El retorno de los mitos en la era digital

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El ser humano moderno se percibe a sí mismo como racional, crítico y emancipado de los viejos mitos. Cree haber dejado atrás las supersticiones, los dioses caprichosos y las explicaciones simbólicas del mundo. Sin embargo, basta mirar con un poco de atención para notar que nunca estuvimos tan rodeados de mitos como hoy. Sólo que, ya no los reconocemos como tales. 

Los mitos no desaparecen. Cambian de forma. Se actualizan. Se disfrazan de progreso, de tecnología, de información. Y cuanto más convencidos estamos de haberlos superado, más poder tienen sobre nosotros.

Durante siglos, los seres humanos consultaron oráculos para conocer su destino. El gesto era claro, había algo afuera que sabía más, que veía más lejos, que podía orientar la vida. Hoy ya no caminamos hasta templos ni encendemos hogueras sagradas. Abrimos aplicaciones. Y repetimos, sin darnos cuenta, el mismo movimiento psíquico, preguntamos afuera lo que no nos animamos a escuchar adentro.

El algoritmo se ha convertido en el nuevo oráculo. Una inteligencia invisible, omnipresente, silenciosa, que parece conocernos mejor que nosotros mismos. Nos sugiere qué música escuchar cuando estamos tristes, qué serie ver cuando estamos cansados, qué camino elegir, a quién amar, qué desear, qué pensar. Y como no se presenta como mito, sino como cálculo, creemos que es neutral. Pero ningún oráculo lo fue jamás.

No estamos frente a un fenómeno puramente tecnológico, sino simbólico. Hemos proyectado la omnisciencia divina en el código. Le hemos entregado la capacidad de saber por nosotros. El problema no es la tecnología. El problema es la inconsciencia con la que la investimos de poder.

Lo mismo ocurre con los superhéroes modernos. Figuras que todo lo pueden, que no dudan, que no caen, que no se quiebran. Héroes sin grieta, sin sombra, sin humanidad. Representan el viejo anhelo de omnipotencia, pero actualizado al lenguaje de nuestra época. Prometen salvación sin descenso, poder sin límite, éxito sin transformación interior.

También las teorías conspirativas cumplen una función arquetípica. En un mundo complejo, caótico e incierto, ofrecen una narrativa totalizante, alguien controla, alguien sabe, alguien mueve los hilos. Aunque se presenten como pensamiento crítico, muchas veces funcionan como mitos encubiertos que alivian la angustia de no comprenderlo todo. Es más fácil creer que hay un enemigo omnipotente afuera que aceptar la incertidumbre y la propia fragilidad.

Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es que ya no sabemos que estamos frente a mitos.

El mito nunca fue el enemigo del ser humano. Al contrario, le dio sentido, pertenencia, orientación. El mito siempre nos dice que somos parte de algo más grande. El peligro aparece cuando olvidamos que estamos dentro de un mito. Cuando dejamos de reconocerlo como símbolo y lo confundimos con realidad objetiva. En ese momento, el mito deja de orientar y comienza a gobernar.

Hoy adoramos mitos sin saber que lo son. Creemos que elegimos libremente, pero seguimos guiones invisibles. Creemos que pensamos por cuenta propia, pero muchas veces repetimos narrativas que nos preceden. Y cuanto más creemos que el poder está afuera, en la tecnología, en el sistema, en los ídolos, en las figuras salvadoras, más pequeños nos sentimos por dentro.

La inteligencia artificial, los algoritmos, las narrativas heroicas y las explicaciones conspirativas no crean nada nuevo en la psique humana. Solo reflejan, amplifican y aceleran lo que ya estaba ahí. Son espejos sofisticados de una mente que aún no se reconoce a sí misma.

Cuando el ser humano no reconoce sus propias potencias, las proyecta. Cuando no reconoce su capacidad de saber, la deposita afuera. Cuando no reconoce su responsabilidad, busca salvadores. Y entonces ocurre algo paradójico, termina subordinándose a aquello que él mismo creó.

Hay una verdad incómoda, pero profundamente liberadora que atraviesa toda psicología profunda y toda enseñanza auténtica, no existen ídolos externos con poder real. Todo ídolo es una proyección de algo no integrado. Nada afuera puede darnos identidad, sentido o dirección. Cuando creemos que sí, inevitablemente nos sentimos carentes, dependientes, separados.

El algoritmo no nos domina por fuerza. Nos domina por creencia. Le damos crédito. Le entregamos criterio. Confiamos en que sabe. Y cuanto más confiamos en que sabe quiénes somos, menos nos escuchamos. No porque tenga poder real, sino porque hemos olvidado que la capacidad de elegir, discernir y sentir no puede venir de afuera.

Esto no es una invitación a rechazar la tecnología, ni a idealizar el pasado, ni a desarmar todos los relatos. Es una invitación a recuperar conciencia. A recordar que toda herramienta puede ser espejo o amo. Oráculo o destino. La diferencia no está en el objeto, sino en la conciencia con la que lo usamos.

Cuando creemos que el poder está afuera, vivimos obedeciendo. Cuando comprendemos que lo que adoramos afuera es una parte nuestra no reconocida, recuperamos la libertad. La tecnología no es enemiga del alma; es su reflejo. El problema aparece cuando olvidamos que estamos mirando un espejo y empezamos a arrodillarnos frente a él.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea destruir los mitos, sino aprender a verlos. Reconocerlos. Habitarlos sin ser poseídos por ellos. Porque cuando dejamos de buscar afuera lo que nunca estuvo perdido adentro, algo esencial se ordena.

Y en ese gesto silencioso… el de retirar las proyecciones… comienza, tal vez, la forma más profunda de libertad que el ser humano puede experimentar hoy.