EL RECEPTOR DEL TELÉFONO COLGANDO, ¿DEL OTRO LADO QUIÉN?
Si usted quiere hacer una denuncia anónima como testigo y no tener problemas por los ruidos de objetos lanzados contra la pared, seguido del llanto de alguien, lo más conveniente es que llame de un teléfono público. Esto fue lo que escuché decir a una abogada penal, quien se encontraba asesorando a una familia testigo de la violencia que sufría una persona en su domicilio. La noticia me impactó, pero más aún la respuesta de la abogada; yo no recordaba que los teléfonos públicos estuvieran en funcionamiento, por ello decidí poner a prueba mi duda.
Ese mismo día al salir del trabajo, caminé sobre Isidro Fabela, desde Tollocan hasta llegar a la calle Morelos, en todo el trayecto no encontré un teléfono público, pero no me di por vencida y ahora emprendí mi camino sobre la calle Morelos, la idea era llegar hasta los portales del centro de Toluca, para mi sorpresa no encontré un solo teléfono de monedas, que eran los únicos que recordaba, cuando pensé que mi búsqueda había terminado, observé sobre la calle de Allende, las bases donde se encontraban estos teléfonos de la compañía de Telmex, en ese lugar solo estaban los cables cortados, no habían más teléfonos de monedas, por lo menos en Toluca.
Era el año de 2024; la abogada y yo creíamos que los teléfonos públicos aún estaban en funcionamiento. Fue un hallazgo lamentable para mí; el tiempo había transcurrido, no lo habíamos notado. Sin embargo, no siempre fue así. En nuestro país los teléfonos fueron toda una revolución. En la década de 1930 aparecieron los primeros teléfonos que funcionaban con fichas; para 1960 dejarían de utilizar fichas para convertirse en teléfonos de monedas. La comunicación se volvía cada vez más accesible, puesto que tener un teléfono en casa era para gente de dinero. Estos últimos aparatos aceptaban monedas de veinte centavos, las extintas moneditas que ya nadie te entrega de cambio.
Para utilizar estos teléfonos, se tenía que descolgar el auricular y esperar a que diera línea para depositar los veinte centavos; por cierto, de esta acción surge una de nuestras frases más emblemáticas para decir que hicimos conciencia: se te acabó el veinte o te cayó el veinte. A propósito de los teléfonos de moneditas, el periodista y narrador Alejandro Aricega, tiene un cuento llamado Teléfono urgente, el cual me parece ideal para ilustrar cómo la vida cotidiana transcurría tras un cable por el cual se filtraban palabras importantes, desde acordar una cita hasta pedir empleo. Esta comunicación se veía limitada por las demás personas que también lo usarían, esto sin contar con la poca privacidad que cada individuo tenía.
Entonces transmitir un mensaje era un proceso tardado y tedioso, fue hasta después de 1980 que la tecnología dio un gran salto al traer nuevos teléfonos para uso personal, tener uno era un lujo, ahora las personas tenían más acceso a la comunicación a distancia, así mismo a la privacidad, por supuesto que los teléfonos públicos siguieron en funcionamiento, se reinventaron, ahora para utilizarlos era necesario comprar una tarjeta prepago, años después, principalmente a principios del año 2000, los celulares eran cada vez más pequeños y prácticos, ahora se podían enviar mensajes de texto por tan solo $1 de saldo, a su vez comienza la venta de las famosas recargas telefónicas y tarjetas con saldo.
El teléfono público de cabina era cada vez menos utilizado; por ello decidieron actualizarlo. Ahora volverían a ser teléfonos de moneditas, y aunque la idea resultó atractiva por algunos años, lo cierto es que hoy esos teléfonos ya no están en Toluca. Poco a poco comenzaron a desaparecer del país; solo están los cables que un día transmitieron información. Para tener acceso a un teléfono ya no necesitamos un cable, ni una cabina para hablar, hoy el celular es de los productos mas vendidos, en donde pasamos mas tiempo, desde donde se terminan relaciones amorosas, se entrevista a candidatos para un empleo, nos enteramos de las noticias en tiempo real, pero sobre todo pareciera que, de nuestras manos al celular, hay cables a los cuales estamos atados, vamos con él a todos lados, dormimos con él, ni siquiera para comer lo dejamos, tal vez por eso no habían notado la ausencia de los teléfonos públicos y mucho menos lo dependientes que somos de un celular.

