El vértice cósmico
I
Laura pensó que la tarde era un buen momento para haber regresado a su país después de diez años. Solo se dio cuenta lo mucho que había estado lejos cuando advirtió que numerosas calles y edificaciones habían cambiado. Afuera trató de no sentir nostalgia por la lejanía y trabajó en lo que sabía hacer muy bien y por lo que se había ganado el exilio. Ahora retornaba. El azul oscuro de la tarde la entristeció más aún. Una tarde para volver, una tarde para perderse en la soledad. A diferencia de sus compañeros ella no tenía parientes en su país, ni uno. A decir verdad, no tenía familia en ningún lugar del mundo, era la única hija de una pareja que luego de divorciados no tuvieron más hijos y murieron cuando ella estaba muy niña. Quienes la criaron ya habían fallecido, unos tíos que desde que los conoció eran ya ancianos. Nunca tuvo una relación amorosa larga, ninguno de los hombres con los que pasó un tiempo le hacían sentir conforme. Para decir la verdad, su tiempo para socializar era reducido, era tan esclava de sus actividades que le restaban solo espacios muy escasos para la vida privada. Su vida íntima era a la vez su vida pública.
Había vuelto para cumplir con una misión en concreto: debía proteger la vida de un científico.
Caminó desde la salida del aeropuerto un par de extensas cuadras luego de escapar de los taxistas. Siempre le agradó caminar, aunque eternamente le punzaran sus pies planos y las varices que le marcaban ambas piernas, pero al que le ha dolido algo desde siempre no siente mucho la diferencia. Nadie ama lo que no conoce y ella nunca supo muy bien lo que era la ausencia de dolor físico. Caminando comprobó que muchos lugares que creía reconocer estaban más que alterados, habían sido transformados casi por completo, especialmente la vegetación, ya no existía. No pudo evitar recordar la elevada cerviz del manzano.
II
La pared se le venía encima cuando comprendió que volar tan bajo dentro de una casa era un grave error y podría herirse en cualquier momento. Bajó. Se sentó a pensar un rato, a descansar. Era mejor despertarse temprano y salir a volar a esa hora, pues en realidad daba la impresión de que el tiempo no pasaba y uno podía aprovecharlo al máximo. A esa precisa hora uno no era joven ni viejo. El tiempo sobraba. No como en el atardecer. Habría sido mejor posarse en una rama y sentir la brisa. Pero se sintió cansado y prefirió parar en aquel instante. Rememoró mirar distante a todo el orbe y darse el lujo de bostezar con la tranquilidad y la suficiencia de poder hacerlo pues ya se había cumplido con las obligaciones matutinas, con las tareas de la mañana del cosmos, del amanecer de los gases volcánicos, del vapor de agua, del dióxido de carbono y del nitrógeno; ya habíase deleitado rozando la envergadura de un extremo al otro en la cima de Makhonjwa, del Roraima o en Aravalli. Siempre sus remeras primarias habían sido fuertes y le prodigaban velocidad y sus coberteras alares tan dinámicas, que el planear cerca de las cúspides era un ejercicio vertiginoso no exento de peligros. Eso le encantaba.
Hasta hace muy poco se sentía verdaderamente hermoso y tierno, y joven. Sí que era lozana esa sensación: el sentirse todopoderoso. A pesar de la fuerza que le impelía los recuerdos, se sentía cansado. Últimamente se agotaba muy rápido. Remontarse le era fatigoso. No es que se importunara mucho, pero algo le estaba haciendo sentir que debía frenar a cada momento.
Además, no había limpiado sus alas en días. Ya era hora de hacerlo. Tal vez por eso le costaba tanto volar. Las astillas de seguro estaban enredadas con hojas e hilos. Ya había ocurrido una vez. Esa ocasión en que casi va a dar a las escaleras de una iglesia, a los pies de los mendigos. Se pudo morir aquella vez. De no ser porque logró dar un giro y se posó en ese balcón viejo lleno de maceteros, en donde la descubrió.
Le pareció fea pero triste. La siguió mirando y la visitaba desde ese día todas las mañanas luego de inspeccionar las crestas del universo, y algunas tardes. Era como que le agradeciera que al tener su balcón allí le hubiera salvado la vida. Tal vez pensó, justo en ese ventanal habíase iniciado su cambio. En realidad, ella nunca notó que él había aterrizado en su maceta, junto a la más verde de las plantas que cuidaba. Y de tanto ir a visitarla ya no le parecía fea. Le agradaba. A veces él quería cantar para alegrarla, pero sabía que no podía cantar. Nunca aprendió. Es más, pensó que si lo hubiera intentado la habría hecho sentirse más triste.
