El principio de la vida

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El niño, vigilando al mundo, va de la mano del viejo. La calle pueblerina, de vil tierra, los postes de luz de madera, nopales, magueyes y casas de adobe.

El viejo, metido en sus pensamientos y el niño que algo busca en el terroso suelo, casi es jalado por el abuelo.

Y al dar vuelta a la esquina fue cuando se aparecieron: dos perros en celo buscando fornicar con una perra: dos canes brosas, vagabundos, pretendiendo comerse, copular, hacer suya en esa esplendorosa mañana de sol a una rozagante representante femenina del reino perril.

Respetable caballero chapado a la antigua vio con azoro como uno de los perseguidores canes revolcando a la suculenta perra buscaba introducirle su arma vital.
– Mira abuelo.

-Si hijo ya vi.

-¡Ve, abuelo!, ¡Mírala! Y el niño jalando la mano del viejo, algo tomó del suelo. Este, fingiendo no ver, vio como un jadeoso can se atenazó con firmeza al postifaz de la perra y comenzó el muelleo de la posesión.

El niño apretó la mano del viejo.

– ¡Vela bien, abue!

El viejo apurando el paso, y sin mirar atrás, respondió al desgaire:

-Simplemente hijo, es principio de la vida cuando seas más grande lo entenderás.

Y el niño viendo a contraluz la canica bombacha recién rescatada del suelo, en su infantil concepción del mundo, notando que el sol se recreaba en rayitos de colores en ese mundito de cristal, entendió supo y captó por que se decía en el pueblo que el abuelo era un sabio.