El peso de los días: anatomía de un país que no termina de nacer

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Hay ciertas mañanas en las que el Perú se siente como una casa que nunca terminamos de habitar. Despertamos con el ruido del vecino que martilla, con el olor a gas de la cocina, con la noticia en el teléfono que nos recuerda que anoche, en algún lugar de la sierra, alguien fue asesinado por intentar defender el agua de su comunidad. Y sin embargo, seguimos. Tomamos café. Nos ponemos los zapatos. Salimos.

Esa es la primera paradoja de este país: la normalidad como forma de resistencia pasiva, y también como forma de claudicación.

Hoy, 5 de agosto de 2026, han pasado casi tres meses desde que Keiko Fujimori asumió la presidencia. Tres meses desde que el país decidió (o mejor dicho, desde que el país fue llevado a decidir) que el camino del olvido era más cómodo que el de la memoria. Tres meses desde que la segunda vuelta electoral nos dejó, a quienes no votamos por ella, con esa sensación de haber perdido no solo una elección, sino una posibilidad de ser de otra manera. No voy a escribir sobre la coyuntura como si fuera un parte de guerra. Otros lo harán mejor. Otros dirán qué medidas ha tomado, qué ministros ha nombrado, qué ajustes fiscales ha propuesto, a mí, hoy, me interesa otra cosa: la textura de este tiempo. Eso que no aparece en los comunicados de prensa pero que se siente en la calle, en el bus, en la mirada del que sabe que su voto no sirvió de nada pero sigue yendo a trabajar.

La democracia como hábito y como herida

En La insoportable choledad del ser (abril de este año), escribí que la democracia en Perú no es un milagro, sino un hábito. Y que los hábitos se construyen un acto pequeño a la vez. Votar, decía, era uno de esos actos. Votar era el momento en que la levedad peruana se suspendía por un instante, y el ciudadano se volvía, por un segundo, denso.

Pero ¿qué pasa cuando ese hábito se vuelve rutina vacía? ¿Qué pasa cuando votas con conciencia, y tu voto no gana, y la persona que gana representa justo lo que combatiste?

La respuesta fácil es la resignación: total, todo sigue igual. La respuesta difícil, la que cuesta articular sin caer en la amargura, es otra, la democracia no es solo el momento del voto. Es también el momento del después. Es la organización en los barrios. Es la resistencia cotidiana. Es el no-normalizar lo que no debe ser normalizado.Y aquí, como filósofa, me veo obligada a recordar a Hannah Arendt. Ella decía que la política no es el gobierno de unos sobre otros, sino la capacidad de

aparecer en público, de ser vistos, de actuar juntos. La política, para Arendt, es el espacio de la acción concertada. No es solo elegir, es construir, no es solo votar, es deliberar.

¿Qué nos queda, entonces, cuando el espacio público parece secuestrado por una maquinaria que no nos escucha? ¿Qué nos queda cuando los medios están capturados, cuando el Congreso es una extensión del ejecutivo, cuando la oposición parece más preocupada por sus propios intereses que por los del país?

Nos queda, quizás, lo que siempre nos ha quedado: la potencia de lo pequeño, las ollas comunes que no esperan al Estado para alimentar a sus niños. Las rondas campesinas que administran justicia donde la ley no llega. Las organizaciones de mujeres que, en los mercados y en las calles, tejen redes que el poder no puede ver porque no sabe mirar hacia abajo.

La memoria contra el olvido oficial

Hay algo particularmente obsceno en el regreso de Keiko Fujimori al poder. No solo porque representa una continuidad de la política que su padre instauró: el neoliberalismo como religión, la represión como método, la corrupción como sistema. Es obsceno, sobre todo, porque su llegada es también un triunfo del olvido.

En estos meses, he visto cómo los medios, incluso los que se dicen críticos, han ido dejando de hablar de los crímenes del fujimorismo. Las esterilizaciones forzadas a más de 300 mil mujeres quechuas, los asesinatos de La Cantuta y Barrios Altos, las desapariciones forzadas, el Colina, el SIN,todo eso se ha ido desvaneciendo de la conversación pública como si fuera polvo que el viento se lleva.

Pero el polvo vuelve…

El filósofo peruano Augusto Salazar Bondy hablaba de la conciencia de la carencia como rasgo fundamental del ser latinoamericano. Y es verdad: nos definimos por lo que nos falta. Pero también, y esto es crucial, nos definimos por lo que olvidamos. Porque el olvido no es pasivo: es activo. Es una decisión política. Es un dispositivo de poder que nos impide construir un futuro diferente porque nos niega el acceso a un pasado que no fue cerrado.

Rocío Silva Santisteban, poetisa y activista peruana, ha insistido en que el conflicto armado interno no terminó en 2000. Solo cambió de nombre: ahora se llama lucha contra el narcoterrorismo. Y el método, como vimos en Colcabamba, es el mismo: la ejecución extrajudicial, la fabricación de narrativas, la impunidad.

