El violín de Alvarito (Basado en hechos reales)

Views: 1088

Introducción

Mis más grandes aventuras se inician en un pueblito, lejos de la ciudad y lo más cercano al paraíso, donde el vestido mágico de la naturaleza y los colores primarios de la sencillez, imperaban en la ensoñación del cuadro campestre más maravilloso.


Escuchar un concierto musical era un verdadero regalo para los oídos, y ahí era donde yo, entraba en acción.


Soy Cyparissa, el violín de ciprés más armonioso y melódico del lugar. Mi caja armónica, mi mango, mi diapasón, mis cuerdas, mi puente, mis clavijas, mis efes, mi barbada y, sobre todo, mi alma, me hacían ser el más fantástico y perfecto instrumento musical que pudiera existir ante los ojos de Álvaro, quien, al verme en el escaparate, no dudó en interesarse por mí. Así que decidió comprarme en un viaje a la ciudad y llevarme con él.

Desarrollo

No era como todos los violines, que necesitaban de un violinista; necesitaba mucho más que eso, alguien tan especial a quien entregarle mi alma y que, a su vez, él me entregara la suya, alguien que, con sus manos milagrosas y su sentir de lienzo crepuscular, me hiciera lucir y mostrar la belleza de mi música interior para proyectarla al exterior, como la mejor obra de arte.


Al ver a Álvaro, o Alvarito, respetable campesino, comerciante y músico de conducta intachable, sentimientos honorables y un gusto especial por la música, supe que, con él, lograría mi sueño.


La conexión no se hizo esperar; era casi mágica, como si entendiéramos cada uno las exigencias y deseos del otro. Y era así como, juntos, creábamos nuestros mundos mágicos de música, sentimientos y emociones, acaparando la atención de todo aquel que nos escuchara.


No sé cómo lo hacía, pero me sacaba las mejores notas y yo, a él, la mejor inspiración.


Cuando se trataba de una fiesta, como por ejemplo: un evento familiar, o un festival escolar con motivo del Día de la Primavera, Día del Niño, Día de las Madres, etc. Me ponía muy contento, porque sabía que, antes de ponerse guapo para la ocasión, primero que nada, me sacaría brillo a mí, para estar impecable amenizando la fiesta, y que, juntos, pondríamos a bailar como pirinolas a toda la concurrencia. Y así era: mi música alegre y la creatividad y buen humor de Alvarito, llenaban de algarabía cualquier lugar, ocasionando que, apenas nos escucharan, los pies de los presentes se movieran solos, como hojas de papel  por el aire, sin importar la edad, bailoteando al ritmo de música que brotaba de nuestras almas.


Lo mismo ocurría en la casa donde vivíamos, la cual era grande, de adobe, con tejas rojas y pisos de madera, lo que provocaba que los pasos de baile, se escucharán con mayor fuerza y efusión.


Como si fuera un niño de primaria esperando a su madre en la salida de la escuela, y que, por más que la buscaba, por alguna razón, no llegaba. Recuerdo con profunda tristeza, el día en que, después de muchos años juntos, me quedé esperando sobre la mesita que, Alvarito, tenía destinada para mí. Me parecía muy raro que no llegara, dado que, él era muy puntual en sus citas y jamás me hacía esperar.


— ¿Estará bien? ¿Por qué no viene? —me preguntaba en el silencio, guardado en el interior de mi oscuro estuche, que parecía más negro y frío que nunca.


Había mucho movimiento en casa; se escuchaban pasos por todos lados, pero esta vez no eran de alegría, más bien, se percibía un ambiente gélido y de tristeza. Incluso, escuchaba llorar a algunas personas, tanto de la casa como visitantes, lo cual me ponía bastante nervioso y preocupado, pues eso no era a lo que estaba acostumbrado.


No tardé mucho en darme cuenta de que, para mi mala fortuna y la de toda la familia, Alvarito había fallecido y que ya no estaría más con nosotros. Cuando me enteré, sentí que se me hacían nudo las cuerdas, estaba estático, paralizado, triste y desolado. Sabía que ya no habría más conciertos ni presentaciones con mi mejor amigo y compañero de toda la vida. Que esta vez lo tendría que acompañar en su último adiós y tocar para él, las notas musicales más tristes y dolorosas de toda mi existencia.


Apenas inició la música de despedida, toda la gente empezó a llorar por su sensible partida. Fueron muchos los familiares, amigos y vecinos que se unieron para despedirlo, con una gran cantidad de flores que también parecían llorar de tristeza, al igual que yo.


Mi alma estaba deshecha en ese momento, y todo yo, convertido en un insignificante leño con cuerdas. No podía permitir eso. No era lo que hubiera querido Alvarito; ambos fusionábamos nuestras almas para que la gente estuviera feliz, no para ponerla triste. Así que, decidí despedirlo con música alegre.


Mi alma salió de mi cuerpo para ir en busca de la de Isidro, el hijo mayor de Alvarito, a quien le transmití todas mis emociones y mi sentir, empeñado a vivir en su ausencia, como él me enseñó, con alegría, optimismo  y pasión.


Por otra parte, el alma de Isidro estaba acongojada e inquieta, como sintiendo mi llamado, hasta que ambas se encontraron y se fusionaron, como alguna vez lo estuvieron la de Alvarito y la mía, creando una nueva melodía, tan hermosa como conmovedora. Así, mi alma se seguía sintiendo unida a la de Álvaro a través del alma de Isidro, quien a partir de ese momento me sostenía y era él, el encargado de sacar mis mejores notas. Todos los demás instrumentos nos seguían.

La gente cambió su actitud aplaudiendo, cantando y echando vítores en memoria del mejor violinista de todos los tiempos, en esa colorida y peculiar comunidad rural.


Ya no estaba triste; mi luz de esperanza se había encendido de nuevo, mi alma se liberó y dejó volar hacia lo mágico y lo etéreo, el alma de Alvarito, allá donde las notas musicales son flores y los recuerdos se transforman en brillantes estrellas.


Sabía que Isidro, hijo mayor de Alvarito, con una personalidad extrovertida, sencilla y natural, quien además había heredado de su padre su talento y el gusto por la música, no me dejaría solo, que ambos seguiríamos con su legado, llevando alegría hasta que mi caja armónica y mi mango pudieran sostener mis cuerdas.


Y así fue, y aún seguimos juntos, yo, ya un poco cansado y desgastado, pero con la experiencia suficiente para seguir dando conciertos musicales aunque sea de vez en cuando, y sirviendo de instrumento para que, nuevas generaciones aprendan a tocar sus propios violines, en las clases que Isidro, felizmente imparte a los chiquillos de la comunidad, junto a mí.

Desenlace


Isidro se siente feliz al tocar el violín que fuera de su padre, y yo, más feliz aún, de recordar a Alvarito en el alma y las manos de su amado hijo, con quien hicimos una mágica conexión desde el primer momento en que ambos sabíamos que nuestro destino era terminar juntos. Como juntas están nuestras almas, desde la partida irreversible de Alvarito, que aunque ya no está físicamente con nosotros, su alma sigue unida a la nuestra.

Continuamos con su legado para que no se pierda a través de los alumnos, que con mucho amor y entusiasmo acuden cada tarde, cuando el sol empieza a dormir, a tomar sus clases de violín.

Fin.