El robo
El par de mozalbetes esperó hasta que salió el último cliente. Los policías ayudaron a cerrar y, a media noche, el gran centro comercial MIXCOCAC quedó como momia.
– Ven… es por acá. Y el que durante quince días había espiado el ir y venir del gran centro, el movimiento de los guardias y cómo entrar, fue directamente a una abertura entre un ventanal y el pavimento.
– Mira por aquí cabemos.
Y prestos se metieron por ahí al enorme comercio, a estas horas, sin gente y sin vida.
Los abrumó la abundancia: ropa, línea blanca, refrigeradores enormes conteniendo vituallas mil. El chavo que la hacía de guía, abrió la fría tapadera y extrajo una gelatina con ciruelas pasas.
RIING. Como sonora llamada de teléfono antiguo se oyó. Se encendieron las luces que estaban apagadas y el chavo ya ni su gelatina terminó. Y luego luego siete feroces policías les gritaron, ¡alto!, ¡manos arriba! Y otras leperadas que no vienen al caso. El par de cuates más asustados que la chingada, alzaron los brazos rápidamente y fueron esposados y, como delincuentes que eran, fueron conducidos a una patrulla.
En ese momento, ya pasada la media noche, un elegante tipo, gerente general de la famosa cadena MIXCOCACO, le trata de explicar al secretario de Hacienda por qué su enorme línea comercial no ha pagado durante cinco años 235,622 millones de pesos de impuestos.