Keiko Fujimori no es solo una presidenta. Es la encarnación de ese olvido. Es la prueba de que se puede tener sangre en las manos y sin embargo ser elegida,

porque el sistema ha logrado que la memoria sea un lujo que no podemos permitirnos.

Pero yo me niego a aceptar ese lujo como inaccesible. Me niego a creer que el olvido es inevitable. Por eso escribo. Por eso estoy aquí.

La filosofía como resistencia: Deleuze, Fanon y la potencia de lo menor

Cuando pienso en la resistencia en un contexto como el peruano, no puedo dejar de pensar en dos figuras que han atravesado mi pensamiento este año: Gilles Deleuze y Frantz Fanon.

Deleuze, con su concepto de líneas de fuga, nos enseña que la resistencia no siempre es frontal. A veces, la resistencia es desviarse, es encontrar los intersticios por donde el poder no puede pasar. Es no jugar el juego que el poder te impone, sino inventar otro juego, con otras reglas. En el Perú de hoy, eso podría significar muchas cosas: no participar en la lógica de la indignación mediática que el poder alimenta para distraernos. No creer en las encuestas que nos dicen quién va a ganar y quién va a perder. No dejar que el miedo nos paralice. Pero también podría significar algo más concreto: tejer redes. Las redes de solidaridad que el poder no puede controlar porque no las ve. Las redes de cuidado que el capitalismo desprecia porque no producen plusvalía. Las redes de memoria que el olvido no puede borrar porque están hechas de carne, no de papel. Fanon, por su parte, nos recuerda que la descolonización no es un proceso abstracto. Es un proceso corporal, es decir, es aprender a habitar el mundo de otra manera. Es reeducar los gestos, desaprender la sumisión, recuperar la voz que nos fue robada.

En el Perú, la descolonización no es solo una consigna, es una necesidad material. Porque nuestra historia no es la de un país que se hizo a sí mismo, sino la de un país que fue hecho por otros. Y esa hechura, como bien señala el historiador Jorge Basadre, nos dejó con una levedad original: la independencia fue otorgada, no conquistada. Y desde entonces arrastramos ese peso de no haber sudado nuestra libertad.

Coda, el país que no termina de nacer

Vuelvo al principio. A esa sensación de habitar una casa que nunca terminamos de construir. A esa mañana en que el ruido del vecino, el olor a gas, la noticia en el teléfono, se mezclan en una misma pregunta: ¿qué hacemos con este país que nos duele pero que también nos sostiene? No tengo respuestas fáciles. No vengo a vender recetas. Vengo, como siempre, a nombrar, nombrar la derrota sin que se vuelva eterna. Nombrar la rabia sin que se vuelva veneno. Nombrar la esperanza sin que se vuelve ingenuidad. Y en ese nombrar, quizás, encontrar la fuerza para seguir. No para seguir como si nada hubiera pasado, sino para seguir sabiendo lo que pasó, para seguir sin olvidar.

El Perú, como dijo el poeta Antonio Cisneros, es un país que se mira al espejo y no se reconoce. Pero quizás el problema no sea el espejo, sino la mirada. Quizás el problema sea que llevamos tanto tiempo mirándonos con los ojos de otros que hemos olvidado cómo mirarnos con los nuestros.

Hoy, 5 de agosto de 2026, quiero mirar el Perú con mis propios ojos. Quiero ver sus grietas, pero también sus brotes. Quiero ver su violencia, pero también su ternura. Quiero ver su pasado, pero sobre todo quiero ver las posibilidades que aún no se han cerrado.

Porque si algo me ha enseñado este año de escritura, si algo me enseñó el mimo en la Plaza de Armas y el chofer en el bus y mi abuelo que partió demasiado pronto, es que el mundo no está terminado. Que está siendo hecho. Y que nosotros, con nuestras manos pequeñas y nuestras palabras inciertas, somos parte de esa hechura. No sé si Keiko Fujimori leerá alguna vez estas líneas. Pero si lo hace, quiero que sepa que hay personas que no se rinden. Que hay personas que recuerdan. Que hay personas que, a pesar de todo, siguen creyendo que otro Perú es posible.

Y ese otro Perú no nacerá de un decreto ni de una ley. Nacerá, como siempre han nacido los países que merecen ser vividos, de la potencia de los días. De esa rutina que no es solo rutina, sino también resistencia. De esa mañana en que, a pesar de todo, decidimos seguir.

Bibliografía (para quien quiera profundizar):

  • Arendt, Hannah. La condición humana. Paidós, 1993.
  • Basadre, Jorge. Perú: problema y posibilidad. 1931.
  • Deleuze, Gilles; Guattari, Félix. Mil mesetas. Pre-Textos, 1988.
  • Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra. FCE, 1961.
  • Salazar Bondy, Augusto. ¿Existe una filosofía en nuestra América? 1968.
  • Silva Santisteban, Rocío. El conflicto armado interno no terminó en 2000. (Entrevistas y artículos diversos).
  • Portocarrero, Gonzalo. Rostros criollos del mal. 2004.