Elección de la transformación de humano en ‘ser humano’

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Es muy común que cuando hablamos de nosotros mismos como una unidad lo hagamos con el término de humanos. Sin embargo, parece que hemos olvidado una parte esencial de nosotros mismos en cuanto a conciencia colectiva e individual. Al hablar de humano estamos contemplando sólo nuestra clasificación biológica, es decir, lo que nos une con los demás seres vivos. Si bien se nos distingue como individuos pensantes, aún falta aquella parte casi divina que nos separa de ellos. Así es, un humano es un animal racional. La definición es clásica;  se observa en la Grecia de Platón y Aristóteles.

 

Es ahí donde se establece a la razón como la característica que anida en el hombre. Veamos brevemente el origen de lo que es un humano. Nuestra especie es Homo sapiens, pertenece al grupo de los primates, que han estado asociados con las selvas de tipo tropical casi desde su origen en el Cretácico, hace más de 65 millones de años, donde aparecieron algunos pequeños mamíferos que vivían en los árboles. A los humanos se nos clasifica entre los hominoideos, donde se encuentran los simios antropomorfos como los chimpancés, los gorilas, los orangutanes y los gibones. Es posible entonces que provengamos del Australopithecus afarensis, que es una especie conocida gracias al descubrimiento de los restos fósiles de una hembra en el desierto de Afar en Etiopía, que vivió entre 3.9 y 3.5 millones de años atrás, a la que bautizaron con el nombre de Lucy en 1978.

 

Aquí es donde comenzaremos a hablar de aquello que comúnmente olvidamos cuando nos referimos a nosotros mismos, pues somos seres humanos, esta palabra que se omite, aparentemente, de forma irrelevante, sí tiene una gran implicación en los procesos de transformación de las personas, pues está minimizando lo que pareciera evidente, pero es el sustento de lo que verdaderamente nos diferencia de las especies. Se trata de nuestra propia ontología.

 

Somos el único ser consciente de su propia finitud, es decir, somos creadores de  un sentimiento tan específico y único como lo es la angustia existencial. Su efecto es mostrarnos que requerimos crear un sentido a los actos de vida y a la vida misma. De ahí mismo pasamos al proceso de trascender. Así es que el producto más acabado de nuestra propia creación es el ser humano como inventor de significados personales y masivos organizados en relatos. No hay que olvidar que somos seres emocionales, es decir, estamos involucrados en modelos organizativos y evolutivos que son anteriores a la racionalidad y se mantienen presentes durante todo el ciclo de la vida. Nuestras elecciones cotidianas están directamente ligadas a la emocionalidad. Y aunque ésta no sea consciente, no significa que no intervengan en el momento y acto de decidir.

 

Antonio Damasio en El error de Descartes lo explica muy bien, los llamados tipos de personalidad, como cualquier otro criterio diagnóstico, suponen inevitablemente una particular modalidad de procesar las emociones. No existe la posibilidad de cambios personales sin mover esquemas emocionales-interpretativos del pasado. Cuando se da una transformación, yo diría que se da el despertar del humano al ser humano, en tanto misión y razón de ser. Esto está en la esfera de las posibilidades que es el infinito, entonces, cuando se está en esta transformación, no se trata sólo de los pensamientos. Implica invariablemente un desequilibrio emocional, un cuestionamiento de estos esquemas primarios, una crisis de identidad para crear el auténtico modo de sentir pensar y actuar. Es decir, la propia integridad como ser humano. Las emociones se sienten  como verdaderas. No mienten, no son engañosas. Son lo que sinceramente una persona siente. Otro tema diferente es que esa sensación parezca sobredimensionada, ante sí mismo o ante los ojos de otras personas o posiblemente injustificada respecto del hecho que la desencadenó, por ejemplo. Así es que el ser humano en tanto ser esencialmente racional, es una falacia post-cartesiana ya que somos un ser que se estructura en la intersubjetividad, es decir, lo hace a partir de los otros. Desde los sonidos intrauterinos iniciales, pasando por el aprendizaje de la lectura de los propios sentimientos y pensamientos hasta la lectura y valoración de los sentimientos y pensamientos de los otros. Los otros siempre se están formando y definiendo en tanto interlocutores reales o imaginarios, pero ahí están. El tema es que el ser humano oscila permanentemente entre la búsqueda de la autonomía y la dependencia de los otros. Entonces, una persona que no necesita de ningún otro, es o un ideal psicótico o un producto literario. Sin embargo, la persona absolutamente dependiente de los otros, está condenada a sentir sensaciones de invalidez y desvalimiento absolutas que no le permitirían armar su propia vida y generar su propio destino. Estos extremos son marca de patología. No estamos entonces exentos de la búsqueda de una homeostasis, un equilibrio, que requiere ir de adentro hacia afuera.