Dejó de meditar sobre su amiga silenciosa. Estiró las plumas, afiló bien sus ojos, iba a retornar, pero quería primero planear bien alrededor de la esquina abierta, sobre la cual muchos autos pasaban de prisa sin detenerse a mirar hacia arriba. Se desperezó y voló. Pronto llegaría el día en que para los utilitarios transeúntes de esta ciudad egoísta no les quedaría posibilidad de panear. Ya se acercaba el día. Pero debía estar en forma. Decidió regresar para examinar sus alas. Ya desde hacía mucho tiempo necesitaban de una limpieza profunda.
Iba directo a su nido a revisar sus bien diseñadas alas, sujetas con arneses a su espalda. Se apresuró.
III
Las escaladas matemáticas iban de tres a cinco y luego regresaban a tres para después proyectarse a siete o nueve y terminar en dieciséis. La temperatura variaba intempestivamente. Los ladridos metálicos debían de ser medidos en acuedactas y la timbrofonía podía disretroctarse en el espacio a partir de la teoría pensada pero nunca escrita por el estractor, profesor Helenisto Sa. Aquella conjetura volvió impelotestes a todos los que trataron de plantear cálculos sobre ella y también a los que redactaron extensísimos o muy breves escritos con el objetivo de conceptualizar su radio de influencia en la ciencia, la técnica, la anticiencia y la taxografía metacuántica o polimonística.
El profesor Sa había desafiado a matemáticos, físicos, sociomistas y pretemodernos a demostrar lo que su teoría halló como irrefutable: la relación entre la función del acueducto de Silvio y el cómo los chinos en el siglo VIII antes de Cristo habían señalado que toda limitación que exija un esfuerzo persistente acarrea consigo un desgaste de gran energía. El que Schopenhauer hablara de la intimidad entre voluntad e insatisfacción que lo conducía al pesimismo más cruel, el profesor Sa lo atribuía a la forma en que Joab escogió la altura de la quinta costilla para matar a Abner y por ello la maldición de David para la familia de Abisai guarda equidistancia argumental con el arte con que se tiñeron con sangre los antiguos hombres que se transformaron en animales al matar a los iracucha, sus parientes. Esta última constituía la línea nodal de sus elucubraciones y experimentos: la mutación como centro de la transformación.
Demostró la profunda relación entre la fundación del Tahuantinsuyo en el siglo XIII y la anterior decadencia de los estados Huari y Tiahuanaco en el centro de los Andes en el siglo X con la geometría hiperbólica del universo. Comprobó como la difusión de las lenguas bantúes en el África central y meridional desde el siglo V a. C. y el colapso de los mayas entre los siglos IX y X como antecedente de la expansión del Imperio Mongol en el siglo XIII, fueron interdependientes.
Expuso con solvencia como los frescos del Juicio Final de la Iglesia de Santa Cecilia de Transtevere que muestran un Jesús poco rígido, por resultado de la decisión de Cavallini de huir del sentimiento medieval antes de tiempo, se encuentran fundidos con la relatividad de la simultaneidad de Einstein, para lo cual había que reconocer a la dislexia como un problema endocrino y no fonológico, aceptando claro está que los ejercicios para flexibilizar la columna de Rudolf Klapp se basaron en la facilidad que tuvo Nictímene para hacerse lechuza, Estilbe para parir centauros y Casiopea para hacerse hermosa.
Aunque la teoría sufría de algunos vacíos, como por ejemplo el no haber podido demostrar fehacientemente lo que parecía una deducción flagrante o un acercamiento hipótetico o una merlusis cuantigonía: el que las causas de la guerra de las Dos Rosas entre los York y los Lancaster en el siglo XV, se remontara a la llegada de los chinos al delta de Tonkín, en el siglo II antes de Cristo, o ─tema muy importante para los críticos del profesor─ el que las diagonales no pudieran dibujarse con otra línea diferente a la oblicua. Justificadamente, la nueva teoría del profesor. Sa alteraba las nociones tradicionales de las relaciones entre los vértices no consecutivos. No obstante, sus críticos recusaban esas ideas.
Sí había logrado probar, muy por el contrario, cómo el salario para Keynes no se comporta como precio debido a la inexactitud de la sanatana dharma del hinduismo, cuya eternidad como ley duraría tanto como su pretensión de pervivir a través de sus creyentes.
Lo que no le perdonaban los pretemodernos al profesor era su virtud para hacer sencillo lo complicado, para narrar lo denso de forma transparente (inclusive utilizaba el vidrio imaginario), para olvidar términos de más de tres sílabas al explicar a sus discípulos las situaciones de la vida y de la muerte también. En sus clases se hacía más patente que nunca su teoría lingüística de la reducción del sonido y las grafías para hacer del lenguaje una universalización mental, como lo llamaban burlonamente sus enemigos pretemodernos, él decía que era para democratizar la palabra.
