El suicidio, la amenaza silenciosa tras la pandemia: “es algo que te rompe por dentro”

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Cada día hay una media de 10 suicidios en el país. Uno cada dos horas y media. Fueron 3,671 en 2019, según el Instituto Nacional de Estadística. Es la principal causa de muerte no natural desde que en 2008 superó a los accidentes de tráfico —a los que ahora doblan, pero temen un repunte: la pandemia ha sacudido la salud mental de la población y han aumentado las autolesiones e intentos de suicidio entre los jóvenes.

Profesionales, familiares y asociaciones llevan años clamando en el desierto, pidiendo más inversión; una estrategia transversal a nivel nacional; un teléfono gratuito de ayuda de tres dígitos, como el 016 de la violencia de género; campañas de sensibilización; formación y capacitación en diversos ámbitos, no sólo sanitario, también educativo, por ejemplo.

La Organización Mundial de la Salud calcula que cada suicidio causa un impacto serio en al menos seis personas. Farelo ha vivido tres duelos muy seguidos: primero, su hermano; después, su hermana Ana; y hace unos días, su madre, que estaba enferma. El peor, el de Ana. Te queda la culpa, muchas preguntas. Se despidió de mí, pero en ese momento no fui consciente. Vino a casa y me trajo una piedra de un pueblo de la Vall d’Aran que me encanta, me dio un abrazo y me dijo que me quería mucho. Yo no lo entendí en su momento, luego ya sí, afirma. “Los ‘y si’ son horribles: ¿y si la hubiera llamado? Luego esto lo vas trabajando y ves que la culpa no es de nadie.

En la Confederación Salud Mental España sostienen que las causas del comportamiento suicida son numerosas y complejas y, en su mayoría, están relacionadas con situaciones vitales, bien constantes o circunstanciales. Añaden que algunos de estos condicionantes pueden ser la pobreza, el desempleo, el abuso de alcohol y estupefacientes, malos tratos en la infancia, trastornos mentales, etc. En nueve de cada diez casos de suicidios había algún problema de salud mental asociado.

El suicidio es un problema de país, coinciden las voces consultadas, y faltan respuestas para las víctimas y también para sus familiares. En los últimos años han proliferado estas asociaciones de supervivientes, un lugar donde sentirse escuchados, comprendidos, no juzgados. Pero hace falta mucho más, cuando ocurre, y esto es doloroso, muchas veces te das cuenta de que hubo señales, pequeñas conductas o verbalizaciones, como expresiones de desesperanza o un futuro negro, que no estamos entrenados para ver, pero no estamos orientados para prevenir el suicidio.