El mapa tácito de nuestra vida ordinaria
La semana pasada, me había referido muy breve y generalmente a las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein, tratando de invitar a los lectores de este espacio a su lectura anticipando una suerte de mapa para su lectura. En aquel espacio, había tratado muy brevemente un asunto fundamental que vertebra todo el libro, que me gustaría ampliar en lo que sigue: el sentido tácito que Wittgenstein quiere postular como indisociable de nuestro lenguaje, como el lugar en el que se forma y transforman los sentidos que damos a las cosas.
No perdamos algo de vista: Wittgenstein trata de entender, cómo nuestras necesidades y las prácticas sociales que inventamos para satisfacerlas quedan grabados en ciertas palabras por un proceso similar a un adiestramiento. Entendiendo así nuestra relación con nuestro lenguaje, podemos acceder a significados que no nos son evidentes desde concepciones del lenguaje similares a las que nos presentarían algunos defensores de una suerte de universalidad de nuestra gramática. Para esclarecer este punto, recurrir al proceso de adquisición del lenguaje en los niños es algo fundamental. Para Wittgenstein, los infantes no entenderían lo que se les dice porque existan conceptos sobre la realidad que nos son connaturales a todos en tanto tenemos entendimiento, sino por un proceso afectivo de adiestramiento que introduce en su vida psíquica rutas comunes de cómo reaccionar y llamar a las necesidades –sociales o biológicas– que tenemos dependiendo del contexto en el que nos encontremos. Ya no podemos hablar de mapas unívocos sobre nuestro interior, sino de circunstancias de adiestramiento.
Sucede, pues, que cuando pretendemos representarnos cosas a la luz de lo que las palabras y el lenguaje son como si sus estructuras y significados fueran unívocos, nuestros intentos siempre se terminan frustrando. Lo que intentamos entender o expresar a partir de conceptos es infinitamente más complejo que la imagen que las teorías tradicionales sobre la semántica nos presentan. Y es que, cuando ponemos la vista en las situaciones en las que, simplemente, actuamos sin preocuparnos por si usamos la palabra correcta o si conocemos una palabra acorde a nuestras intenciones, la niebla en la que nos sume el teorizar el lenguaje o nuestro interior mismo, se disipa. Ahora, entendemos, hasta qué punto, la finalidad y el funcionamiento de las palabras es un asunto social, afincado al azar en distintas palabras y formas que toman su sentido no solo en su uso como tal, sino en sus usos ordinarios, que es algo distinto.
Lo que nos desconcierta, siempre, es cómo en las uniformidades del lenguaje y en su aparente firmeza sean, sin embargo, donde se encuentra la mayor variedad y problemas de comprensión y por donde pasan las posibilidades de decir cosas nuevas y sentirlas como dotadas de sentido. Una vez sabemos aquello, nos sabemos perdidos cuando no tenemos el contexto para redirigir las palabras hacia su intención más exacta. En esos momentos, ¿qué hacemos?, ¿cómo adscribimos sentido sin contexto? Las vemos todas iguales y queremos establecer una generalización. Y, una vez asimilada la visión wittgensteiniana del lenguaje, sabemos que saciar esta ansia de orden conceptualmente es, incluso, moralmente cuestionable. Nos satisfacemos a nosotros, no al problema por el problema. ¡Ni que se diga de cómo se complica la comprensión del uso cuando filosofamos! No solo tenemos una pared de incomprensión, sino que vamos dudando de un uso y de otros sin suelo firme aparente porque el ejercicio filosófico tradicional, es algo solitario y desconectado de cualquier interacción humana, y así, nos llega irrevocablemente la pregunta ¿cómo podemos llegar a saber si estamos buscando el uso que nos conecta realmente con el sentido que aquella palabra realmente trató de expresar?