Montó en cólera cuando pretendieron cambiar el término hambre por distanciamiento alimentario y la razón explotación, por sobreutilización interrutinaria excesiva. Una cosa era eludir términos peyorativos y otra esquivar la realidad. Esta tendencia era para él una diznorrea lejana de la acendrada serendipia que caracterizaba a sus investigaciones y propuestas.
Sufría mucho Sa, cuando veía que las tesis universitarias y mermenduzcas no podían ser de una página, aunque facilitaran en esa extensión la explicación cuántica o mecanizaran celularmente la nanotecnología. Poema fácil y directo no era poema y pintura que se entendiera a simple vista y sin explicación, era considerada un insulto por los pretemodernos. Hablaban de destrucción de cánones preestablecidos, pero instauraban un nuevo canon con todo el apoyo logístico y prosaico de los gobiernos.
A esto el profesor lo llamó piesismo, un poco para entrar burlonamente en la tónica de los nuevos términos, tan necesarios, pues para “nuevos universos del conocimiento se necesitan nuevas categorías que expliquen las nuevas realidades”. El piesismo satirizaba a lo pedestre de estas ideas (por lo menos para el profesor) y a cómo separaban en piezas lo estudiado, sin entenderlo como una integridad.
El profesor Sa tuvo que soportar durante algunos meses el trabajo conjunto que le fue impuesto por los directivos del Instituto con un pretendido colega, el doctor Heez Sepia Suppus, que sostenía como gran idea el recomendar a los estudiantes no leer, no escribir mucho, no interesarse en los aspectos históricos, apartarse de la filosofía y el arte y solo especializarse en vender ideas. Según Sepia Suppus la venta era lo que dotaba de humanidad a la sociedad. El que no entraba en el círculo de compraventa, no podía formar parte del mundo de las ideas. Y había que ser implacable en esto. De acuerdo con su doctrina, el hecho generaba la legitimidad, fuera como fuera, a esto le denominó: conciencia invisible.
Frente a este personaje los pretemodernos eran muy inteligentes y hasta bondadosos. Los estudiantes fueron influenciados por Sepia Suppus, a tal extremo, que un grupo de ellos lo secuestro y lo vendió a los traficantes de esclavos, para comprobar sus tesis sobre la conciencia invisible. Aunque su desaparición fue explicada por las autoridades científicas como un cese por descanso médico. No se supo nunca nada más de él. Lo que sí se constató es que su esposa y sus dos pequeños hijos fueron más felices.
Esto le permitió a Helenisto terminar su alianza temporal con los pretemodernos cuyo piesismo no lo llegó a amilanar y continuó con su conspiración teórica. Hasta que anunció que había logrado sintetizar sus teorías en una fórmula. ¡Sí, en una fórmula!
El gran logro ocurrió una tarde del mes de luego del final de setiembre, cuando entre las cuatro y cincuenta y nueve y las cinco y uno, hora señalada exactamente en el viejo reloj de péndulo de su abuela paterna, tuvo el profesor la certeza de que había hallado la sintaxis del método que premiaba años de esfuerzo, aliviaba fuerzas gastadas en debates estériles, recompensaba insomnios y décadas sin amor y entregaba a la humanidad algo más que palabras.
IV
Las dos calles que cubrían el barrio estaban aquel día llena de obreros que sentados en las veredas escribían decenas de datos sobre formularios arrugados por sus propias manos apresuradas y callosas. Pablo los observó como quien los conoce desde siempre. En verdad, cada vez que la empresa, cuyas oficinas estaban situadas en el extremo de la primera esquina, necesitaba personal, ocurría eso. Y pasaba cada dos o tres meses. Los pobres trabajadores solo conseguían el empleo temporalmente. Pablo pensó que era muy injusto escribir tanto y aguardar bajo el calor o el frío, sentados en aquellas sucias veredas, para poder trabajar por un salario de miseria.
Su hermano Fernán había vivido lo mismo varias veces, pero con las empresas mineras. Cada vez que necesitaban personal iba y regresaba luego de meses, más pobre y enfermo. Y una vez no regresó más. A Fernán lo envolvía de vez en cuando la idea obsesiva de que lo había visto en la azotea del edificio al frente del suyo, más precisamente había reconocido su rostro rodeado de lo que parecían ser plumas. Pero después se convencía de que lo había soñado, aunque prefería a su hermano posado en un techo que muerto en alguna montaña lejana.
El recordar a su hermano lo entristeció, así que se olvidó del asunto de los obreros por completo y fue a hacer lo que su madre le había pedido que hiciera: ir por el pan.
