El símbolo incomprendido

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Es más que extraño que, tal y como están las letras hoy en día, las librerías no hayan visto y vivido su ocaso inminente. En la era de lo inmediato en lo informativo y del reinado de lo utilitario, ¿qué sentido puede encontrar el individuo común, inmaduro de ideas de por sí, en adquirir un libro? Un libro y su abordaje suponen siempre una imposición de pesquisar tranquila y diligentemente lo que interesa, o de esperar que se dibuje íntegramente el paisaje al que se pretendía viajar con él. Por lo mismo, es también un ejercicio que se recompensa con una fijación férrea de ideas y de valores fecundos en nuestra memoria, al que enfrentarse, será, siempre, algo tan trabajoso como azarosamente fecundo.

Pero aquello ya es, para el niño, el joven, el estudiante o hasta el adulto común que en su tiempo no bebió del caudal de la lectocracia, agua derramada que afortunadamente el inmediatismo y el facilismo de nuestro tiempo se está encargando de secar, para escurrir en la cubeta de lo anacrónico, hasta arrojarla directamente a la profundidad indefinida del desagüe del olvido más ingrato. Hoy viven las letras y su mercado de sobredimensión, pero no de ansias de nuevas ideas. Se ha entrado en un periodo que históricamente será recordado como trágico y no en el sentido dramatúrgico, pues pocas veces había sido tan fácil para los autores llenar páginas por decenas y para el lector devorarlas hasta por centenas en una sola tarde. Y es que, ¿qué obra que se precie, admite o permite a su lector concluirla y entenderla a cabalidad en una tarde o en tres?, ¿cómo puede ser posible que el sujeto novela o el sujeto ensayo acepte el predicado leerse en cinco días?

Parece, pues, que si aún vive el texto físico es porque es capaz de contener todo cuanto exige la cúpula de lo normal para estar dentro de ella hoy en día. Porque, al margen del asunto, es cierto que siempre que haya en un lugar universidades que se precien, el libro nunca será una especie cercana a la extinción. Por inaudito que pueda parecer, hoy lo siguiente es una realidad apreciable con los ojos de la cara: se ha conseguido hacer transmutar al libro, con la mayor pérdida de profundidad y rigor posible, en un simple portador de cuatro o cinco tardes entretenidas, y ha dejado de ser, fundamentalmente, un conducto a lugares inconmensurables de sentido y de belleza, o a los más edificantes discursos que sobre el género humano se han ensayado.

Tal y como está el panorama, si le queremos exigir luces de optimismo tendremos que, no sólo mirar sino también insistir, en que el acercamiento al texto clásico en el centro secundario donde quiera que miremos, no parece ser suficiente. Y es que, este contacto primerizo nunca se acompaña con el refinamiento del qué se lee, del juicio, del entender antes que el terminar de leer y aprobar y esta es una de las principales razones por las que la lectocracia que reinó en el ayer empieza a ver cada vez de más cerca su ocaso. Pero qué hacer, si el texto físico y su abordaje ha sido suplantado en el nivel secundario y en el universitario, por la copia del resumen de internet en casi todos los lados del mundo, porque el libro siempre impone lo que hoy más se detesta: no tener prótesis que solucionen inmediatamente lo que se requiere.

No hay, pues, nadie más diestro en sus juicios y opiniones que aquél que contrasta incansablemente opiniones y perspectivas recurriendo por sistema a la fuente primaria. Y, siendo hoy en día el caudal de información que se tiene cerca casi interminable, es una complicadísima tarea conocer a alguien realmente inmunizado contra los extremismos, los eruditos a la violeta, y los no poco abundantes estrategas de la palabra y del espíritu.

El individuo moderno es una entidad esencialmente conducida por estímulos, inmediatez, y símbolos de los que recibe placer, comodidad, practicidad y estatus, que se ve y se sabe –aunque no quiera reconocerlo– inminentemente  derrotado ante el término de cualquier texto literario o ensayístico que se precie, y que por lo mismo necesita tachar o tildar de anacrónico e inservible lo que humilla con literaria parsimonia a su orgullo. Pero ¿qué pedirle a quien solamente sabe contactarse con la realidad a través de cortos de treinta segundos? Admitámoslo: la pupila común está acostumbrada a los más llamativos colores, a los más falaces argumentos, y a las menos corroboradas fuentes, sin ni si quiera saberlo.

La gravedad del asunto, toma, acaso, algo más de sentido si nos atrevemos a recordar qué pasaba décadas atrás, recibiendo el pie forzado de la anécdota:

En una región del sur del Perú, quien fuera el Sr Casella un día fue distribuidor de Aguilar, del Ateneo, de Bruguera y de Uteha, es decir, de todo cuanto editorialmente valía su peso en oro, Y por lo mismo, alguien que tuvo la mejor fuente posible para entender el carácter de sus últimos días. La región, era, por antonomasia, un lugar de ingenieros, arquitectos y médicos, con un leve gremio de abogados y de profesores que disfrutaba de los clásicos de la literatura universal, que después disfrutó de primera mano todo cuanto el Boom produjo por haber completado la tremenda tarea de haber leído en su totalidad a los clásicos. El Quijote en cualquier estudio de abogados era un infaltable y cualquier médico se estremecía con las tragedias de Calderón de la Barca, y era común ver al arquitecto y al ingeniero imbuidos en la tarea de desentrañar los densísimos volúmenes de la obra de Tolstoi. Así que el Sr Casella no dio abasto durante largos y la insignia de ser una región mayormente culta recaía honrosa por sobre el sur. Pero entrados los dos mil el Sr Casella comprendió lo que significaba tener, desde hacía varios años, estanterías completas de clásicos intactos detrás de su sillón. Nadie, excepto los profesores de humanidades, le compraba nada, y con los años se vio leyendo el periódico, triste, y abrazado por sus estanterías de ejemplares retractilados, con la mirada de quien ha sido oscurecido por el carácter de sus días. El enigma de sus ojos bajos se resolvió cuando uno de sus hijos le preguntó por su desolación aún con sus elevadísimas ventas de otro tipo de textos, pues el Sr Casella, se sintió imponente al decir: Los arquitectos me compran libros de planos, los ingenieros todo tipo de libros de cálculo, los médicos me pagan fortunas por libros ilustrados de anatomía y vendo códigos civiles y penales por montones a los abogados, pero nadie me compra un Quijote hace quince años…

¿Y?, Papá, las ventas están bajas.

¡Las ventas no están bajas!, ¡lo que pasa que este país se está yendo al carajo!