El idioma del amor

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Querido lector, espero haya pasado un amoroso 14 de febrero, ese día en el que recordamos y celebramos tener a alguien a quien amar; un amigo, un amante. Alguien con quien encontrar, vivir y crecer en el amor.

El escritor cubano Roberto Fernández Retamar  preguntaba ¿Es que acaso el amor cruza tan pocas veces que verlo es motivo de extrañeza, de sobresalto, de asombro, de nostalgia; como oír hablar un idioma que acaso alguna vez se ha sabido y del que apenas quedan en las bocas murmullos y ruinas de murmullos?

Y claro que causa extrañeza y más en tiempo de adversidades, momento en el que se  pone a prueba y se deja al descubierto la levedad o ligereza con que podemos tomar al amor o lo que creemos de él. Según datos del INEGI, en México se registran 31.2 divorcios por cada 100 matrimonios y se prevé un aumento de hasta el 70% de separaciones debido a los problemas que ha traído la epidemia que estamos viviendo.

Cuántos no se prometen apoyo en las buenas y en las malas, cuántos se ciegan a la verdadera esencia del otro, a esos que parecen pequeños detalles, pero que al paso del tiempo se vuelven todo un problema si no se resuelven de inmediato o cuántos de pronto pierden el encanto por lo que ven ya sea al espejo o en quien comparten la cama; cuántos no somos vencidos por el miedo, la incertidumbre,  la muerte y perdemos la cabeza, la familia, el trabajo.

Olvidamos que un día también el sobresalto y el asombro mantuvieron la llama del amor, pero qué sucede cuando ese sobresalto proviene de lo más oscuro que puede haber en nuestra persona o en el del ser amado o de algún amigo entonces convendría recordar a Ovidio, el poeta romano que escribió a cerca del arte de amar y que advirtió al respecto que:

no siempre florecen las violetas

y los lirios abiertos, y en el

tallo donde se irguió la rosa

quedan las punzantes espinas

Porque no siempre el amor es color de rosa, ¿no?

Y dónde queda el asombro, cuándo deja de sorprendernos la belleza del otro, su espontaneidad, inteligencia, astucia, aquello que un día nos prendó. Cómo no seguir asombrándonos cuando cada día es un nuevo día, diferente al anterior, pero sucede cuando la cotidianidad, la rutina y sus estragos se agolpan en la cabeza, en el pecho ahogándonos lentamente hasta explotar en los gritos airados en los malos tratos.

La nostalgia, ese sentimiento que puede llegar a calcinar el alma por el recuerdo de cosas o personas y digo que calcina el alma porque leí en el libro El Golem de Gustav Meyrink que los corazones encerrados en sí mismos es donde las añoranzas son más ardientes, tan así que si no es controlado puede quemar todo a su paso.

El amor es un idioma que un día conocimos que está ahí en lo más recóndito de nuestra memoria, en algunos más escondido que en otros, pero ahí está, resonando, esperando a que nos convirtamos en nuestros propios intérpretes de ese idioma que buscamos descifrar, entender, vivir.

Para ello se requiere valentía, para que cuando se presente lo hagamos nuestro y no lo dejemos pasar, porque es más fácil desgastarnos en ese disonar de idiomas similares como la comodidad, la falsa seguridad de estar con quien no exige esfuerzo, que no pide amor, o las imposiciones de modas en las formas de relacionarse en la que el amor está ausente.

Y qué es el amor entonces, yo no lo sé, aún sigo descifrando ese idioma que me despierta cada día, que en algunos momentos entiendo y pone una sonrisa en mi boca, un brillo extraño y cálido en mis ojos, que entiendo en dar un abrazo o en un beso. En una caricia suave que parece hablar por sí sola.

Un idioma conocido para los afortunados, un idioma que pocos acaban por entender y que muchos seguimos tratando de descifrar y recordemos que lo verdaderamente oculto es tan solo aquello que es sagrado y que, aun al revelarse se retiene la naturaleza de lo inaccesible… decía Jean de Menasce, autor, académico y sacerdote francés.

Querido y aguzado lector, qué difícil puede ser hablar de amor, de definir el amor, por lo pronto simpatizo con la interpretación que hizo San Pablo del idioma del amor en la que dice que

El amor es paciente y bondadoso;

no tiene envidia,

ni orgullo ni jactancia.

No es grosero, ni egoísta;

no se irrita ni lleva cuentas del mal;

no se alegra de la injusticia,

sino que encuentra su alegría en la verdad.

… El amor nunca pasará.

Así es querido lector, el amor nunca pasará cuando verdaderamente se ha entendido, cuando se ha logrado escuchar, un idioma que difícilmente se podrá borrar de la memoria.