EL SUSURRO ÁUREO
El mundo se sostiene en alas diminutas.
Ellas, con su zumbido casi imperceptible, son las tejedoras de una alfombra invisible, cada vuelo es un hilo, cada partícula fina un nudo, cada flor un pacto secreto con la eternidad.
Ellas son arquitectas encubiertas, levantando catedrales de vida con sigilo. No demandan aplausos ni coronas, su reino es el instante en que la flor se abre y el fruto se compromete.
El equilibrio que custodian es frágil,
un pesticida es el sicario que las acecha,
un bosque talado es un templo derrumbado,
un clima alterado es un reloj que no puede dar la hora.
Y es ahí, donde el cristal del equilibrio se agrieta,
dejando a la luz lo que siempre estuvo oculto,
que algo tan pequeño y frágil puede sostener lo inmenso.
Ellas, son las guardianas del tiempo, midiendo estaciones con su vuelo, recordándonos que la abundancia no es eterna, que la vida depende de acciones mínimas, que la vida está en los detalles.
Ellas son como puentes, entre lo efímero y lo eterno, un instante de fecundación se convierte en siglos de continuidad. Son custodias del cristal de la vida, sosteniendo con delicadeza lo que podría quebrarse en cualquier momento.
Cavilar sobre ellas es como mirarnos en un espejo microscópico,
somos huéspedes sostenidos por alas doradas,
somos la fragilidad disfrazada de poder,
somos el equilibrio que tiembla en cada flor.
Su zumbido, a quien algunos tanto le temen, es un canto de advertencia,
donde cuidar lo pequeño es cuidar lo esencial, y,
donde proteger lo invisible es proteger lo eterno.
Ellas son una especie de hilos dorados del destino, donde en cada vuelo, van bordando la sucesión de la vida. Su zumbido es un rezo antiguo, un canto que sostiene la memoria de los campos y la promesa de los frutos. Donde ellas pasan, la tierra florece, y, donde ellas se ausentan, la tierra se marchita.
Son centinelas del silencio, protectoras de lo que no vemos, son una especie de pacto secreto entre la flor y el fruto, entre la raíz y el cielo. En su aparente pequeñez habita la grandeza de lo etéreo.
El equilibrio que ellas custodian es como un péndulo suspendido, basta un soplo para desviarlo, basta un mínimo descuido para romperlo. Es por eso por lo que, mientras ellas vuelan, el mundo se mantiene en simetría.
Ellas son alas, nosotros raíces,
ellas son vuelos, nosotros pesos,
ellas son instantes, nosotros memorias,
ellas son silencios, nosotros ruidos,
ellas son fragilidad que construye, nosotros soberbia que destruye.
Sin embargo,
Sin sus alas, las raíces se secan,
sin sus vuelos, los pesos se hunden,
sin sus instantes, las memorias se borran,
sin sus silencios, los ruidos se ahogan,
sin su fragilidad, la soberbia se aplana.
El equilibrio es como un cristal suspendido en el aire, las abejas lo sostienen con su susurro áureo y su danza dorada, y, si nosotros no aprendemos a cuidar lo mínimo, romperemos lo que nos sostiene, y nos quedaremos con lo que nos destruye.

