, se puede pensar que la canalización de sus necesidades lúdicas son más directas y sin la compleja elaboración simbólica de las sociedades modernas. Por ello, sus juegos y diversiones tendrán relación directa con la naturaleza y con las actividades de producción, celebrarán asimismo rituales en honor a la siembra, a la vida nueva y sobre todo, mantendrán un fuerte simbolismo colectivo. Así es que aquí se señalan simplemente para ejemplificar, de alguna manera, las tendencias de las expresiones lúdicas de dos grupos hipotéticos y socialmente diferentes sin pretender idealizar a ninguno.
Entonces, hay que decir que aunque la forma de expresión lúdica tome esquemas o moldes diversos, de acuerdo con la cultura que se trate, no dejará por ello de contener los mismos elementos paradójicos que aún en el mismo juego infantil vemos. Aquí es importante comenzar a señalar lo que expresan Berger y Luckmann (1968) a propósito de los roles sociales y lo que conocemos como vida cotidiana. Ellos dicen que la persona nace en medio de un grupo social determinado y dada su inmadurez biológica, el nuevo ser depende totalmente del cuidado de los adultos, quienes lo protegen y le satisfacen sus necesidades físicas y afectivas. Empujado por su indefensión como por sus necesidades emocionales, el niño se ve obligado a identificarse con los significantes, los adultos, de los que va aprehendiendo y conociendo el mundo en el que vive el otro. De esta manera, ese mundo inicialmente extraño para el nuevo ser se va convirtiendo en parte de él mismo. Esta identificación es esencial para la internalización de los roles que luego desempeñará la persona en la sociedad.
Ahora bien, en este proceso de identificación, llamado por Berger y Luckmann de socialización primaria, el niño se irá apropiando de los roles y actitudes de los adultos más cercanos; padres, hermanos, pero gradualmente, el proceso se ampliará a otras personas que son vitales en las subsecuentes etapas del desarrollo personal, como los maestros. En este orden de ideas hay diferencias en la forma de jugar y de juegos en las culturas, ello es debido a la singularidad de la vida cotidiana de los grupos sociales y a las conductas habituales que caracterizan a sus miembros.
Me parece que es fundamental también enmarcar a la persona en tanto homo ludens en el contexto de lo cotidiano que, sin duda, es lo hacedor de cultura, pero también de personalidad. Así que habría que señalar la noción de lo cotidiano, el mismo Elías (1998) se refiere a que bajo este concepto se pueden entender multiplicidad de hechos incluso contradictorios, pues su preocupación radica en que las escuelas sociológicas de corte fenomenologico y los etnometodólogos no han producido una teoría seria ni en lo sociológico ni tampoco observa lo equivalente en el campo filosófico. Sin embargo es pertinente ya precisar qué se entiende aquí por lo cotidiano, más allá de las advertencias de Elías. Ahora, podemos acudir a los planteamientos de Schütz y Luckmann (2009). Dar una mirada de la sociedad desde la vida cotidiana es el interés mutuo de estos teóricos. Entienden por vida cotidiana, el ámbito de la realidad del cual el hombre participa continuamente. Lo identifican como un mundo circundante, común y significativo, como realidad eminente. El mundo de la vida cotidiana es un mundo intersubjetivo, que en su significación ya fue experimentado, dominado y nombrado por los predecesores.
Ahora bien, si se partiera de una mirada estructural, se llegaría a la conclusión de que el cambio de las estructuras depende del accionar de grandes colectivos, adultos por demás, y que la infancia es un actor pasivo, pero al observar con detenimiento la vida cotidiana, se encuentra que la infancia está inmersa en ella, por tanto sumergida en la sociedad y sus estructuras, obligada a permanecer en las fronteras de la familia, la escuela o la comunidad, por lo menos en la mirada occidental sobre las instituciones sociales. A manera de ejemplo podríamos decir que mientras en la ciudad se busca proteger la infancia de los peligros de la contemporaneidad en el espacio físico y en el ciberespacio. Esta es una infancia que maneja los artefactos de la cultura de manera más eficiente que los adultos y que ya no depende de estos. Así es que existe una infancia autónoma e independiente. Esta es, los niños de la calle, los abandonados y los que trabajan desde muy temprano.
Por otra parte, la infancia es pensada como un sujeto que recibe el impacto de los cambios sociales. Las visiones estructuralistas de la sociedad aportan datos, evidencias, análisis y teorías, que dan cuenta de las formas como procesos de sedimentación en la larga duración y cómo son productores de cambios sociales. Se busca poner las grandes estructuras al servicio de la vida cotidiana, pues la pregunta en el orden teórico es cómo negar la historicidad de los sujetos desde las propias ciencias sociales, cuando son precisamente ellas las encargadas de reconocerla. Trabajar con y para los agentes que intervienen la infancia desde distintas perspectivas implica hacerse esas preguntas que la teoría sociológica no ha respondido, aún con los intentos de constituir un campo en el marco de las sociologías especiales, como lo ha señalado Gaitán (2006).