A diferencia de Pablo que escogía mirar hacia el costado y sumergirse en sus asuntos estrictamente personales como una especie de protección egoísta frente al dolor, su madre estaba muy involucrada con las familias de los trabajadores, en las ollas comunitarias y las cadenas de ayuda mutua.
V
La sensación de sentir su cuerpo dentro de una forma ajena a la que siempre había tenido, lo angustió. No, no era su piel dentro de una envoltura ajena, no, él mismo era otra forma, otra estructura, él mismo se era ajeno. Días atrás en medio del proceso había podido entrever a un hombre árbol.
Él que siempre consideró el dolor como parte fundamental de la poesía, rechazaba este padecimiento que lo hacía otro. Aunque cuando escribía poesía se sentía verdaderamente otro ser, esta mutación era extrema. Pero al mismo tiempo intuía que no podría ser de otro modo.
La desesperación era total, era como creer que iba a morir, pero podía nadar, de hecho, lo hacía, tenía la forma del pez más raro que nunca hubiera imaginado, de color violeta, con expresión de rabia y amargura en los ojos de cristalino muy esférico. Sentía que se iba a sofocar, no se adaptaba a ser pez, a pesar de que no podía ahogarse porque lo era, no quería aceptarlo y se sentía morir e imprudentemente sacaba el cuerpo a la superficie y allí experimentaba la asfixia verdadera y apretaba las inexistentes manos para romper el molde en el que se hallaba capturado y…despertó.
VI
Me molestaba su apariencia de escorpión agazapado. Sus manos que cuando comía parecían quelíceros, su espalda que al caminar era un caparazón y su mirada que en lugar de ojos eran ocelos. Todo un alacrán. Y así de venenoso. Aguijoneaba al hablar. Sin embargo, gustaba a mujeres y hombres e impresionaba a todos. Sus discursos encendían las polémicas, sus ocasionales contrincantes terminaban por darle la razón en medio de la orgía insalubre pero apasionada de sus palabras. Los más osados y competentes en los libros y la oratoria, caían rendidos a sus pies, lo habíamos visto una y otra y otra vez. Habíamos escuchado a algunos que hasta apostaban, se preparaban con días, inclusive con meses de anticipación para derrotarlo en debates de tópicos diversos como, por ejemplo: sobre economía agraria o desarrollo de la investigación sobre el cerebro o la relación existente entre el desarrollo industrial y las especies en extinción. Lo vimos disertar con (contra) biólogos, médicos, ingenieros, matemáticos, escritores, pedagogos, lingüistas, políticos, empresarios, arquitectos y muchos más, además de artistas o expertos en arte y nunca sus planteamientos fueron vencidos. A pesar de que muchos de sus adversarios se documentaban bien sobre los temas por los cuales iban a debatir contra Helenisto, a pesar de eso, terminaban por transmutarse frente a nuestros ojos, dándole la razón, capitulando. Y no porque no supieran sobre lo tratado o porque fueran menos talentosos, muchos de ellos quizá lo fueran más que él, pero triunfaba y se convertía en tendencia una y otra vez.
Él siempre tiene una teoría nueva sobre cada asunto, además de estar enterado de lo último investigado en cada tema y de las últimas polémicas al respecto.
Enseña a pensar en una época en donde es importante no hacerlo. Su tesis más extrema sostiene que si un ser humano lo desea puede transformarse orgánicamente en otro ser para terminar con sus padecimientos. ¿Cómo puede proponer eso cuando nosotros enseñamos que la mejor forma de vivir es adaptarse a lo impuesto por las inversiones? ¿Acaso él no se da cuenta que es la única forma de vivir? ¿Lo odio? Sí, hondamente. Pero eso pronto se solucionará.
Ya se había resuelto con su expulsión del Instituto, el asunto del poeta Arístides Menchaca. Este se había hecho famoso por su poesía y por sus escritos sobre estética. Se consiguió silenciarlo en sus tesis de libertad creativa y misión del artista en la sociedad y se pudo hacerlo disertar sobre los negocios del espectáculo y de la industria del arte. Sin embargo, solo aparentó cambiar y después regresó a sus viejos tópicos, los cuales para nosotros constituían la arqueología del pensamiento. Esta recuperación de sus postulados habituales fue motivada por una joven discípula suya que le reclamó el haber abandonado sus viejas tesis. Ella le dijo que la había decepcionado. Y no quedó más remedio que recurrir a la separación. Luego, desapareció.
Respecto a Helenisto: ¿cuál es el secreto en su forma de hilvanar el pensamiento, su extraña capacidad para intuir conductas de todo tipo? A mí me incomoda intensamente esa intuición instalada como poderosa cualidad en ristre. Y su carácter de rabiosa anomalía.