 

Esta actividad reflexiva es la que permite el autoconocimiento y el conocimiento de los otros. Y esto trasciende la idea del lenguaje como mera herramienta de comunicación. El lenguaje es también el que permite a cada persona en vías de una conciencia de , construir su identidad narrativa en la que  se construye de mismo, para mismo y para los demás, y que lo hace ser quien finalmente es. A partir de ahí se construye un contexto, este es en la medida que el hombre pensó que la unidad propia del ser es la de aquello que tienen en común todos los seres: el que todos ellos son. Podríamos decir que el ser es pensado entonces como ese género indeterminado que, para extenderse al máximo e incluir a todos los seres, reduce al mínimo su comprensión, y por eso se reduce a algo vacío. En la antigüedad, de esta generalidad indeterminada, apeiron, dijo Anaximandro que era el principio de todos los seres; y Heráclito que era la razón, el logos, que imponía a los contrarios su alternancia. Los modernos filósofos idealistas como Schelling o Hegel, han explicado de qué forma esa indeterminación es el principio y la razón de todo. Al proponer que esa indeterminación es la nada originaria de la que todo procede y por tanto que esa nada obedece, como siendo su primer momento, a la autogeneración final de todo, o de la propia identidad del ser.

 

Dios se autogenera engendrando todo de la nada, o pasando de la nada al todo. También se ha pensado, por ejemplo tomemos a  Hegel, que la entera unidad del ser es su totalidad, es decir, el conjunto de todos los seres; que exige la realización de la total diversidad de ellos: lo universal concretado en la totalidad de los particulares. Fue Nicolás de Cusa quien primeramente pensó en esa unidad compleja, al afirmar que en Dios cabían todos los demás seres. Se le ocurrió en un viaje, viendo el horizonte, que en el infinito cabía todo, inclusive los contrarios: el cielo y la tierra, lo de arriba y lo de abajo; y nos ha regalado la expresión de coincidentia oppositorum en el infinito. Pero la noción de todo, esa reunión de los seres en una totalidad, más que real, es también sólo un pensamiento humano.

 

Finalmente, se ha pensado también que la entera unidad del ser es su integridad; la cual, más que el conjunto de todos los seres, es el ser en su propia infinitud, que tiene una dimensión superlativa: carente de toda limitación, concreción o determinación. Pero no por privación, como vacío de las determinaciones, sino por integridad: como incluyendo de alguna forma a todas ellas; por eso a veces se dice que el ser contiene íntegra, pero virtualmente, todas sus determinaciones. Es imperativo señalar que la integridad del ser existe independientemente de los demás seres, porque corresponde sólo al primero de ellos: el unum supersustancial de Plotino; ya que todos los demás seres derivan de él por cierta emanación, es decir, como por una progresiva degradación y limitación. Esta unidad íntegra del ser, en su estricta infinitud y prioridad, está más allá del alcance de la inteligencia humana, por encima de ella. Aquí una auténtica diferenciación de humano y ser humano. De acá parte la continua búsqueda de esta diferenciación convertida en requerimiento de transformación. Y la buena noticia de todo esto es que basta con una elección casi divina que nos ofrece el llamado libre albedrío, esta requiere darse de forma responsable, que busque el camino del respeto en libertad de mi existencia en mi y en los otros. Se trata de una elección que tiene altos niveles de compromiso ya que tiene precios altos si no partimos de adentro hacia afuera y trascendemos los apegos naturales a los otros. Esto se resume en poner en acción de forma auténtica nuestra propia integridad.

 

El esfuerzo por alcanzar la dimensión de la integridad produce innegables efectos positivos en la vida de las personas. Ante las múltiples presiones que dificultan la elección de la que hemos hablado líneas arriba, hay que apostar por la integridad, es disponerse a conciliar armónicamente el propio bien y el bien común. Sólo quien está auténticamente ubicado en el centro de su vida, quien es íntegramente él mismo, o por lo menos apunta a serlo, puede tener una visión panorámica de su situación y elegir prudentemente, teniendo en cuenta todos los elementos relevantes, con el margen de autonomía necesario para elegir conscientemente. Se trata de ser uno mismo, sin fisuras, quiere decir que la estructura de la personalidad está apoyada en un conjunto de valores coherentes, que entran en juego cuando se establece el orden de prioridades al momento de elegir y actuar. La integridad apela a lo más profundo de la conciencia e impulsa a actuar en consecuencia con ella. Esta visión amplia, propia de la persona íntegra, es la única qué ofrece garantía de acciones realistas, es decir, acordes a cada situación concreta, sin dejar de lado ningún aspecto y con el fin de elegir el bien por encima de cualquier otro beneficio personal.